Moisés

Para proveerse de alimentos durante el tiempo de hambre, el pueblo egipcio había vendido a la corona su ganado y sus tierras, y finalmente se habían comprometido a una esclavitud perpetua.

Pero José proveyó sabiamente para su liberación; les permitió que fueran arrendatarios del rey, quien seguía conservando las tierras y a quien le pagaban un tributo anual de un quinto de los productos de su trabajo.

Pero los hijos de Jacob no necesitaban someterse a semejantes condiciones. A causa de los servicios que José había prestado a la nación egipcia, no solamente se les otorgó una parte del país para que moraran allí, sino que fueron exonerados del pago de impuestos, y se les proveyó liberalmente de los alimentos necesarios mientras duró el hambre. El rey reconoció públicamente que gracias a la misericordiosa intervención del Dios de José, Egipto gozaba de abundancia mientras otras naciones estaban pereciendo de hambre. Vio también que la administración de José había enriquecido grandemente el reino, y su gratitud rodeó a la familia de Jacob con el favor real.

La esclavitud en Egipto

Pero con el correr del tiempo, el gran hombre a quien Egipto debía tanto, y la generación bendecida por su obra, descendieron al sepulcro. Y “se levantó sobre Egipto un nuevo rey que no conocía a José” (Éxodo 1-4). Este rey no desconocía los servicios prestados por José a la nación; pero no quiso reconocerlos, y hasta donde le fue posible, trató de enterrarlos en el olvido.

“Mirad, el pueblo de los hijos de Israel es más numeroso y fuerte que nosotros. Ahora, pues, seamos sabios para con él, para que no se multiplique y acontezca que, en caso de guerra, él también se una a nuestros enemigos para pelear contra nosotros, y se vaya de esta tierra.”

Los israelitas se habían hecho ya muy numerosos. “Fructificaron y se multiplicaron, llegaron a ser numerosos y fuertes en extremo, y se llenó de ellos la tierra.” Gracias al cuidado protector de José y al favor del rey que gobernaba en aquel entonces, se habían diseminado rápidamente por el país. Pero se habían mantenido como una raza distinta, sin tener nada en común con los egipcios en sus costumbres o en su religión; y su creciente número provocaba el recelo del rey y su pueblo, pues temían que en caso de guerra se unieran con los enemigos de Egipto. Sin embargo, las leyes prohibían que fueran expulsados del país.

Muchos de ellos eran obreros capacitados y entendidos, y contribuían grandemente a la riqueza de la nación; el rey los necesitaba para la construcción de sus magníficos palacios y templos. Por lo tanto, los equiparó con los egipcios que se habían vendido con sus posesiones al reino. Poco después puso sobre ellos “comisarios de tributos” y completó su esclavitud.

hebreos piramides

“Los egipcios hicieron servir a los hijos de Israel con dureza, y amargaron su vida con dura servidumbre en la fabricación de barro y ladrillo, en toda labor del campo y en todo su servicio, al cual los obligaban con rigor.” “Pero cuanto más los oprimían, tanto más se multiplicaban y crecían.”

El rey y sus consejeros habían esperado someter a los israelitas mediante arduos trabajos, y de esa manera disminuir su número y sofocar su espíritu independiente. Al fracasar en el logro de sus propósitos, usaron medidas mucho más crueles.

Se ordenó a las mujeres cuya profesión les daba la oportunidad de hacerlo, que dieran muerte a los niños varones hebreos en el momento de nacer. Satanás fue el instigador de este plan. Sabía que entre los israelitas se levantaría un libertador; y al inducir al rey a destruir a los niños varones, esperaba derrotar el propósito divino.

Pero esas mujeres temían a Dios, y no osaron cumplir tan cruel mandato. El Señor aprobó su conducta, y las hizo prosperar. El rey, disgustado por el fracaso de su propósito, dio a la orden un carácter más urgente y general. Pidió a toda la nación que buscara y diera muerte a sus víctimas desamparadas.

“Entonces el faraón dio a todo su pueblo esta orden: “Echad al río a todo hijo que nazca, y preservad la vida a toda hija”.”

La fe de una madre

Mientras este decreto estaba en vigencia, les nació un hijo a Amrán y Jocabed, israelitas devotos de la tribu de Leví. El niño era hermoso, y los padres, creyendo que el tiempo de la liberación de Israel se acercaba y que Dios iba a suscitar un libertador para su pueblo, decidieron que el niño no iba a ser sacrificado. La fe en Dios fortaleció sus corazones, y “no temieron el mandamiento del rey.”

La madre logró ocultar al niño durante tres meses. Entonces viendo que ya no podía esconderlo con seguridad, preparó una arquilla de juncos, la impermeabilizó con brea y asfalto, y colocó al niño en ella y la depositó en un carrizal de la orilla del río.

No se atrevió a permanecer allí para cuidarla ella misma, por temor a que se perdiera tanto la vida del niño como la suya, pero María, la hermana del niño, quedó allí cerca, aparentando indiferencia, pero vigilando ansiosamente para ver qué sería de su hermanito. Y había otros observadores.

Las fervorosas oraciones de la madre habían confiado a su hijo al cuidado de Dios e invisibles ángeles vigilaban la humilde cuna. Ellos dirigieron a la hija del faraón hacia aquel sitio. La arquilla llamó su atención, y cuando vió al hermoso niño una sola mirada le bastó para leer su historia. Las lágrimas del pequeño despertaron su compasión, y se conmovió al pensar en la desconocida madre que había apelado a este medio para preservar la vida de su precioso hijo. Decidió salvarlo y adoptarlo como hijo suyo.

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María había estado observando secretamente todos los movimientos; así que viendo que trataban al niño tiernamente, se aventuró a acercarse y por último preguntó a la princesa: “¿Iré a llamarte un ama de las hebreas, para que te críe este niño?” Se le autorizó a que lo hiciera.

La hermana se apresuró a llevar a su madre la feliz noticia, y sin tardanza se presentó con ella ante la hija del faraón. “Llévate este niño y críamelo; yo te lo pagaré”, dijo la princesa.

Dios había oído las oraciones de la madre; su fe fue premiada. Con profunda gratitud emprendió su tarea, que ahora no entrañaba peligro. Aprovechó fielmente la oportunidad de educar a su hijo para Dios. Estaba segura de que había sido preservado para una gran obra, y sabía que pronto debería entregarlo a su madre adoptiva, y se vería rodeado de influencias que tenderían a apartarlo de Dios.

Todo esto la hizo más diligente y cuidadosa en su instrucción que en la de sus otros hijos. Trató de inculcarle la reverencia a Dios y el amor a la verdad y a la justicia, y oró fervorosamente que fuera preservado de toda influencia corruptora.

Le mostró la insensatez y el pecado de la idolatría, y desde muy temprana edad lo enseñó a postrarse y orar al Dios viviente, el único que podía oírlo y ayudarlo en cualquier emergencia.

La madre retuvo a Moisés tanto tiempo como pudo, pero se vio obligada a entregarlo cuando tenía como doce años de edad. De su humilde cabaña fue llevado al palacio real, y la hija del faraón lo prohijó. Pero en Moisés no se borraron las impresiones que había recibido en su niñez. No podía olvidar las lecciones que aprendió junto a su madre. Le fueron un escudo contra el orgullo, la incredulidad y los vicios que florecían en medio del esplendor de la corte.

¡Cuán grande había sido en sus resultados la influencia de aquella mujer hebrea, a pesar de ser una esclava desterrada!

Toda la vida de Moisés y la gran misión que cumplió como caudillo de Israel dan fe de la importancia de la obra de una madre piadosa. Ninguna otra tarea se puede igualar a esta. En un grado sumo, la madre modela con sus manos el destino de sus hijos. Influye en las mentes y los caracteres, y trabaja no solamente para el presente sino también para la eternidad. Siembra la semilla que germinará y dará fruto, ya sea para bien o para mal.

La madre no tiene que pintar una forma bella sobre un lienzo, ni cincelarla en un mármol, sino que tiene que grabar la imagen divina en el alma humana. Muy especialmente durante los años tiernos de los hijos, descansa sobre ella la responsabilidad de formar su carácter. Las impresiones que en ese tiempo se hacen sobre sus mentes que están en proceso de desarrollo, permanecerán a través de toda su vida.

Los padres deben dirigir la instrucción y la educación de sus hijos mientras son niños, con el propósito de que sean piadosos. Son puestos bajo nuestro cuidado para que los eduquemos, no como herederos del trono de un imperio terrenal, sino como reyes para Dios, que han de reinar al través de las edades eternas.

Toda madre debe comprender que su tiempo no tiene precio; su obra ha de probarse en el solemne día de la rendición de cuentas. Entonces se hallará que muchos fracasos y crímenes de los hombres y mujeres fueron resultado de la ignorancia y negligencia de quienes debieron haber guiado sus pies infantiles por el camino recto. Entonces se hallará que muchos de los que beneficiaron al mundo con la luz del genio, la verdad y santidad, recibieron de una madre cristiana y piadosa los principios que fueron la fuente de su influencia y éxito.

Moisés en la corte egipcia

En la corte del faraón, Moisés recibió la más alta educación civil y militar. El monarca había decidido hacer de su nieto adoptivo el sucesor del trono, y el joven fue educado para esa alta posición.

Moisés adolescente

“Moisés fue instruido en toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus palabras y obras.” (Hechos 7:22).

Su capacidad como caudillo militar lo convirtió en el favorito del ejército egipcio, y la mayoría lo consideraba como un personaje notable. Satanás había sido derrotado en sus propósitos. El mismo decreto que condenaba a muerte a los niños hebreos había sido usado por Dios para educar y adiestrar al futuro caudillo de su pueblo.

A los ancianos de Israel les comunicaron los ángeles que la época de su liberación se acercaba, y que Moisés era el hombre que Dios emplearía para realizar esta obra. Los ángeles también instruyeron a Moisés, diciéndole que Jehová lo había elegido para poner fin a la servidumbre de su pueblo.

Suponiendo Moisés que los hebreos habían de obtener su libertad mediante la fuerza de las armas, esperaba dirigir los ejércitos hebreos contra los ejércitos egipcios, y teniendo esto en cuenta, fue cuidadoso con sus afectos, para evitar que por apego a su madre adoptiva o al faraón no se sintiera libre para hacer la voluntad de Dios.

De conformidad con las leyes de Egipto, todos los que ocupaban el trono de los faraones debían llegar a ser miembros de la casta sacerdotal: y Moisés, como presunto heredero debía ser iniciado en los misterios de la religión nacional. Se responsabilizó de esto a los sacerdotes. Pero aunque era celoso e incansable estudiante, no pudieron inducirlo a la adoración de los dioses.

Fue amenazado con perder la corona, y se le advirtió de que sería desheredado por la princesa si insistía en su apego a la fe hebrea. Pero permaneció inconmovible en su determinación de no rendir homenaje a otro Dios que no sea el Creador del cielo y de la tierra. Razonó con los sacerdotes y los adoradores de los dioses egipcios, mostrándoles la insensatez de su veneración supersticiosa hacia objetos inanimados. Nadie pudo refutar sus argumentos o cambiar su propósito; sin embargo, por un tiempo su firmeza fue tolerada a causa de su elevada posición, y por el favor que le dispensaban tanto el rey como el pueblo.

“Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija del faraón, prefiriendo ser maltratado con el pueblo de Dios, antes que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el oprobio de Cristo que los tesoros de los egipcios, porque tenía puesta la mirada en la recompensa.” (Hebreos 11:24-26).

Moisés estaba capacitado para destacarse entre los grandes de la tierra, para brillar en las cortes del reino más glorioso, y para empuñar el cetro de su poder. Su grandeza intelectual lo distingue entre los grandes de todas las edades, y no tiene par como historiador, poeta, filósofo, general y legislador.

Con el mundo a su alcance, tuvo fuerza moral para rehusar las halagüeñas perspectivas de riqueza, grandeza y fama, “prefiriendo ser maltratado con el pueblo de Dios, antes que gozar de los deleites temporales del pecado.”

Moisés había sido instruido tocante al galardón final que será dado a los humildes y obedientes siervos de Dios, y en comparación con el cual la ganancia mundanal se hundía en su propia insignificancia. El magnífico palacio del faraón y el trono del monarca fueron ofrecidos a Moisés para seducirlo; pero él sabía que los placeres pecaminosos que hacen a los hombres olvidarse de Dios imperaban en sus cortes señoriales.

