José, hijo de Jacob

Basado en Génesis 34; 35 y 37.

Atravesando el Jordán, Jacob llegó “salvo a la ciudad de Siquem, que está en la tierra de Canaán” (Génesis 33-37).

Así quedó contestada la oración que el patriarca había elevado en Bet-el para pedir a Dios que lo ayudara a volver en paz a su propio país.

Durante algún tiempo habitó en el valle de Siquem. Fue allí donde Abraham, más de cien años antes, había establecido su primer campamento y construido su primer altar en la tierra prometida.

Allí Jacob “compró a los hijos de Hamor, padre de Siquem, por cien monedas, la parte del campo donde había plantado su tienda, erigió allí un altar y lo llamó “El-Elohe-Israel””.

Como Abraham, Jacob levantó junto a su tienda un altar en honor a Jehová, y ante él congregaba a los miembros de su familia para el sacrificio de la mañana y de la noche. Fue allí donde cavó un pozo el cual visitaría diecisiete siglos más tarde el Salvador, descendiente de Jacob, y mientras junto a él descansaba del calor del mediodía, habló a sus admirados oyentes del agua que brota “para vida eterna” (Juan 4:14).

Dina, Simeón y Leví

La permanencia de Jacob y de sus hijos en Siquem terminó en la violencia y el derramamiento de sangre.

La única hija de la familia fue deshonrada y afligida; dos hermanos de esta se hicieron reos de asesinato; una ciudad entera fue víctima de la matanza y la ruina, en represalia de lo que al margen de la ley había hecho un joven impetuoso. El origen de tan terribles resultados lo hallamos en el hecho de que la hija de Jacob, salió “a ver a las hijas del país”, aventurándose así a entablar relaciones con los impíos. El que busca su placer entre los que no temen a Dios se coloca en el terreno de Satanás, y provoca sus tentaciones.

dina

“Salió Dina la hija de Lea, la cual ésta había dado a luz a Jacob, a ver a las hijas del país. Y la vio Siquem hijo de Hamor heveo, príncipe de aquella tierra, y la tomó, y se acostó con ella, y la deshonró.

Y se dirigió Hamor padre de Siquem a Jacob, para hablar con él. Y los hijos de Jacob vinieron del campo cuando lo supieron; y se entristecieron los varones, y se enojaron mucho, porque hizo vileza en Israel acostándose con la hija de Jacob, lo que no se debía haber hecho. Y Hamor habló con ellos, diciendo: El alma de mi hijo Siquem se ha apegado a vuestra hija; os ruego que se la deis por mujer. Y emparentad con nosotros; dadnos vuestras hijas, y tomad vosotros las nuestras.

Pero respondieron los hijos de Jacob a Siquem y a Hamor su padre con palabras engañosas, por cuanto había amancillado a Dina su hermana. Y les dijeron: No podemos hacer esto de dar nuestra hermana a hombre incircunciso, porque entre nosotros es abominación. Mas con esta condición os complaceremos: si habéis de ser como nosotros, que se circuncide entre vosotros todo varón. Entonces os daremos nuestras hijas, y tomaremos nosotros las vuestras; y habitaremos con vosotros, y seremos un pueblo. Mas si no nos prestareis oído para circuncidaros, tomaremos nuestra hija y nos iremos. Y parecieron bien sus palabras a Hamor, y a Siquem hijo de Hamor

Pero sucedió que al tercer día, cuando sentían ellos el mayor dolor, dos de los hijos de Jacob, Simeón y Leví, hermanos de Dina, tomaron cada uno su espada, y vinieron contra la ciudad, que estaba desprevenida, y mataron a todo varón. Y a Hamor y a Siquem su hijo los mataron a filo de espada; y tomaron a Dina de casa de Siquem, y se fueron. Y los hijos de Jacob vinieron a los muertos, y saquearon la ciudad, por cuanto habían amancillado a su hermana. Tomaron sus ovejas y vacas y sus asnos, y lo que había en la ciudad y en el campo, y todos sus bienes; llevaron cautivos a todos sus niños y sus mujeres, y robaron todo lo que había en casa.”