Vio más allá del esplendoroso palacio, más allá de la corona de un monarca, los altos honores que se otorgarán a los santos del Altísimo en un reino que no tendrá mancha de pecado. Vio por la fe una corona imperecedera que el Rey del cielo colocará en la frente del vencedor. Esta fe lo indujo a apartarse de los señores de esta tierra, y a unirse con la nación humilde, pobre y despreciada que había preferido obedecer a Dios antes que servir al pecado.

Destierro de Moisés

Moisés permaneció en la corte hasta los cuarenta años de edad. Con frecuencia pensaba en la abyecta condición de su pueblo, y visitaba a sus hermanos sujetos a servidumbre, y los animaba con la seguridad de que Dios obraría su liberación. A menudo, provocado al resentimiento por las escenas de injusticia y opresión que veía, anhelaba vengar sus males.

Un día, en una de sus visitas, al ver que un egipcio golpeaba a un israelita, se arrojó sobre aquel y lo mató. No hubo testigos del hecho, excepto el israelita, y Moisés sepultó inmediatamente el cuerpo en la arena. Habiendo demostrado que estaba listo para apoyar la causa de su pueblo, esperaba verlo levantarse para recobrar su libertad.

destierro Moisés

“Él pensaba que sus hermanos comprendían que Dios les daría libertad por mano suya, pero ellos no lo habían entendido así.” (Hechos 7:25). Aun no estaban preparados para la libertad.

Al siguiente día Moisés vio a dos hebreos que reñían entre sí, uno de ellos era evidentemente culpable. Moisés lo reprendió, y el hombre, oponiéndosele, le negó el derecho a intervenir y lo acusó así vilmente de un crimen: “¿Quién te ha puesto a ti por príncipe y juez sobre nosotros? ¿Piensas matarme como mataste al egipcio?”

Todo el asunto, exagerado en sumo grado, se supo rápidamente entre los egipcios, y hasta llegó a oídos del faraón. Se le dijo al rey que este acto era muy significativo; que Moisés tenía el propósito de acaudillar a su pueblo contra los egipcios; que quería derrocar el gobierno y ocupar el trono; y que no habría seguridad para el reino mientras él viviera. El monarca decidió en seguida que debía morir. Reconociendo su peligro, Moisés huyó hacia Arabia.

El Señor dirigió su marcha, y encontró asilo en casa de Jetro, sacerdote y príncipe de Madián que también adoraba a Dios.

Después de un tiempo, Moisés se casó con una de las hijas de Jetro; y allí, al servicio de su suegro como pastor de ovejas, permaneció por espacio de cuarenta años.

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Al dar muerte al egipcio, Moisés había caído en el mismo error que cometieron muchas veces sus antepasados; es decir, había intentado realizar por sí mismo lo que Dios había prometido hacer.

Dios no se proponía libertar a su pueblo mediante la guerra, como pensó Moisés, sino por medio de su gran poder, para que la gloria fuera atribuida únicamente a él. No obstante, aun de este acto apresurado se valió el Señor para cumplir sus propósitos.

Moisés no estaba preparado para su gran obra. Aun tenía que aprender la misma lección de fe que se les había enseñado a Abraham y a Jacob, es decir, a no depender, para el cumplimiento de las promesas de Dios, de la fuerza y sabiduría humanas, sino del poder divino.

Había otras lecciones que Moisés había de recibir en medio de la soledad de las montañas. En la escuela de la abnegación y las durezas había de aprender a ser paciente y a controlar sus pasiones.

Antes de poder gobernar sabiamente, debía ser educado en la obediencia. Antes de poder enseñar el conocimiento de la divina voluntad a Israel, su propio corazón debía estar en plena armonía con Dios. Mediante su propia experiencia tenía que prepararse para ejercer un cuidado paternal sobre todos los que necesitarían su ayuda.

El ser humano se habría evitado ese largo período de trabajo y oscuridad, por considerarlo como una gran pérdida de tiempo. Pero la Sabiduría infinita determinó que el que había de ser el caudillo de su pueblo debía pasar cuarenta años haciendo el humilde trabajo de pastor. Así desarrolló hábitos de cuidado atento, olvido de sí mismo y tierna solicitud por su rebaño, que lo prepararon para ser el compasivo y paciente pastor de Israel. Ninguna ventaja que la educación o la cultura humanas pudiesen otorgar, podría haber sustituido a esta experiencia.

Moisés había aprendido muchas cosas que debía olvidar. Las influencias que lo habían rodeado en Egipto, el amor a su madre adoptiva, su elevada posición como nieto del rey, el libertinaje que reinaba por todo lugar, el refinamiento, la sutileza y el misticismo de una falsa religión, el esplendor del culto idólatra, la solemne grandeza de la arquitectura y de la escultura; todo esto había dejado una profunda impresión en su mente entonces en desarrollo, y hasta cierto punto había amoldado sus hábitos y su carácter.

El tiempo, el cambio de ambiente y la comunión con Dios podían hacer desaparecer estas impresiones. Exigiría de parte de Moisés mismo casi una lucha a muerte renunciar al error y aceptar la verdad; pero Dios sería su ayudador cuando el conflicto fuera demasiado severo para sus fuerzas humanas.

En todos los escogidos por Dios para llevar a cabo alguna obra para él, se notó el elemento humano. Sin embargo, no fueron personas de hábitos y caracteres estereotipados, que se conformaran con permanecer en esa condición. Deseaban fervorosamente obtener sabiduría de Dios, y aprender a servirle.

Dice el apóstol: “Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.” (Santiago 1:5).

Pero Dios no dará luz divina al hombre mientras este se halle contento con permanecer en las tinieblas. Para recibir ayuda de Dios, el hombre debe reconocer su debilidad y deficiencia; debe esforzarse por realizar el gran cambio que ha de verificarse en él; debe comprender el valor de la oración y del esfuerzo perseverantes.

Los malos hábitos y costumbres deben desterrarse; y solamente mediante un decidido esfuerzo por corregir estos errores y someterse a los sanos principios, se puede alcanzar la victoria.

Muchos no llegan a la posición que podrían ocupar porque esperan que Dios haga por ellos lo que él les ha dado poder para hacer por sí mismos. Todos los que están capacitados para ser de utilidad deben ser educados mediante la más severa disciplina mental y moral; y Dios los ayudará, uniendo su poder divino al esfuerzo humano.

Enclaustrado dentro de los baluartes que formaban las montañas, Moisés estaba solo con Dios. Los magníficos templos de Egipto ya no lo impresionaban con su falsedad y superstición. En la solemne grandeza de las colinas sempiternas percibía la majestad del Altísimo, y por contraste, comprendía cuán impotentes e insignificantes eran los dioses de Egipto.

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Por todo lugar veía escrito el nombre del Creador. Moisés parecía encontrarse ante su presencia, eclipsado por su poder. Allí fueron barridos su orgullo y su confianza propia. En la austera sencillez de su vida del desierto, desaparecieron los resultados de la comodidad y el lujo de Egipto.

Moisés llegó a ser paciente, reverente y humilde, “muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra” (Números 12:3), y sin embargo, era fuerte en su fe en el poderoso Dios de Jacob.

A medida que pasaban los años y erraba con sus rebaños por lugares solitarios, meditando acerca de la condición oprimida en que vivía su pueblo, Moisés repasaba el trato de Dios hacia sus padres, las promesas que eran la herencia de la nación elegida, y sus oraciones en favor de Israel ascendían día y noche.

Los ángeles celestiales derramaban su luz en su derredor. Allí, bajo la inspiración del Espíritu Santo, escribió el libro de Génesis. Los largos años que pasó en medio de las soledades del desierto fueron ricos en bendiciones, no solo para Moisés y su pueblo, sino también para el mundo de todas las edades subsiguientes.

El llamado de Moisés

“Aconteció que después de muchos días murió el rey de Egipto. Los hijos de Israel, que gemían a causa de la servidumbre, clamaron; y subió a Dios el clamor de ellos desde lo profundo de su servidumbre. Dios oyó el gemido de ellos y se acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob. Y miró Dios a los hijos de Israel, y conoció su condición.”

La época de la liberación de Israel había llegado. Pero el propósito de Dios había de cumplirse de tal manera que mostrara la insignificancia del orgullo humano. El libertador había de ir adelante como humilde pastor con nada más que una vara en la mano; pero Dios haría de esa vara el símbolo de su poder.

Un día, mientras apacentaba sus rebaños cerca de Horeb, “monte de Dios”, Moisés vio arder una zarza; sus ramas, su follaje, su tallo, todo ardía, y sin embargo, no parecía consumirse. Se aproximó para ver esa maravillosa escena, cuando una voz procedente de las llamas le llamó por su nombre.

llamamiento Moisés

Con labios temblorosos contestó: “Heme aquí.” Se le amonestó a no acercarse irreverentemente: “quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es. [...] Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Era el que, como Ángel del pacto, se había revelado a los padres en épocas pasadas. “Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios.”

La humildad y la reverencia deben caracterizar el comportamiento de todos los que se acercan a la presencia de Dios. En el nombre de Jesús podemos acercarnos a él con confianza, pero no debemos hacerlo con la osadía de la presunción, como si el Señor estuviera al mismo nivel que nosotros.

Algunos se dirigen al Dios grande, todopoderoso y santo, que habita en luz inaccesible, como si se dirigieran a un igual o a un inferior. Hay quienes se comportan en la casa de Dios como no se atreverían a hacerlo en la sala de audiencias de un soberano terrenal. Estas personas deben recordar que están ante la vista de Aquel a quien los serafines adoran, y ante quien los ángeles cubren su rostro.

A Dios se le debe reverenciar grandemente; todo el que verdaderamente reconozca su presencia se inclinará humildemente ante él, y como Jacob cuando contempló la visión de Dios, exclamará: “¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo.” (Génesis 28:17).

Mientras Moisés esperaba ante Dios con reverente temor, las palabras continuaron: “Dijo luego Jehová: “Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus opresores, pues he conocido sus angustias. Por eso he descendido para librarlos de manos de los egipcios y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a una tierra que fluye leche y miel [...]. El clamor, pues, de los hijos de Israel ha llegado ante mí, y también he visto la opresión con que los egipcios los oprimen. Ven, por tanto, ahora, y te enviaré al faraón para que saques de Egipto a mi pueblo, a los hijos de Israel”.”

Sorprendido y asustado por este mandato, Moisés retrocedió y dijo: “¿Quién soy yo, para que vaya al faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?”

La respuesta fue: “Yo estaré contigo; y esto te será por señal de que yo te he enviado: cuando hayas sacado de Egipto al pueblo, serviréis a Dios sobre este monte.”

Moisés pensó en las dificultades que habría de encontrar, en la ceguera, la ignorancia y la incredulidad de su pueblo, entre el cual muchos casi no conocían a Dios. Dijo: “Si voy a los hijos de Israel y les digo: “Jehová, el Dios de vuestros padres, me ha enviado a vosotros”, me preguntarán: “¿Cuál es su nombre?”. Entonces “¿qué les responderé?” La respuesta fué: “Yo SOY EL QUE SOY”. “Así dirás a los hijos de Israel: “Yo SOY me ha enviado a vosotros”.”

Se le ordenó a Moisés que reuniera primero a los ancianos de Israel, a los más nobles y rectos de entre ellos, a los que habían lamentado durante mucho tiempo su servidumbre, y que les declarara el mensaje de Dios, con la promesa de la liberación. Después había de ir con los ancianos ante el rey, y decirle: “Jehová, el Dios de los hebreos, se nos ha manifestado; por tanto, nosotros iremos ahora tres días de camino por el desierto a ofrecer sacrificios a Jehová, nuestro Dios.”

A Moisés se le había prevenido de que el faraón se opondría a la súplica de permitir la salida de Israel. Sin embargo, el ánimo del siervo de Dios no debía decaer; porque el Señor haría de esta, una ocasión para manifestar su poder ante los egipcios y ante su pueblo.

“Pero yo extenderé mi mano y heriré a Egipto con todas las maravillas que obraré en el país, y entonces os dejará ir.”