(Génesis 34:1-2,6-9,13-18,25-29)

matanza

La traidora crueldad de Simeón y de Leví no fue injustificada; pero su proceder hacia los siquemitas había sido un grave pecado. Habían ocultado cuidadosamente sus intenciones a Jacob, y la noticia de su venganza lo llenó de horror. Herido en lo más profundo de su corazón por el embuste y la violencia de sus hijos, se limitó a decir:

“Me habéis puesto en un grave aprieto al hacerme odioso a los habitantes de esta tierra, el cananeo y el ferezeo. Como tengo pocos hombres, se juntarán contra mí, me atacarán, y me destruirán a mí y a mi casa.” (Génesis 34:30)

El dolor y la aversión con que miraba el acto sangriento cometido por sus hijos se manifiesta en las palabras con las cuales recordó dicha acción, casi cincuenta años más tarde cuando yacía en su lecho de muerte en Egipto:

“Simeón y Leví son hermanos; armas de maldad son sus armas. En su consejo no entre mi alma, ni mi espíritu se junte en su compañía, porque en su furor mataron hombres y en su temeridad desjarretaron toros. Maldito sea su furor, que fue fiero, y su ira, que fue dura. Yo los apartaré en Jacob, los esparciré en Israel.” (Génesis 49:5-7)

Jacob creyó que había motivo para humillarse profundamente. La crueldad y la mentira se manifestaban en el carácter de sus hijos. Había dioses falsos en su campamento, y hasta cierto punto la idolatría estaba ganando terreno en su familia. Si el Señor los hubiera tratado según lo merecían, ¿no habrían quedado a merced de la venganza de las naciones circunvecinas?

Regreso a Bet-el

Mientras Jacob estaba oprimido por la pena, el Señor le mandó viajar hacia el sur, a Bet-el. El pensar en este lugar no solo le recordó su visión de los ángeles y las promesas de la gracia divina, sino también el voto que él había hecho allí de que el Señor sería su Dios. Determinó que antes de marchar hacia ese lugar sagrado, su casa debía quedar libre de la mancha de la idolatría. Por lo tanto, recomendó a todos los que estaban en su campamento:

“Quitad los dioses ajenos que hay entre vosotros, limpiaos y mudad vuestros vestidos. Levantémonos y subamos a Bet-el, pues y allí haré un altar al Dios que me respondió en el día de mi angustia y que ha estado conmigo en el camino que he andado.” (Génesis 35:2-3)

Con honda emoción, Jacob repitió la historia de su primera visita a Bet-el, cuando, como solitario viajero que había dejado la tienda de su padre, huía para salvar su vida, y contó cómo el Señor le había aparecido en visión nocturna. Mientras reseñaba cuán maravillosamente Dios había procedido con él, se enterneció su corazón, y sus hijos también fueron conmovidos por un poder subyugador; había tomado la medida más eficaz para prepararlos a fin de que se unieran con él en la adoración de Dios cuando llegaran a Bet-el.

“Ellos entregaron a Jacob todos los dioses ajenos que tenían en su poder y los zarcillos que llevaban en sus orejas, y Jacob los escondió debajo de una encina que había junto a Siquem.” (Génesis 35:4)

Dios infundió temor a los habitantes de aquel lugar, de modo que no trataron de vengar la matanza de Siquem. Los viajeros llegaron a Bet-el sin ser molestados. Allí volvió a aparecer el Señor a Jacob, y le repitió la promesa del pacto.
Benjamín

Antes de su muerte, Raquel dio a luz un segundo hijo. Al expirar, llamó al niño Benoni; es decir, “hijo de mi dolor”. Pero su padre lo llamó Benjamín, “hijo de la diestra”, o “mi fuerza”. Raquel fue sepultada donde murió, y allí se erigió un monumento para perpetuar su memoria.
Rubén

En el camino a Efrata, otro crimen repugnante manchó a la familia de Jacob, y, como consecuencia, a Rubén, el hijo primogénito, se le negaron los privilegios y los honores de la primogenitura.

“Aconteció que cuando moraba Israel en aquella tierra, fue Rubén y durmió con Bilha la concubina de su padre; lo cual llegó a saber Israel.” (Génesis 35:22)

La muerte de Isaac

Por último, llegó Jacob al fin de su viaje y vino “a Isaac su padre a Mamre, [...] que es Hebrón, donde habitaron Abraham e Isaac.”

Ahí se quedó durante los últimos días de la vida de su padre. Para Isaac, débil y ciego, las amables atenciones de este hijo tanto tiempo ausente, fueron un consuelo en los años de soledad y duelo.