También se le dieron instrucciones acerca de las medidas que debía tomar para el viaje. El Señor declaró: “Yo haré que este pueblo halle gracia a los ojos de los egipcios, para que cuando salgáis no vayáis con las manos vacías, sino que cada mujer pedirá a su vecina, y a la que se hospeda en su casa, alhajas de plata, alhajas de oro y vestidos.”

Los egipcios se habían enriquecido mediante el trabajo exigido injustamente a los israelitas, y como estos habían de emprender su viaje hacia su nueva morada, era justo que reclamaran la remuneración de sus años de trabajo. Por lo tanto habían de pedir artículos de valor, que pudieran transportarse fácilmente, y Dios les daría favor ante los egipcios. Los poderosos milagros realizados para su liberación iban a infundir terror entre los opresores, de tal manera que lo solicitado por los siervos sería otorgado.

Moisés veía ante sí mismo dificultades que le parecían insalvables. ¿Qué prueba podría dar a su pueblo de que realmente iba como enviado de Dios? “Ellos no me creerán, ni oirán mi voz, pues dirán: “No se te ha aparecido Jehová”.”

Entonces Dios le dio una evidencia que apelaba a sus propios sentidos. Le dijo que arrojara su vara al suelo. Al hacerlo, “se convirtió en una culebra,” “y Moisés huía de ella.” Dios le ordenó que la tomara, y en su mano “volvió a ser vara.” Le mandó que pusiera su mano en su seno. Obedeció y “vio que su mano estaba leprosa como la nieve.” Cuando le dijo que volviera a ponerla en su seno, al sacarla encontró que se había vuelto de nuevo como la otra. Mediante estas señales, el Señor aseguró a Moisés que su propio pueblo, así como también el faraón, se convencerían de que Uno más poderoso que el rey de Egipto se manifestaba entre ellos.

Pero el siervo de Dios todavía estaba anonadado por la obra extraña y maravillosa que se le pedía que hiciera. Acongojado y temeroso, alegó como excusa su falta de elocuencia.

Dijo: “¡Ay, Señor! nunca he sido hombre de fácil palabra, ni antes ni desde que tú hablas con tu siervo, porque soy tardo en el habla y torpe de lengua.”

Había estado tanto tiempo alejado de los egipcios que ya no tenía un conocimiento claro de su idioma ni lo usaba con soltura como cuando estaba entre ellos.

El Señor le dijo: “¿Quién dio la boca al hombre? ¿No soy yo Jehová?” Y se le volvió a asegurar la ayuda divina: “Ahora, pues, ve, que yo estaré en tu boca, y te enseñaré lo que has de hablar.”

Pero Moisés insistió en que se escogiera a una persona más competente. Estas excusas procedían al principio de su humildad y timidez; pero una vez que el Señor le hubo prometido quitar todas las dificultades y darle éxito, toda evasiva o queja referente a su falta de preparación demostraba falta de confianza en Dios. Entrañaba un temor de que Dios no tuviera capacidad para prepararlo para la gran obra a la cual lo había llamado, o que había cometido un error en la selección del hombre.

Dios le indicó a Moisés que se uniera a su hermano mayor, Aarón, quien, debido a que había estado usando diariamente la lengua egipcia, podía hablarla perfectamente. Se le dijo que Aarón vendría a su encuentro. Las siguientes palabras del Señor fueron una orden perentoria: “Tú le hablarás y pondrás en su boca las palabras, y yo estaré en tu boca y en la suya, y os enseñaré lo que habéis de hacer. Él hablará por ti al pueblo; será como tu boca, y tú ocuparás para él el lugar de Dios. Y tomarás en tu mano esta vara, con la cual harás las señales.” Moisés no pudo oponerse más; pues todo fundamento para las excusas había desaparecido.

El mandato divino halló a Moisés sin confianza en sí mismo, tardo para hablar y tímido. Estaba abrumado con el sentimiento de su incapacidad para ser el portavoz de Dios ante Israel. Pero una vez aceptada la tarea, la emprendió de todo corazón, poniendo toda su confianza en el Señor. La grandeza de su misión exigía que ejercitara las mejores facultades de su mente.

Dios bendijo su pronta obediencia, y llegó a ser elocuente, confiado, sereno y apto para la mayor obra jamás dada a hombre alguno. Este es un ejemplo de lo que hace Dios para fortalecer el carácter de los que confían plenamente en él, y sin reserva alguna cumplen sus mandatos.

El hombre obtiene poder y eficiencia cuando acepta las responsabilidades que Dios deposita en él, y procura con toda su alma la manera de capacitarse para cumplirlas bien. Por humilde que sea su posición o por limitada que sea su habilidad, el tal logrará verdadera grandeza si, confiando en la fortaleza divina, procura realizar su obra con fidelidad.

Si Moisés hubiera dependido de su propia fuerza y sabiduría, y se hubiera mostrado deseoso de aceptar el gran encargo, habría revelado su entera ineptitud para tal obra. El hecho de que un hombre comprenda sus debilidades prueba por lo menos que reconoce la magnitud de la obra que se le asignó y que hará de Dios su consejero y fortaleza.

Moisés regresó a casa de su suegro, y le expresó su deseo de visitar a sus hermanos en Egipto. Jetro le dio su consentimiento y su bendición diciéndole: “Ve en paz.”

Con su esposa y sus hijos, Moisés emprendió el viaje. No se atrevió a dar a conocer su misión, por temor a que su suegro negara a su esposa y a sus hijos acompañarle. Pero antes de llegar a Egipto, Moisés mismo pensó que para la seguridad de ellos convenía hacerlos regresar a su morada en Madián.

Un secreto temor al faraón y a los egipcios, cuya ira se había encendido contra él cuarenta años atrás, había hecho que Moisés se sintiera aun menos dispuesto a volver a Egipto; pero una vez que comenzó a cumplir el mandato divino, el Señor le reveló que sus enemigos habían muerto.

Mientras se alejaba de Madián, Moisés tuvo una terrible y sorprendente manifestación del desagrado del Señor. Se le apareció un ángel en forma amenazadora, como si fuera a destruirlo inmediatamente. No le dio ninguna explicación; pero Moisés recordó que había desdeñado uno de los requerimientos de Dios, y cediendo a la persuasión de su esposa, había dejado de cumplir el rito de la circuncisión en su hijo menor.

No había cumplido con la condición que podía dar a su hijo el derecho a recibir las bendiciones del pacto de Dios con Israel, y tal descuido de parte del jefe elegido no podía menos que menoscabar ante el pueblo la fuerza de los preceptos divinos.

Séfora, temiendo que su esposo moriría, realizó ella misma el rito, y entonces el ángel permitió a Moisés continuar la marcha. En su misión ante el faraón, Moisés iba a exponerse ante un gran peligro; su vida podría conservarse únicamente mediante la protección de los santos ángeles. Pero no estaría seguro mientras tuviera un deber conocido sin cumplir, pues los ángeles de Dios no podrían protegerlo.

En el tiempo de la angustia que vendrá inmediatamente antes de la venida de Cristo, los justos serán resguardados por el ministerio de los santos ángeles; pero no habrá seguridad para el transgresor de la ley de Dios. Los ángeles no podrán entonces proteger a los que estén menospreciando uno de los preceptos divinos.

Las plagas de Egipto

Basado en Éxodo 5.

Después de recibir instrucciones de los ángeles, Aarón salió a recibir a su hermano, de quien había estado tanto tiempo separado. Se encontraron en las soledades del desierto cerca de Horeb. Allí conversaron, y “contó Moisés a Aarón todas las palabras de que le enviaba Jehová, y todas las señales que le había dado.”

abrazo

Juntos hicieron el viaje a Egipto; y cuando llegaron a la tierra de Gosén, procedieron a reunir a los ancianos de Israel. Aarón les explicó cómo Dios se había comunicado con Moisés, y este reveló al pueblo las señales que Dios le había dado.

“El pueblo creyó, y al oír que Jehová había visitado a los hijos de Israel y que había visto su aflicción, se inclinaron y adoraron.” (Éxodo 4:28, 31).

A Moisés se le había dado también un mensaje para el rey. Los dos hermanos entraron en el palacio del faraón como embajadores del Rey de reyes, y hablaron en su nombre: “Jehová, el Dios de Israel, dice así: “Deja ir a mi pueblo para que me celebre una fiesta en el desierto”.” (Éxodo 5-11)

“¿Quién es Jehová para que yo oiga su voz y deje ir a Israel? Yo no conozco a Jehová, ni tampoco dejaré ir a Israel.”

“Ellos dijeron: “El Dios de los hebreos se nos ha manifestado; iremos, pues, ahora, tres días de camino por el desierto, y ofreceremos sacrificios a Jehová, nuestro Dios, para que no venga sobre nosotros con peste o con espada”.”

Ya el rey había oído hablar de ellos y del interés que estaban despertando entre el pueblo. Se encendió su ira y les dijo: “Moisés y Aarón, ¿por qué buscáis apartar al pueblo de su trabajo? Volved a vuestras tareas.” Ya el reino había sufrido una gran pérdida debido a la intervención de estos forasteros. Al pensar en ello, añadió: “Ahora que el pueblo de la tierra es numeroso, vosotros queréis apartarlo de sus tareas.”

Durante su esclavitud los israelitas habían perdido hasta cierto punto el conocimiento de la ley de Dios, y se habían apartado de sus preceptos. El sábado había sido despreciado por la generalidad, y las exigencias de los “comisarios de tributos” habían hecho imposible su observancia. Pero Moisés había mostrado a su pueblo que la obediencia a Dios era la primera condición para su liberación; y los esfuerzos hechos para restaurar la observancia del sábado habían llegado a los oídos de sus opresores.

El rey, lleno de ira, sospechaba que los israelitas tenían el propósito de rebelarse contra su servicio. El descontento era el resultado de la ociosidad; trataría de que no tuvieran tiempo para dedicarlo a proyectos peligrosos. Inmediatamente dictó medidas para hacer más severo su trabajo y aplastar el espíritu de independencia. El mismo día, ordenó hacer aun más cruel y opresiva su labor.

En aquel país el material de construcción más común eran los ladrillos secados al sol; las paredes de los mejores edificios se construían de este material, y luego se recubrían de piedra; y la fabricación de los ladrillos requería una gran cantidad de siervos. Como el barro se mezclaba con paja, para que se adhiriera bien, se requerían grandes cantidades de este último elemento; el rey ordenó ahora que no se suministrara más paja; que los obreros debían buscarla ellos mismos, y esto exigiéndoseles que fabricaran la misma cantidad de ladrillos.

Esta orden causó gran consternación entre los israelitas por todos los lugares del país. Los comisarios egipcios habían nombrado a capataces hebreos para dirigir el trabajo del pueblo, y estos capataces eran responsables de la producción de los que estaban bajo su cuidado. Cuando la exigencia del rey se puso en vigor, el pueblo se diseminó por todo el país para recoger rastrojo en vez de paja; pero les fue imposible realizar la cantidad de trabajo acostumbrada. A causa del fracaso, los capataces hebreos fueron azotados cruelmente.

Estos capataces creyeron que su opresión venía de sus comisarios, y no del rey mismo; y se presentaron ante este con sus quejas. Su protesta fue recibida por el faraón con un insulto: “Están ociosos. Por eso claman diciendo: “Vamos y ofrezcamos sacrificios a nuestro Dios”.” Se les ordenó regresar a su trabajo, con la declaración de que de ninguna manera se aligerarían sus cargas.

Al volver, encontraron a Moisés y a Aarón y clamaron ante ellos: “Que Jehová os examine y os juzgue, pues nos habéis hecho odiosos ante el faraón y sus siervos, y les habéis puesto la espada en la mano para que nos maten.”

Cuando Moisés oyó estos reproches se afligió mucho. Los sufrimientos del pueblo habían aumentado en gran manera. Por toda la tierra se elevó un grito de desesperación de ancianos y jóvenes, y todos se unieron para culparlo a él por el desastroso cambio de su condición. Con amargura de alma Moisés clamó a Dios: “Señor, ¿por qué afliges a este pueblo? ¿Para qué me enviaste?, porque desde que yo fui al faraón para hablarle en tu nombre, ha afligido a este pueblo, y tú no has librado a tu pueblo.”

“Jehová respondió a Moisés: “Ahora verás lo que yo haré al faraón, porque con mano fuerte los dejará ir, y con mano fuerte los echará de su tierra”.” Otra vez le recordó el pacto hecho con sus padres, y le aseguró que sería cumplido.

Durante todos los años de servidumbre pasados en Egipto, existían entre los israelitas algunos que se habían mantenido fieles a la adoración de Jehová. Estos se preocupaban profundamente cuando veían a sus hijos presenciar diariamente las abominaciones de los paganos, y aun postrarse ante sus dioses falsos. En su dolor clamaban al Señor pidiéndole liberación del yugo egipcio, para poder librarse de la influencia corruptora de la idolatría. No ocultaban su fe, sino que declaraban a los egipcios que el objeto de su adoración era el Creador del cielo y de la tierra, el único Dios verdadero y viviente. Y repasaban las evidencias de su existencia y poder, desde la creación hasta los días de Jacob.

Así tuvieron los egipcios oportunidad de conocer la religión de los hebreos; pero desdeñaron que sus esclavos los instruyeran y trataron de seducir a los adoradores de Dios prometiéndoles recompensas, y al fracasar esto, empleaban las amenazas y crueldades.

Los ancianos de Israel trataron de sostener la desfalleciente fe de sus hermanos, repitiéndoles las promesas hechas a sus padres, y las palabras proféticas con que, antes de su muerte, José predijo la liberación de su pueblo de Egipto. Algunos escucharon y creyeron. Otros, mirando las circunstancias que los rodeaban, se negaron a tener esperanza.

Los egipcios, al saber lo que pasaba entre sus siervos, se mofaron de sus esperanzas y desdeñosamente negaron el poder de su Dios. Les señalaron su situación de pueblo esclavo, y dijeron burlonamente: “Si vuestro Dios es justo y misericordioso y posee más poder que los dioses de Egipto, ¿por qué no os libra?”

Los egipcios se jactaban de su propia situación. Adoraban deidades que los israelitas llamaban dioses falsos, y no obstante eran una nación rica y poderosa. Afirmaban que sus dioses los habían bendecido con prosperidad, y les habían dado a los israelitas como siervos, y se vanagloriaban de su poder de oprimir y destruir a los adoradores de Jehová. El mismo faraón mismo se jactó de que el Dios de los hebreos no podía librarlos de su mano.

Estas palabras destruyeron las esperanzas de muchos israelitas. Les parecía que su caso era como lo presentaban los egipcios. Es verdad que eran esclavos, y habían de sufrir todo lo que sus crueles comisarios quisieran imponerles. Sus hijos habían sido apresados y muertos, y la vida misma les era una carga. No obstante, adoraban al Dios del cielo. Si Jehová estuviese sobre todos los otros dioses, ciertamente no permitiría que fueran siervos de los idólatras.

Pero los que eran fieles comprendieron que por haberse Israel apartado de Dios, y por su inclinación a casarse con idólatras y dejarse llevar a la idolatría, el Señor había permitido que llegaran a ser esclavos; y confiadamente aseguraron a sus hermanos que Dios pronto rompería el yugo del opresor.

Los hebreos habían esperado obtener su libertad sin ninguna prueba especial de su fe, sin penurias ni sufrimientos verdaderos. Pero aun no estaban preparados para la liberación. Tenían poca fe en Dios, y no querían soportar con paciencia sus aflicciones hasta que él creyera conveniente obrar por ellos.

Muchos se conformaban con permanecer en la servidumbre, antes que enfrentar las dificultades que acompañarían el traslado a una tierra extraña; y los hábitos de algunos se habían hecho tan parecidos a los de los egipcios que preferían vivir en Egipto. Por lo tanto, el Señor no los liberó mediante la primera manifestación de su poder ante el faraón. Rigió los acontecimientos para que se desarrollara más plenamente el espíritu tiránico del rey egipcio, y para revelarse a su pueblo.

Cuando vieran su justicia, su poder y su amor, elegirían dejar a Egipto y entregarse a su servicio. La tarea de Moisés habría sido mucho menos difícil de no haber sido que muchos israelitas se habían corrompido tanto que no querían abandonar Egipto.

El Señor le indicó a Moisés que volviera ante el pueblo y le repitiera la promesa de la liberación, con nuevas garantías del favor divino. Hizo lo que se le mandó; pero ellos no quisieron prestarle atención. Dice la Escritura: “Pero ellos no escuchaban [...], debido al desaliento que los embargaba a causa de la dura servidumbre.”

De nuevo llegó el mensaje divino a Moisés: “Entra y dile al faraón, rey de Egipto, que deje ir de su tierra a los hijos de Israel.” Desalentado contestó: “Los hijos de Israel no me escuchan, ¿cómo me escuchará el faraón?” Se le dijo que llevara a Aarón consigo, y que se presentara ante el faraón, para pedir otra vez “que deje ir de su tierra a los hijos de Israel.”

Se le dijo que el monarca no cedería hasta que Dios visitara con sus juicios a Egipto y sacara a Israel mediante una poderosa manifestación de su poder.

Antes de enviar cada plaga, Moisés había de describir su naturaleza y sus efectos, para que el rey se salvara de ella si quería. Todo castigo despreciado sería seguido de uno más severo, hasta que su orgulloso corazón se humillara, y reconociera al Creador del cielo y de la tierra como el Dios verdadero y viviente.

El Señor iba a dar a los egipcios la oportunidad de ver cuán vana era la sabiduría de sus hombres fuertes, cuán débil el poder de sus dioses, que se oponían a los mandamientos de Jehová. Castigaría al pueblo egipcio por su idolatría, y anularía las supuestas bendiciones que decían recibir de sus dioses inanimados. Dios glorificaría su propio nombre para que otras naciones oyeran de su poder y temblaran ante sus prodigios, y para que su pueblo se apartara de la idolatría y le tributara verdadera adoración.

Otra vez Moisés y Aarón entraron en los señoriales salones del rey de Egipto. Allí, rodeados de altas columnas y relucientes adornos, de bellas pinturas y esculturas de los dioses paganos, ante el monarca del reino más poderoso de aquel entonces, estaban de pie los dos representantes de la raza esclavizada, con el objeto de repetir el mandato de Dios que requería que Israel fuera librado.

El rey exigió un milagro, como evidencia de su divina comisión. Moisés y Aarón habían sido instruidos acerca de cómo proceder en caso de que se hiciera semejante demanda, de manera que Aarón tomó la vara y la arrojó al suelo ante el faraón. Ella se convirtió en serpiente.

serpiente

El monarca hizo llamar a sus “sabios y hechiceros”, y “cada uno echó su vara, las cuales se volvieron culebras; pero la vara de Aarón devoró las varas de ellos.”

Entonces el rey, más decidido que antes, declaró que sus magos eran iguales en poder a Moisés y Aarón; denuncio a los siervos del Señor como impostores, y se sintió seguro al resistir sus demandas. Sin embargo, aunque menospreció su mensaje, el poder divino le impidió hacerles daño.

Fue la mano de Dios, y no la influencia ni el poder de origen humano que poseyeran Moisés y Aarón, lo que obró los milagros hechos ante el faraón. Aquellas señales y maravillas tenían el propósito de convencer al faraón de que el gran “Yo SOY” había enviado a Moisés, y que era deber del rey permitir a Israel que saliera para servir al Dios viviente.

Los magos también hicieron señales y maravillas; pues no actuaban por su propia habilidad solamente, sino mediante el poder de su dios, Satanás, quien les ayudaba a falsificar la obra de Jehová.

Los magos no convirtieron sus varas en verdaderas serpientes; ayudados por el gran engañador, produjeron esa apariencia mediante la magia. Estaba más allá del poder de Satanás cambiar las varas en serpientes vivas.

El príncipe del mal, aunque posee toda la sabiduría y el poder de un ángel caído, no puede crear o dar vida; esta prerrogativa pertenece únicamente a Dios. Pero Satanás hizo todo lo que estaba a su alcance. Produjo una falsificación. Para la vista humana las varas se convirtieron en serpientes. Así lo creyeron el faraón y su corte. Nada había en su apariencia que las diferenciara de la serpiente producida por Moisés.

Aunque el Señor hizo que la serpiente verdadera se tragara a las falsas, el faraón no lo consideró como obra del poder de Dios, sino como resultado de una magia superior a la de sus siervos.

El faraón deseaba justificar la terquedad que manifestaba al resistirse al mandato divino, y buscó algún pretexto para menospreciar los milagros que Dios había hecho por medio de Moisés. Satanás le dio exactamente lo que quería. Mediante la obra que realizó por intermedio de los magos, hizo aparecer ante los egipcios a Moisés y Aarón como simples magos y hechiceros, y dio así a entender que su demanda no merecía el debido respeto al mensaje de un ser superior.

De esta manera la falsificación satánica logró su propósito; envalentonó a los egipcios en su rebelión y provocó el endurecimiento del corazón de el faraón contra la convicción del Espíritu Santo.

Satanás también esperaba turbar la fe de Moisés y de Aarón en el origen divino de su misión, a fin de que sus propios instrumentos prevaleciesen. No quería que los hijos de Israel fueran libertados de su servidumbre, para servir al Dios viviente.

Pero el príncipe del mal tenía todavía un objeto más profundo al hacer sus maravillas por medio de los magos. Él sabía muy bien que Moisés, al romper el yugo de la servidumbre de los hijos de Israel, prefiguraba a Cristo, quien había de quitar el yugo del pecado de sobre la familia humana. Sabía que cuando Cristo apareciera, haría grandes milagros para mostrar al mundo que Dios lo había enviado.

Satanás tembló por su poder. Falsificando la obra que Dios hacía por medio de Moisés, esperaba no tan solo impedir la liberación de Israel, sino ejercer además una influencia que a través de las edades venideras destruiría la fe en los milagros de Cristo.

Satanás trata constantemente de falsificar la obra de Jesús, para establecer su propio poder y sus pretensiones. Induce a los hombres a explicar los milagros de Cristo como si fueran resultado de la capacidad y del poder humanos. De esa manera destruye en muchas mentes la fe en Cristo como Hijo de Dios, y las lleva a rechazar los bondadosos ofrecimientos de misericordia hechos mediante el plan de redención.

La primera plaga

A Moisés y Aarón se les indicó que a la mañana siguiente se dirigieran a la ribera del río, adonde solía ir el rey. Como las crecientes del Nilo eran la fuente del alimento y la riqueza de todo Egipto, se adoraba a este río como a un dios, y el monarca iba allá diariamente a cumplir sus devociones.

En ese lugar los dos hermanos le repitieron su mensaje, y después, alargando la vara, hirieron el agua. La sagrada corriente se convirtió en sangre, los peces murieron, y el río se tornó hediondo.

primera plaga

El agua que estaba en las casas, y la provisión que se guardaba en las cisternas también se transformó en sangre. Pero “los encantadores de Egipto hicieron lo mismo.”

“El faraón se volvió y regresó a su casa, sin prestar atención tampoco a esto.” La plaga duró siete días, pero sin efecto alguno.

La segunda plaga

Nuevamente se alzó la vara sobre las aguas, y del río salieron ranas que se esparcieron por toda la tierra. Invadieron las casas, donde tomaron posesión de las alcobas, y aun de los hornos y las artesas.

segunda plaga

Este animal era considerado por los egipcios como sagrado, y no querían destruirlo. Pero las viscosas ranas se volvieron intolerables. Pululaban hasta en el palacio del faraón, y el rey estaba impaciente por alejarlas de allí. Los magos habían aparentado producir ranas, pero no pudieron quitarlas. Al verlo, el faraón fue humillado.

Llamó a Moisés y a Aarón y dijo: “Orad a Jehová para que aparte las ranas de mí y de mi pueblo, y dejaré ir a tu pueblo para que ofrezca sacrificios a Jehová.”

Luego de recordar al rey su jactancia anterior, le pidieron que designara el tiempo en que debieran orar para que desapareciera la plaga. El faraón designó el día siguiente, con la secreta esperanza de que en el intervalo las ranas desapareciesen por sí solas, librándolo de esa manera de la amarga humillación de someterse al Dios de Israel.

La plaga, sin embargo, continuó hasta el tiempo señalado, en el cual en todo Egipto murieron las ranas, pero permanecieron sus cuerpos putrefactos corrompiendo la atmósfera.

El Señor pudo haber convertido las ranas en polvo en un momento, pero no lo hizo, no sea que una vez eliminadas, el rey y su pueblo dijeran que había sido el resultado de hechicerías y encantamientos como los que hacían los magos.

Cuando las ranas murieron, fueron juntadas en montones. Con esto, el rey y todo Egipto tuvieron una evidencia que su vana filosofía no podía contradecir, vieron que esto no era obra de magia, sino un castigo enviado por el Dios del cielo.

ranas muertas

La tercera plaga

“Pero al ver el faraón que le habían dado reposo, endureció su corazón.”

Entonces, en virtud del mandamiento de Dios, Aarón alargó la mano, y el polvo de la tierra se convirtió en piojos por todos los ámbitos de Egipto.

tercera

El faraón llamó a sus magos para que hicieran lo mismo, pero no pudieron. La obra de Dios se manifestó entonces superior a la de Satanás. Los magos mismos reconocieron: “Es el dedo de Dios”. Pero él permanecía inconmovible.

La cuarta plaga

Las súplicas y amonestaciones no tuvieron ningún efecto, y se impuso otro castigo. Se predijo la fecha en que había de suceder para que no se dijera que había acontecido por casualidad. Las moscas llenaron las casas y lo invadieron todo, “y la tierra fue corrompida a causa de ellas.”

cuarta

Estas moscas eran grandes y venenosas y sus picaduras eran muy dolorosas para hombres y animales. Como se había pronosticado, esta plaga no se extendió a la tierra de Gosén.

El faraón ofreció entonces permitir a los israelitas que ofrecieran sacrificios en Egipto; pero ellos se negaron a aceptar tales condiciones.

“No conviene que hagamos así, porque ofreceríamos a Jehová, nuestro Dios, lo que es la abominación para los egipcios. Si sacrificáramos lo que es abominación para los egipcios delante de ellos, ¿no nos apedrearían?”

Los animales que los hebreos tendrían que sacrificar eran considerados sagrados por los egipcios; y era tal la reverencia en que los tenían, que aun el matar a uno accidentalmente era crimen punible de muerte. Sería imposible para los hebreos adorar en Egipto sin ofender a sus amos.

Moisés volvió a pedir al monarca que les permitiera internarse tres días de camino en el desierto. El rey consintió, y rogó a los siervos de Dios que implorasen que la plaga fuera quitada. Ellos prometieron hacerlo, pero le advirtieron de que no los tratara engañosamente. Se detuvo la plaga, pero el corazón del rey se había endurecido por la rebelión pertinaz, y todavía se negó a ceder.

La quinta plaga

Siguió un golpe más terrible; la peste atacó a todo el ganado egipcio que estaba en los campos. Tanto los animales sagrados como las bestias de carga, las vacas, bueyes, ovejas, caballos, camellos y asnos, todos fueron destruidos.

quinta

Se había dicho claramente que los hebreos serían exonerados; y el faraón, al enviar mensajeros a las casas de los israelitas, comprobó la veracidad de esta declaración de Moisés. “Del ganado de los hijos de Israel no murió ni un animal.”

Todavía el rey se mantenía obstinado.

La sexta plaga

Se le ordenó entonces a Moisés que tomara cenizas del horno y que las esparciese hacia el cielo delante del faraón. Este acto fue profundamente significativo.

Cuatrocientos años antes, Dios había mostrado a Abraham la futura opresión de su pueblo, bajo la figura de un horno humeante y una lámpara encendida. Había declarado que visitaría con sus juicios a sus opresores, y que sacaría a los cautivos con grandes riquezas. En Egipto los israelitas habían languidecido durante mucho tiempo en el horno de la aflicción. Este acto de Moisés les garantizaba que Dios recordaba su pacto y que había llegado el momento de la liberación.

Cuando se esparcieron las cenizas hacia el cielo, las diminutas partículas se diseminaron por toda la tierra de Egipto, y doquiera cayeran producían granos, “hubo sarpullido que produjo úlceras tanto en los hombres como en las bestias.”

sexta

Hasta entonces los sacerdotes y los magos habían alentado al faraón en su obstinación, pero ahora el castigo los había alcanzado también a ellos. Atacados por una enfermedad repugnante y dolorosa, ya no pudieron luchar contra el Dios de Israel, y el poder del que habían alardeado los hizo despreciables.

Toda la nación vio cuán insensato era confiar en los magos, ya que ni siquiera podían protegerse a sí mismos.

Pero el corazón del faraón seguía endurecido. Entonces el Señor le envió un mensaje que decía: “yo enviaré esta vez todas mis plagas sobre tu corazón, sobre tus siervos y sobre tu pueblo, para que entiendas que no hay otro como yo en toda la tierra [...]. A la verdad yo te he puesto para mostrar en ti mi poder.”

No era que Dios le hubiese dado vida para este fin, sino que su providencia había dirigido los acontecimientos para colocarlo en el trono en el tiempo mismo de la liberación de Israel. Aunque por sus crímenes, este arrogante tirano había perdido todo derecho a la misericordia de Dios, se le había preservado la vida para que mediante su terquedad el Señor manifestara sus maravillas en la tierra de Egipto.

La disposición de los acontecimientos depende de la providencia de Dios. Él pudo haber colocado en el trono a un rey más misericordioso, que no habría osado resistir las poderosas manifestaciones del poder divino. Pero en ese caso los propósitos del Señor no se hubieran cumplido.

Permitió que su pueblo experimentara la terrible crueldad de los egipcios, para que no fueran engañados por la degradante influencia de la idolatría. En su trato con el faraón, el Señor mostró su odio por la idolatría, y su firme decisión de castigar la crueldad y la opresión.

Dios había declarado tocante al faraón: “Pero yo endureceré su corazón, de modo que no dejará ir al pueblo.” (Éxodo 4:21)

No se ejerció un poder sobrenatural para endurecer el corazón del rey. Dios dio al faraón las muestras más evidentes de su divino poder; pero el monarca se negó obstinadamente a aceptar la luz. Toda manifestación del poder infinito que él rechazara lo empecinó más en su rebelión.

El principio de rebelión que el rey sembró cuando rechazó el primer milagro, produjo su cosecha. Al mantener su terquedad y aumentarla gradualmente, su corazón se endureció más y más, hasta que fue llamado a contemplar el rostro frío de su primogénito muerto.

Dios habla a los hombres por medio de sus siervos, dándoles amonestaciones y advertencias y censurando el pecado. Da a cada uno oportunidad de corregir sus errores antes de que se arraiguen en el carácter; pero si uno se niega a corregirse, el poder divino no se interpone para contrarrestar la tendencia de su propia acción. La persona encuentra que le es más fácil repetirla. Va endureciendo su corazón contra la influencia del Espíritu Santo.

Al rechazar después la luz se coloca en una posición en la cual aun una influencia mucho más fuerte será ineficaz para producir una impresión permanente.

El que cedió una vez a la tentación cederá con más facilidad la segunda vez. Toda repetición del pecado aminora la fuerza para resistir, ciega los ojos y ahoga la convicción. Toda semilla de complacencia propia que se siembre dará fruto. Dios no obra milagros para impedir la cosecha.

“Todo lo que el hombre siembre, eso también segará” (Gálatas 6:7).

El que manifiesta una temeridad incrédula e indiferencia hacia la verdad divina, no cosecha sino lo que sembró. Es así como las multitudes escuchan con obstinada indiferencia las verdades que una vez conmovieron sus almas. Sembraron descuido y resistencia a la verdad, y eso es lo que recogen.

Los que están tratando de tranquilizar una conciencia culpable con la idea de que pueden cambiar su mala conducta cuando quieran, de que pueden jugar con las invitaciones de la misericordia, y todavía seguir siendo impresionados, lo hacen por su propia cuenta y riesgo. Ponen toda su influencia del lado del gran rebelde, y creen que en un momento de suma necesidad, cuando el peligro los rodee, podrán cambiar de jefe sin dificultad. Pero esto no puede realizarse tan fácilmente.

La experiencia, la educación, la práctica de una vida de pecaminosa complacencia, amoldan tan completamente el carácter que impiden recibir entonces la imagen de Jesús. Si la luz no hubiera alumbrado su senda, su situación habría sido diferente. La misericordia podría interponerse, y darles oportunidad de aceptar sus ofrecimientos; pero después que la luz haya sido rechazada y menospreciada durante mucho tiempo será, por fin, retirada.

La séptima plaga

El faraón fue amenazado con una plaga de granizo y se le advirtió: “Envía, pues, a recoger tu ganado y todo lo que tienes en el campo, porque todo hombre o animal que se halle en el campo y no sea recogido en casa, el granizo caerá sobre él, y morirá.”

séptima

La lluvia o el granizo eran en Egipto una cosa inusitada, y, tormenta como la predicha, nunca antes se había visto. La noticia se extendió rápidamente, y todos los que creyeron la palabra del Señor reunieron su ganado, mientras los que menospreciaron la advertencia lo dejaron en el campo.

En esa forma, en medio de un castigo se manifestó la misericordia de Dios, se probó a las personas, y se mostró cuántos habían sido llevados a temer a Dios mediante la manifestación de su poder.

La tormenta llegó según lo predicho: truenos, granizo y fuego mezclados, “tan grande cual nunca hubo en toda la tierra de Egipto desde que fue habitada.

Aquel granizo hirió en toda la tierra de Egipto todo lo que estaba en el campo, así hombres como bestias; también destrozó el granizo toda la hierba del campo, y desgajó todos los árboles del país.”

La ruina y la desolación marcaron la senda del ángel destructor. Únicamente se salvó la región de Gosén. Se demostró a los egipcios que la tierra está bajo el dominio del Dios viviente, que los elementos responden a su voz, y que la verdadera seguridad está en obedecerlo.

Todo Egipto tembló ante el tremendo juicio divino. El faraón llamó aprisa a los dos hermanos y dijo: “He pecado esta vez; Jehová es justo, y yo y mi pueblo impíos. Orad a Jehová para que cesen los truenos de Dios y el granizo. Yo os dejaré ir; y no os detendréis más.

Moisés le respondió: “Tan pronto salga yo de la ciudad, extenderé mis manos a Jehová; los truenos cesarán y no habrá más granizo, para que sepas que de Jehová es la tierra. Pero yo sé que ni tú ni tus siervos temeréis todavía la presencia de Jehová Dios”.”

Moisés sabía que la lucha aun no había terminado. Las confesiones del faraón así como sus promesas no eran efecto de un cambio radical en su mente o en su corazón, sino que eran arrancadas por el terror y la angustia. No obstante, Moisés prometió responder a su súplica, pues no deseaba darle oportunidad de continuar en su terquedad.

El profeta, sin hacer caso de la furia de la tempestad, salió y el faraón y todo su séquito fueron testigos del poder de Jehová para preservar a su mensajero. Cuando salió de la ciudad, Moisés “extendió sus manos a Jehová, y cesaron los truenos y el granizo, y la lluvia no cayó más sobre la tierra.”

Pero tan pronto como el rey se hubo tranquilizado de sus temores, su corazón volvió a su perversidad.

La octava plaga

Entonces el Señor dijo a Moisés: “Entra a la presencia del faraón, porque yo he endurecido su corazón y el corazón de sus siervos, para mostrar entre ellos estas mis señales, para que cuentes a tus hijos y a tus nietos las cosas que yo hice en Egipto y las señales que hice entre ellos, y así sepáis que yo soy Jehová.”

El Señor estaba manifestando su poder, para afirmar la fe de Israel en él como único Dios verdadero y viviente. Daría inequívocas pruebas de la diferencia que hacia entre ellos y los egipcios, y haría que todas las naciones conocieran que los hebreos, a quienes ellos habían despreciado y oprimido, estaban bajo la protección del cielo.

Moisés advirtió al monarca de que si se empeñaba en su obstinación, se enviaría una plaga de langostas, que cubrirían la faz de la tierra, y comerían todo lo verde que aun quedaba; llenarían las casas, y aun el palacio mismo; tal plaga sería, dijo, “cual nunca vieron tus padres ni tus abuelos, desde que ellos aparecieron sobre la tierra hasta hoy.”

Los consejeros del faraón quedaron horrorizados. La nación había sufrido una gran pérdida con la muerte de su ganado. Mucha gente murió por el granizo. Los bosques estaban desgajados, y las cosechas destruidas. Rápidamente perdían todo lo que habían ganado con el trabajo de los hebreos. Toda la tierra estaba amenazada por el hambre. Los príncipes y los cortesanos se agolparon alrededor del rey, y airadamente preguntaron:

“¿Hasta cuándo será este hombre una amenaza para nosotros? Deja ir a estos hombres, para que sirvan a Jehová, su Dios. ¿Acaso no sabes todavía que Egipto está ya destruido?”

Se llamó nuevamente a Moisés y a Aarón, y el monarca les dijo: “Andad, servid a Jehová, vuestro Dios. ¿Quiénes son los que han de ir?”

La respuesta fue: “Hemos de ir con nuestros niños y con nuestros viejos, con nuestros hijos y con nuestras hijas; con nuestras ovejas y con nuestras vacas hemos de ir, porque es nuestra fiesta solemne para Jehová.”

El rey se llenó de ira. “Él les dijo: “¡Así sea Jehová con vosotros! ¿Cómo os voy a dejar ir a vosotros y a vuestros niños? ¡Mirad cómo el mal está delante de vuestro rostro! No será así; id ahora vosotros los hombres y servid a Jehová, pues esto es lo que vosotros pedisteis”. Y los echaron de la presencia del faraón.”

El monarca había tratado de destruir a los israelitas mediante trabajos forzados, pero ahora aparentaba tener profundo interés en su bienestar y tierno cuidado por sus pequeñuelos. Su verdadero objeto era retener a las mujeres y los niños como garantía del regreso de los hombres.

Moisés entonces extendió su vara por sobre la tierra, y sopló un viento del este, y trajo langostas: “en tan gran cantidad como no la hubo antes ni la habrá después.”

Llenaron el cielo hasta que la tierra se oscureció, y devoraron toda cosa verde que quedaba.

plaga

El faraón hizo venir inmediatamente a los profetas y les dijo: “He pecado contra Jehová, vuestro Dios, y contra vosotros. Pero os ruego ahora que perdonéis mi pecado solamente esta vez, y que oréis a Jehová, vuestro Dios, para que aparte de mí al menos esta plaga mortal.”

Así lo hicieron, y un fuerte viento del occidente se llevó las langostas hacia el mar Rojo. Pero aun así el rey persistió en su terca resolución.

La novena plaga

El pueblo egipcio estaba a punto de desesperar. Las plagas que ya habían sufrido parecían casi insoportables, y estaban llenos de pánico por temor del futuro. La nación había adorado al faraón como representante de su dios, pero ahora muchos estaban convencidos de que él se estaba oponiendo a Uno que hacía de todos los poderes de la naturaleza los ministros de su voluntad.

Los esclavos hebreos, tan milagrosamente favorecidos, comenzaban a confiar en su liberación. Sus comisarios no osaban oprimirlos como hasta entonces. Por todo Egipto existía un secreto temor de que la raza esclavizada podría levantarse y vengar sus agravios. Por todo lugar los hombres preguntaban con el aliento en suspenso: “¿Qué seguirá después?”

De repente una gran oscuridad se asentó sobre la tierra, tan densa y negra que parecía que se podía palpar. No solo quedó la gente privada de luz, sino que también la atmósfera se puso muy pesada, de tal manera que era difícil respirar.

“Ninguno vio a su prójimo, ni nadie se levantó de su lugar en tres días; pero todos los hijos de Israel tenían luz en sus habitaciones.”

novena

El sol y la luna eran para los egipcios objetos de adoración; en estas tinieblas misteriosas tanto la gente como sus dioses fueron heridos por el poder que había patrocinado la causa de los siervos.

Sin embargo, por espantoso que fuera, este castigo evidenciaba la compasión de Dios y su falta de voluntad para destruir. Estaba dando a la gente tiempo para reflexionar y arrepentirse antes de enviarles la última y más terrible de las plagas.

Por último, el temor arrancó al faraón una concesión más. Al fin del tercer día de tinieblas, llamó a Moisés, y le dio su consentimiento para que el pueblo saliera, con tal de que los rebaños y las manadas permanecieran.

“No quedará ni una pezuña, porque de él hemos de tomar para servir a Jehová, nuestro Dios, y no sabemos con qué hemos de servir a Jehová hasta que lleguemos allá.”

La ira del rey estalló desenfrenadamente y gritó: “Retírate de mi presencia. Cuídate de no ver más mi rostro, pues el día en que veas mi rostro, morirás.”

La contestación fué: “¡Bien has dicho!; No veré más tu rostro”.”

“Moisés era considerado un gran hombre en la tierra de Egipto, a los ojos de los siervos del faraón y a los ojos del pueblo.”

Moisés era considerado como persona venerable por los egipcios. El rey no se atrevió a hacerle daño, pues la gente lo consideraba como el único ser capaz de quitar las plagas. Deseaban que se permitiera a los israelitas salir de Egipto. Fueron el rey y los sacerdotes los que se opusieron hasta el último momento a las demandas de Moisés.

La Liberación de Egipto

Basado en Éxodo 11 y 12.

Cuando se presentó por primera vez al rey de Egipto la demanda de la liberación de Israel, se le dio una advertencia acerca de la más terrible de todas las plagas. Moisés dijo al faraón: “Jehová ha dicho así: Israel es mi hijo, mi primogénito. Ya te he dicho que dejes ir a mi hijo, para que me sirva; pero si te niegas a dejarlo ir, yo mataré a tu hijo, a tu primogénito.” (Éxodo 4:22, 23).

Aunque despreciados por los egipcios, los israelitas habían sido honrados por Dios, al ser escogidos como depositarios de su ley. Las bendiciones y los privilegios especiales que se les dispensaron les habían dado la preeminencia entre las naciones, como la tenía el primogénito entre los demás hermanos.

El primer juicio acerca del cual se advirtió a Egipto sería el último en llegar. Dios es paciente y muy misericordioso. Cuida tiernamente a todos los seres creados a su imagen. Si la pérdida de sus cosechas, sus rebaños y manadas hubiera llevado a Egipto al arrepentimiento, los niños no habrían sido heridos; pero la nación había resistido tercamente al mandamiento divino, y el golpe final estaba a punto de darse.

So pena de muerte, se había prohibido a Moisés que volviera a la presencia del faraón; pero había que entregar al monarca rebelde un último mensaje de parte de Dios, y una vez más Moisés se presentó dentro de él con el terrible anuncio: “Jehová ha dicho así: “Hacia la medianoche yo atravesaré el país de Egipto, y morirá todo primogénito en tierra de Egipto, desde el primogénito del faraón que se sienta en su trono, hasta el primogénito de la sierva que está tras el molino, y todo primogénito de las bestias. Y habrá gran clamor por toda la tierra de Egipto, cual nunca hubo ni jamás habrá. Pero contra todos los hijos de Israel, desde el hombre hasta la bestia, ni un perro moverá su lengua, para que sepáis que Jehová hace diferencia entre los egipcios y los israelitas. Entonces vendrán a mí todos estos tus siervos, e inclinados delante de mí dirán: “Vete, tú y todo el pueblo que está bajo tus órdenes”. Y después de esto yo saldré.” (Éxodo 11-12).

La Pascua

Antes de ejecutar esta sentencia, el Señor por medio de Moisés instruyó a los hijos de Israel acerca de su salida de Egipto, sobre todo para librarlos de la plaga inminente.

Cada familia, sola o reunida con otra, había de matar un cordero o un cabrito, “sin defecto”, y con un hisopo tenía que tomar de la sangre y ponerla “en los dos postes y en el dintel de las casas en que lo han de comer”, para que el ángel destructor que pasaría a medianoche, no entrara a aquella morada. Debían de comer la carne asada, con hierbas amargas y pan sin levadura, de noche, y como Moisés dijo: “ceñidos con un cinto, con vuestros pies calzados y con el bastón en la mano; y lo comeréis apresuradamente. Es la Pascua de Jehová.” (Éxodo 12:11).

El Señor declaró: “Yo pasaré aquella noche por la tierra de Egipto y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto, así de los hombres como de las bestias, y ejecutaré mis juicios en todos los dioses de Egipto [...]. La sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; veré la sangre y pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto.”

Para conmemorar esta gran liberación, el pueblo de Israel debía de celebrar una fiesta anual a través de las generaciones futuras. “Este día os será memorable, y lo celebraréis como fiesta solemne para Jehová durante vuestras generaciones; por estatuto perpetuo lo celebraréis.”

Cuando en los años venideros festejaran este acontecimiento tenían que repetir a sus hijos la historia de su gran liberación, o como les dijo Moisés: “Vosotros responderéis: “Es la víctima de la Pascua de Jehová, el cual pasó por encima de las casas de los hijos de Israel en Egipto, cuando hirió a los egipcios y libró nuestras casas”.”

Además, tanto el primogénito de los hombres como el de las bestias, pertenecía al Señor, si bien podía ser redimido mediante un rescate con el cual reconocían que, al perecer los primogénitos de Egipto, los de Israel, que fueron guardados bondadosamente, habrían sufrido la misma suerte de no haber sido por el sacrificio expiatorio.

“Mío es todo primogénito. Desde el día en que yo hice morir a todos los primogénitos en la tierra de Egipto, santifiqué para mí a todos los primogénitos en Israel, tanto de hombres como de animales. Míos serán.” (Números 3:13).

Después de la institución del culto en el tabernáculo, el Señor escogió la tribu de Leví para construir el santuario, en vez de los primogénitos de Israel. Dijo: “Me son dedicados a mí los levitas de entre los hijos de Israel, en lugar de todo primer nacido; los he tomado para mí en lugar de los primogénitos de todos los hijos de Israel.” (Números 8:16).
Sin embargo, todo el pueblo debía pagar, en reconocimiento de la gracia de Dios, un precio por el rescate del primogénito (Números 18:15, 16).

El significado de los símbolos

La Pascua sería una fiesta tanto conmemorativa como simbólica. No solo recordaría la liberación de Israel, sino que también señalaría la más grande liberación que Cristo habría de realizar para libertar a su pueblo de la servidumbre del pecado.

El cordero del sacrificio representa al “Cordero de Dios”, en quien reside nuestra única esperanza de salvación. Dice el apóstol: “Nuestra Pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros.” (1 Corintios 5:7)

No bastaba con la muerte del cordero pascual; había que rociar con su sangre los postes de las puertas, como los méritos de la de Cristo deben aplicarse al alma. Debemos creer, no solo que él murió por el mundo, sino que murió por cada uno individualmente. Debemos apropiarnos de los beneficios del sacrificio expiatorio.

El hisopo usado para rociar la sangre era un símbolo de la purificación. Se usaba para la limpieza del leproso y de quienes estaban inmundos por su contacto con los muertos. Se ve su significado también en la oración del salmista: “Purifícame con hisopo y seré limpio; lávame y seré más blanco que la nieve” (Salmos 51:7).

El cordero había de prepararse entero, sin quebrar ninguno de sus huesos. De igual manera, ni un solo hueso había de quebrarse del Cordero de Dios, que iba a morir por nosotros (Éxodo 12:46; Juan 19:36). De este modo también se representaba la plenitud del sacrificio de Cristo.

La carne debía comerse. Para alcanzar el perdón de nuestro pecado, no basta creer en Cristo; por medio de su Palabra debemos recibir por fe constantemente su fuerza y su alimento espiritual. Cristo dijo: “Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna.”

Y para explicar lo que quería decir, agregó: “Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Juan 6:53, 54, 63).

Jesús aceptó la ley de su Padre, cuyos principios puso en práctica en su vida, manifestó su espíritu, y demostró su poder benéfico en el corazón del hombre. Dice Juan: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad; y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre.” (Juan 1:14).

Los seguidores de Cristo deben participar de su experiencia. Deben recibir y asimilar la Palabra de Dios para que se convierta en el poder que impulse su vida y sus acciones. Mediante el poder de Cristo, deben ser transformados a su imagen, y deben reflejar los atributos divinos. Necesitan comer la carne y beber la sangre del Hijo de Dios, o no habrá vida en ellos. El espíritu y la obra de Cristo deben convertirse en el espíritu y la obra de sus discípulos.

El cordero debía de comerse con hierbas amargas, como un recordatorio de la amarga servidumbre sufrida en Egipto. De igual manera cuando nos alimentamos de Cristo, debemos hacerlo con corazón contrito por causa de nuestros pecados.
El uso del pan sin levadura también tenía su significado. Lo ordenaba expresamente la ley de la pascua, y tan estrictamente la observaban los judíos en su práctica, que no debía haber ninguna levadura en sus casas mientras durara esa fiesta.

Igualmente deben apartar de sí mismos la levadura del pecado todos los que reciben la vida y el alimento de Cristo. Pablo escribe a la iglesia de Corinto: “Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, [...] porque nuestra Pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad.” (1 Corintios 5:7, 8).

Antes de obtener la libertad, los siervos debían demostrar fe en la gran liberación que estaba a punto de realizarse. Debían poner la señal de la sangre sobre sus casas, y ellos y sus familias debían separarse de los egipcios y reunirse dentro de sus propias moradas.

Si los israelitas hubieran menospreciado en lo más mínimo las instrucciones que se les dieron, si no hubieran separado a sus hijos de los egipcios, si hubieran dado muerte al cordero, pero no hubieran rociado los postes con la sangre, o hubieran salido algunos fuera de sus casas, no habrían estado seguros. Podrían haber creído honradamente que habían hecho todo lo necesario, pero su sinceridad no los habría salvado. Aquellos que hubiesen dejado de cumplir las instrucciones del Señor, habrían perdido su primogénito por obra del destructor.

Mediante su obediencia el pueblo debía mostrar su fe. Asimismo todo aquel que espera ser salvo por los méritos de la sangre de Cristo debe comprender que él mismo tiene algo que hacer para asegurar su salvación.

Únicamente Cristo puede redimirnos de la pena de la transgresión, pero nosotros debemos volvernos del pecado a la obediencia.

El hombre es salvo por la fe, no por las obras; sin embargo, su fe debe manifestarse por sus obras.

Dios entregó a su Hijo para que muriera en propiciación por el pecado; ha manifestado la luz de la verdad, el camino de la vida; ha dado facilidades, ordenanzas y privilegios; y el hombre debe cooperar con estos agentes de la salvación; ha de apreciar y usar la ayuda que Dios ha provisto; debe creer y obedecer todos los requerimientos divinos.

La décima plaga

Mientras Moisés repetía a Israel lo que Dios había provisto para su liberación, “el pueblo se inclinó y adoró” (Éxodo 12:27).

La feliz esperanza de libertad, el tremendo conocimiento del inminente juicio que caería sobre sus opresores, los cuidados y trabajos necesarios para su pronta salida, todo lo eclipsó de momento la gratitud hacia su bondadoso Libertador.

Muchos de los egipcios fueron inducidos a reconocer al Dios de los hebreos como el único Dios verdadero, y suplicaron que se les permitiera ampararse en los hogares de Israel cuando el ángel exterminador pasara por la tierra. Fueron recibidos con júbilo, y se comprometieron a servir de allí en adelante al Dios de Jacob y a salir de Egipto con su pueblo.

Los israelitas obedecieron las instrucciones que Dios les había dado. Rápida y secretamente hicieron los preparativos para su partida. Las familias estaban reunidas, el cordero pascual muerto, la carne asada, el pan sin levadura y las hierbas amargas preparados.

primera pascua

El padre y sacerdote de la casa roció con sangre los postes de la puerta, y se unió a su familia dentro de la casa. Con premura y en silencio se comió el cordero pascual. Con reverente temor el pueblo oró y aguardó; el corazón de todo primogénito, desde el hombre más fuerte hasta el niño, tembló con indescriptible miedo.

Los padres y las madres estrechaban en sus brazos a sus queridos primogénitos, al pensar en el espantoso golpe que caería aquella noche. Pero a ningún hogar de Israel llegó el ángel exterminador. La señal de la sangre, garantía de la protección del Salvador, estaba sobre sus puertas, y el exterminador no entró.

A la medianoche hubo “un gran clamor en Egipto, porque no había casa donde no hubiera un muerto.” Todos los primogénitos de la tierra, “desde el primogénito del faraón que se sentaba sobre su trono, hasta el primogénito del cautivo que estaba en la cárcel, y todo primogénito de los animales” (Éxodo 12:29-33), fueron asesinados por el ángel exterminador.

A través del vasto reino de Egipto, el orgullo de toda casa había sido humillado. Los gritos y gemidos de los dolientes llenaban los aires. El rey y los cortesanos, con rostros pálidos y piernas temblorosas, estaban aterrados por el horror prevaleciente. El faraón recordó entonces que una vez había exclamado: “¿Quién es Jehová para que yo oiga su voz y deje ir a Israel? Yo no conozco a Jehová, ni tampoco dejaré ir a Israel.” (Éxodo 5:2).

Ahora, su orgullo, que una vez osara levantarse contra el cielo, estaba humillado hasta el polvo; “hizo llamar a Moisés y a Aarón de noche, y les dijo: “Salid de en medio de mi pueblo vosotros y los hijos de Israel, e id a servir a Jehová, como habéis dicho. Tomad también vuestras ovejas y vuestras vacas, como habéis dicho, e idos; y bendecidme también a mí. “Los egipcios apremiaban al pueblo, dándose prisa a echarlos de la tierra, porque decían: “Todos moriremos”.”

También los consejeros reales y el pueblo suplicaron a los israelitas que se fueran de la tierra, “porque decían: “Todos somos muertos”.”

Inicio del Éxodo

Ceñidos con el cinto, las sandalias calzadas, y el bastón en la mano, el pueblo de Israel permanecía en silencio reverente, y sin embargo expectante, mientras esperaba que el mandato real les ordenara ponerse en marcha.

Antes de llegar la mañana, ya estaban en camino. Durante el tiempo de las plagas, ya que la manifestación del poder de Dios había encendido la fe en los corazones de los siervos y había, infundido terror en sus opresores, los israelitas se habían reunido poco a poco en Gosén; y no obstante lo repentino de la huida, se habían tomado ya algunas medidas para la organización y dirección de la multitud durante la marcha, dividiéndola en compañías, bajo la dirección de un jefe cada una.

Y salieron “Eran unos seiscientos mil hombres de a pie, sin contar los niños. También subió con ellos una gran multitud de toda clase de gentes.” (Éxodo 12:34-39).

La multitud mixta

Esta multitud se componía no solo de los que obraron movidos por la fe en el Dios de Israel, sino también de un número mayor de individuos que trataban únicamente de escapar de las plagas, o que se unieron a las columnas en marcha por pura excitación y curiosidad. Esta clase de personas fue siempre un obstáculo y un tropiezo para Israel.

El pueblo llevó consigo también “ovejas y muchísimo ganado”. Estos eran propiedad de los israelitas, que nunca habían vendido sus posesiones al rey, como lo habían hecho los egipcios.

Jacob y sus hijos habían llevado su ganado consigo a Egipto, y allí había aumentado grandemente. Antes de salir de Egipto, el pueblo, siguiendo las instrucciones de Moisés, exigió una remuneración por su trabajo que no le había sido pagado; y los egipcios estaban tan ansiosos de deshacerse de ellos que no les negaron lo pedido. Los esclavos se marcharon cargados con el botín de sus opresores.

El cumplimiento del tiempo y de la profecía

Aquel día completó la historia revelada a Abraham en visión profética siglos antes: “Ten por cierto que tu descendencia habitará en tierra ajena, será esclava allí y será oprimida cuatrocientos años. Pero también a la nación a la cual servirán juzgaré yo; y después de esto saldrán con gran riqueza.” (Génesis 15:13, 14).

liberación

Se habían cumplido los cuatrocientos años.

“En aquel mismo día sacó Jehová a los hijos de Israel de la tierra de Egipto por grupos.” (Éxodo 12:40, 41, 51).

Al salir de Egipto los israelitas llevaron consigo un precioso legado: los huesos de José (Éxodo 13), que habían esperado por tanto tiempo el cumplimiento de la promesa de Dios, y que durante los tenebrosos años de esclavitud habían servido a manera de recordatorio que anunciaba la liberación de los israelitas.

En vez de seguir la ruta directa hacia Canaán, que pasaba por el país de los filisteos, el Señor los dirigió hacia el sur, hacia las orillas del mar Rojo. “Para que no se arrepienta el pueblo cuando vea la guerra, y regrese a Egipto.”

Si hubieran tratado de pasar por Filistea, habrían encontrado oposición, pues los filisteos, considerándolos como esclavos que huían de sus amos, no habrían vacilado en hacerles la guerra.

Los israelitas no estaban preparados para un encuentro con aquel pueblo fuerte y belicoso. Tenían un conocimiento muy limitado de Dios y muy poca fe en él, y se habrían aterrorizado y desanimado. Carecían de armas y no estaban habituados a la guerra; tenían el espíritu deprimido por su prolongada servidumbre, y se hallaban impedidos por las mujeres y los niños, los rebaños y las manadas.

Al dirigirlos por la ruta del Mar Rojo, el Señor se reveló como un Dios compasivo y juicioso.

Caudillo de día y de noche

“Partieron de Sucot y acamparon en Etam, a la entrada del desierto. Jehová iba delante de ellos, de día en una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en una columna de fuego para alumbrarlos, a fin de que anduvieran de día y de noche. Nunca se apartó del pueblo la columna de nube durante el día, ni la columna de fuego durante la noche.”

El salmista dice: “Extendió una nube por cubierta, y fuego para alumbrar la noche” (Salmos 105:39; 1 Corintios 10:1, 2).

El estandarte de su invisible caudillo estaba siempre con ellos.

caudillo

Durante el día la nube dirigía su camino, o se extendía como una cortina sobre la hueste. Servía de protección contra el calcinante sol, y con su sombra y humedad daba grata frescura en el acalorado y sediento desierto.

En la noche se convertía en una columna de fuego, que iluminaba el campamento, y les aseguraba constantemente que la presencia divina estaba con ellos.

En uno de los pasajes más hermosos y consoladores de la profecía de Isaías, se hace referencia a la columna de nube y de fuego para indicar cómo escoltará Dios a su pueblo en la gran lucha final con los poderes del mal: “Y creará Jehová sobre toda la morada del monte Sión y sobre los lugares de sus asambleas, nube y oscuridad de día, y de noche resplandor de llamas de fuego. Y sobre todo, la gloria del Señor, como un dosel; y habrá un resguardo de sombra contra el calor del día, y un refugio y escondedero contra la tempestad y el aguacero.” (Isaías 4:5, 6).

de noche

Viajaron a través del lóbrego y árido desierto. Ya comenzaban a preguntarse adónde los conduciría ese viaje; ya estaban cansándose de aquella ajetreada ruta, y algunos comenzaron a sentir el temor de una persecución de parte de los egipcios.

Pero la nube continuaba avanzando, y ellos la seguían. Entonces el Señor indicó a Moisés que se desviara en dirección a un desfiladero rocoso para acampar junto al mar. Le reveló que el faraón los perseguiría, pero que Dios sería glorificado por su liberación.

En Egipto se esparció la noticia de que los hijos de Israel, en vez de detenerse para adorar en el desierto, iban hacia el Mar Rojo. Los consejeros del faraón manifestaron al rey que sus esclavos habían huido para nunca más volver. El pueblo deploró su locura de haber atribuido la muerte de los primogénitos al poder de Dios. Los grandes hombres, reponiéndose de sus temores, explicaron las plagas por causas naturales.

“¿Cómo hemos hecho esto? Hemos dejado ir a Israel, para que no nos sirva” (Éxodo 14) era su amargo clamor.

El faraón reunió sus fuerzas, “y tomó seiscientos carros escogidos, y todos los carros de Egipto”, y capitanes y soldados de caballería, e infantería. El rey mismo, rodeado por los principales hombres de su reino, encabezaba el ejército.

Para obtener el favor de los dioses, y asegurar así el éxito de su empresa, los sacerdotes también los acompañaban. El rey estaba decidido a intimidar a los israelitas mediante un gran despliegue de poder.

Los egipcios temían que su forzada sumisión al Dios de Israel los expusiera a la burla de las otras naciones; pero si ahora salían con gran demostración de poder y traían de vuelta a los fugitivos, recuperarían su prestigio y también el servicio de sus esclavos.

ejercito

Los hebreos estaban acampados junto al mar, cuyas aguas presentaban una barrera aparentemente infranqueable ante ellos, mientras que por el sur una montaña escabrosa obstruía su avance.

De pronto, divisaron a lo lejos las relucientes armaduras y el movimiento de los carros, que anunciaban la venida de un gran ejército. A medida que las fuerzas se acercaban, se veía a las huestes de Egipto en plena persecución.

persecucion

El terror se apoderó del corazón de los israelitas. Algunos clamaron al Señor, pero la mayor parte de ellos se apresuraron a presentar sus quejas a Moisés: “¿No había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto? ¿Por qué nos has hecho esto? ¿Por qué nos has sacado de Egipto? Ya te lo decíamos cuando estábamos en Egipto: Déjanos servir a los egipcios, porque mejor nos es servir a los egipcios que morir en el desierto.”

Moisés se turbó grandemente al ver que su pueblo mostraba tan poca fe en Dios, a pesar de que repetidamente habían presenciado la manifestación de su poder en favor de ellos.

¿Cómo podía el pueblo culparlo de los peligros y las dificultades de su situación, cuando él había seguido el mandamiento expreso de Dios?

Era verdad que no había posibilidad de liberación a no ser que Dios mismo interviniera en su favor; pero habiendo llegado a esta situación por seguir la dirección divina, Moisés no temía las consecuencias. Su serena y confortadora respuesta al pueblo fue:

“No temáis; estad firmes y ved la salvación que Jehová os dará hoy, porque los egipcios que hoy habéis visto, no los volveréis a ver nunca más. Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos” (Éxodo 14:13, 14).

No era cosa fácil mantener a las huestes de Israel en actitud de espera ante el Señor. Faltándoles disciplina y dominio propio, se tornaron violentos e irrazonables. Esperaban caer pronto en manos de sus opresores, y sus gemidos y lamentaciones eran intensos y profundos.

Habían seguido a la maravillosa columna de nube como a la señal de Dios que les ordenaba avanzar; pero ahora se preguntaban unos a otros si esa columna no presagiaría alguna calamidad; porque ¿no los había dirigido al lado equivocado de la montaña, hacia un desfiladero insalvable? Así, de acuerdo con su errada manera de pensar, el ángel del Señor parecía como el precursor de un desastre.

Pero cuando se acercaban las huestes egipcias creyéndolos presa fácil, la columna de nube se levantó majestuosa hacia el cielo, pasó sobre los israelitas, y descendió entre ellos y los ejércitos egipcios. Se interpuso como muralla de tinieblas entre los perseguidos y los perseguidores.

Los egipcios no podían ver el campamento de los hebreos, y se vieron obligados a detenerse. Pero a medida que la oscuridad de la noche se espesaba, la muralla de nube se convirtió en una gran luz para los hebreos, llenando todo el campamento con un resplandor semejante a la luz del día. Entonces volvió la esperanza a los corazones de los israelitas.

Moisés levantó su voz a Dios. Y el Señor le dijo: “¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen. Y tú, alza tu vara, y extiende tu mano sobre el mar, y divídelo, para que entren los hijos de Israel por medio de la mar en seco.”

El salmista describiendo el cruce del mar por Israel, cantó:

“En el mar fue tu camino
y tus sendas en las muchas aguas;
tus pisadas no fueron halladas.
Condujiste a tu pueblo como a ovejas
por mano de Moisés y de Aarón.” (Salmos 77:19, 20).

Cuando Moisés extendió su vara, las aguas se dividieron, e Israel marchó en medio del mar, sobre tierra seca, mientras las aguas se mantenían como murallas a los lados. La luz de la columna de fuego de Dios brilló sobre las olas espumosas, y alumbró el camino cortado como un inmenso surco a través de las aguas del mar, que se perdía en la oscuridad de la lejana playa.

abre el mar

“Los egipcios los siguieron, y toda la caballería del faraón, sus carros y su gente de a caballo entraron tras ellos hasta la mitad del mar. Aconteció a la vigilia de la mañana, que Jehová miró el campamento de los egipcios desde la columna de fuego y nube, y trastornó el campamento de los egipcios.” (Éxodo 14:23, 24).

La misteriosa nube se transformó en una columna de fuego ante sus ojos atónitos. Los truenos retumbaron, y los relámpagos centellearon.

“Las nubes echaron inundaciones de aguas: tronaron los cielos y se precipitaron tus rayos. La voz de tu trueno estaba en el torbellino; tus relámpagos alumbraron el mundo; se estremeció y tembló la tierra” (Salmos 77:17, 18).

La confusión y la consternación se apoderaron de los egipcios. En medio de la ira de los elementos, en la cual oyeron la voz de un Dios airado, trataron de desandar su camino y huir hacia la orilla que habían dejado. Pero Moisés extendió su vara, y las aguas amontonadas, silbando y bramando, hambrientas de su presa, se precipitaron sobre ellos, y tragaron al ejército egipcio en sus negras profundidades.

muerte ejercito

Al despuntar el alba, los israelitas pudieron ver todo lo que quedaba de su poderoso enemigo: cuerpos vestidos de corazas arrojados a la orilla. Una sola noche les había traído completa liberación del más terrible peligro.

pruebas

Aquella vasta y desamparada muchedumbre de esclavos no acostumbrados a la batalla, de mujeres, niños y ganado, que tenían el mar frente a ellos y los poderosos ejércitos de Egipto a sus espaldas, habían visto una senda abierta al través de las aguas, y sus enemigos derrotados en el momento en que esperaban el triunfo.

mapa

Jehová solo los había liberado, y a él elevaron con fervor sus corazones agradecidos. Sus emociones encontraron expresión en cantos de alabanza. El Espíritu de Dios vino sobre Moisés, el cual dirigió al pueblo en un triunfante himno de acción de gracias, el más antiguo y uno de los más sublimes que el hombre conoce:

“Cantaré yo a Jehová, porque se ha cubierto de gloria;
ha echado en el mar al caballo y al jinete.
Jehová es mi fortaleza y mi cántico.
Ha sido mi salvación.
Este es mi Dios, a quien yo alabaré;
el Dios de mi padre, a quien yo enalteceré.
Jehová es un guerrero. ¡Jehová es su nombre!
Echó en el mar los carros del faraón y su ejército.
Lo mejor de sus capitanes, en el Mar Rojo se hundió.
Los abismos los cubrieron;
descendieron a las profundidades como piedra.
Tu diestra, Jehová, ha magnificado su poder.
Tu diestra, Jehová, ha aplastado al enemigo [...].
Con la grandeza de tu poder has derribado
¿Quién como tú, Jehová, entre los dioses?
¿Quién como tú, magnífico en santidad,
terrible en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios? [...].
Condujiste en tu misericordia a este pueblo que redimiste.
Lo llevaste con tu poder a tu santa morada.
Lo oirán los pueblos y temblarán [...]. ¡Que caiga sobre ellos temblor y espanto!
Ante la grandeza de tu brazo enmudezcan como una piedra,
hasta que haya pasado tu pueblo, oh Jehová,
hasta que haya pasado este pueblo que tú rescataste.
Tú los introducirás y los plantarás en el monte de tu heredad,
en el lugar donde has preparado, oh Jehová, tu morada.”

(Éxodo 15:1-17)

Como una voz que surgiera de gran profundidad, elevaron las vastas huestes de Israel ese sublime tributo. Las mujeres israelitas también se unieron al coro. María, la hermana de Moisés, dirigió a las demás mientras cantaban con panderos y danzaban. En la lejanía del desierto y del mar resonaba el gozoso coro, y las montañas repetían el eco de las palabras de su alabanza: “Cantad a Jehová, porque se ha cubierto de gloria.”

mar rojo

Este canto y la gran liberación que conmemoraba hicieron una impresión imborrable en la memoria del pueblo hebreo. Siglo tras siglo fue repetido por los profetas y los cantores de Israel para dar testimonio de que Jehová es la fortaleza y la liberación de los que confían en él.

Ese canto no pertenece únicamente al pueblo judío. Indica la futura destrucción de todos los enemigos de la justicia, y señala la victoria final del Israel de Dios.

El profeta de Patmos vio la multitud vestida de blanco, “los que habían alcanzado la victoria”, que estaban sobre “un mar de vidrio mezclado con fuego”, “con las arpas de Dios. “Y cantan el cántico de Moisés siervo de Dios, y el cántico del Cordero” (Apocalipsis 15:2, 3).

“No a nosotros, Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria por tu misericordia, por tu verdad.” (Salmos 115:1).

Tal fue el espíritu que saturaba el canto de liberación de Israel, y es el espíritu que debe morar en el corazón de los que aman y temen a Dios.

Al libertar nuestras almas de la esclavitud del pecado, Dios ha obrado para nosotros una liberación todavía mayor que la de los hebreos ante el Mar Rojo.

Como la hueste hebrea, nosotros debemos alabar al Señor con nuestro corazón, nuestra alma, y nuestra voz por “sus maravillas para con los hijos de los hombres.” (Salmos 107:8).

Los que meditan en las grandes misericordias de Dios, y no olvidan sus dones menores, se llenan de felicidad y cantan en sus corazones al Señor. Las bendiciones diarias que recibimos de la mano de Dios, y sobre todo, la muerte de Jesús para poner la felicidad y el cielo a nuestro alcance, deben ser objeto de constante gratitud.

¡Qué compasión, qué amor sin par, nos ha manifestado Dios a nosotros, perdidos pecadores, al unirnos a él, para que seamos su tesoro especial! ¡Qué sacrificio ha hecho nuestro Redentor para que podamos ser llamados hijos de Dios!

Debemos alabar a Dios por la bendita esperanza que nos ofrece en el gran plan de redención; debemos alabarle por la herencia celestial y por sus ricas promesas; debemos alabarle porque Jesús vive para interceder por nosotros.

“El que ofrece sacrificios de alabanza me honrará” (Salmos 50:23), dice el Señor. Todos los habitantes del cielo se unen para alabar a Dios. Aprendamos el canto de los ángeles ahora, para que podamos cantarlo cuando nos unamos a sus huestes resplandecientes. Digamos con el salmista: “Alabaré a Jehová en mi vida; cantaré salmos a mi Dios mientras viva.” “Alábente, Dios, los pueblos; todos los pueblos te alaben!” (Salmos 146:2; 67:5)

En su providencia Dios mandó a los hebreos que se detuvieran frente a la montaña junto al mar, a fin de manifestar su poder al liberarlos y humillar el orgullo de sus opresores. Hubiera podido salvarlos de cualquier otra forma, pero escogió este procedimiento para acrisolar la fe del pueblo y fortalecer su confianza en él.

El pueblo estaba cansado y atemorizado; sin embargo, si hubieran retrocedido cuando Moisés les ordenó avanzar, Dios no les habría abierto el camino. Fue por la fe como “pasaron el Mar Rojo como por tierra seca.” (Hebreos 11:29).

Al avanzar hasta el agua misma, demostraron creer la palabra de Dios dicha por Moisés. Hicieron todo lo que estaba a su alcance, y entonces el Poderoso de Israel dividió el mar para abrir sendero para sus pies.

En esto se enseña una gran lección para todos los tiempos. A menudo la vida cristiana está acosada de peligros, y se hace difícil cumplir el deber. La imaginación concibe la ruina inminente delante, y la esclavitud o la muerte detrás. No obstante, la voz de Dios dice claramente: “Avanza.”

Debemos obedecer este mandato aunque nuestros ojos no puedan penetrar las tinieblas, y aunque sintamos las olas frías a nuestros pies. Los obstáculos que impiden nuestro progreso no desaparecerán jamás ante un espíritu que se detiene y duda.
Los que postergan la obediencia hasta que toda sombra de incertidumbre desaparezca y no haya ningún riesgo de fracaso o derrota no obedecerán nunca.

La incredulidad nos susurra: “Esperemos que se quiten los obstáculos y podamos ver claramente nuestro camino”; pero la fe nos impele valientemente a avanzar esperándolo todo y creyéndolo todo.

La nube que fue una muralla de tinieblas para los egipcios, fue para los hebreos un gran torrente de luz, que iluminó todo el campamento, derramando claridad sobre su sendero.

Así las obras de la Providencia acarrean a los incrédulos tinieblas y desesperación, mientras que para el alma creyente están llenas de luz y paz.

El sendero por el cual Dios dirige nuestros pasos puede pasar por el desierto o por el mar, pero es un sendero seguro.

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