Reencuentro con Esaú

Jacob y Esaú se encontraron junto al lecho de muerte de su padre. En otro tiempo, el hijo mayor había esperado este acontecimiento como una ocasión para vengarse; pero desde entonces sus sentimientos habían cambiado considerablemente.

Y Jacob, muy contento con las bendiciones espirituales de la primogenitura, renunció en favor de su hermano mayor a la herencia de las riquezas del padre, la única herencia que Esaú había buscado y valorado. Ya no estaban distanciados por los celos o el odio; y sin embargo, se separaron, marchándose Esaú al monte Seir.

Dios, que es rico en bendición, había otorgado a Jacob riqueza terrenal además del bien superior que había buscado. Los bienes de los dos hermanos “eran tantos que no podían habitar juntos, ni la tierra en donde habitaban los podía sostener a causa de sus ganados.” (Génesis 36:7).

Esta separación se realizó de acuerdo con el propósito de Dios respecto a Jacob. Como los hermanos se diferenciaban tanto en su religión, para ellos era mejor morar aparte.

Esaú y Jacob habían sido educados igualmente en el conocimiento de Dios, y los dos pudieron andar según sus mandamientos y recibir su favor; pero no hicieron la misma elección. Tomaron diferentes caminos, y sus sendas se habían de apartar cada vez más una de otra.

La elección es personal

No hubo una elección arbitraria de parte de Dios, por la cual Esaú fuera excluido de las bendiciones de la salvación. Los dones de su gracia mediante Cristo son gratuitos para todos. No hay elección, excepto la propia, por la cual alguien haya de perecer.

Dios ha expuesto en su Palabra las condiciones de acuerdo con las cuales se elegirá a cada alma para la vida eterna: la obediencia a sus mandamientos, mediante la fe en Cristo.

Dios ha elegido un carácter que está en armonía con su ley, y todo el que alcance la norma requerida, entrará en el reino de la gloria. Cristo mismo dijo: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que se niega a creer en el Hijo no verá la vida”. “No todo el que me dice: “¡Señor, Señor!”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.” (Juan 3:36; Mateo 7:21).

En cuanto a la redención final del hombre, esta es la única elección que nos enseña la Palabra de Dios.

Es elegida toda alma que luche por su propia salvación con temor y temblor. Es elegido el que se ponga la armadura y pelee la buena batalla de la fe. Es elegido el que vele en oración, el que escudriñe las Escrituras, y huya de la tentación. Es elegido el que tenga fe continuamente, y el que obedezca a cada palabra que sale de la boca de Dios.
Las medidas tomadas para la redención se ofrecen gratuitamente a todos, pero los resultados de la redención serán únicamente para los que hayan cumplido las condiciones.

Esaú había menospreciado las bendiciones del pacto. Había preferido los bienes temporales a los espirituales, y obtuvo lo que deseaba. Se separó del pueblo de Dios por su propia elección.

Jacob había escogido la herencia de la fe. Había tratado de lograrla mediante la astucia, la traición y el engaño; pero Dios permitió que su pecado produjera su corrección. Sin embargo, al través de todas las experiencias amargas de sus años posteriores, Jacob no se desvió nunca de su propósito, ni renunció a su elección. Había comprendido que, al valerse de la capacidad y la astucia humanas para conseguir la bendición, había obrado contra Dios.

De aquella lucha nocturna al lado del Jaboc, Jacob salió hecho un hombre distinto. La confianza en sí mismo había desaparecido. Desde entonces en adelante ya no manifestó su astucia anterior. En vez de la hipocresía y el engaño, los principios de su vida fueron la sinceridad y la veracidad.

Había aprendido a confiar con sencillez en el brazo omnipotente; y en la prueba y la aflicción se sometió humildemente a la voluntad de Dios. Los elementos más bajos de su carácter habían sido consumidos en el horno, y el oro verdadero se purificó, hasta que la fe de Abraham e Isaac apareció en Jacob con toda nitidez.

Dios perdona el pecado, pero no se pueden evitar las consecuencias

El pecado de Jacob y la serie de sucesos que había acarreado no dejaron de ejercer su influencia para el mal, y ella produjo amargo fruto en el carácter y la vida de sus hijos.

Cuando estos hijos llegaron a la adultez, cometieron graves faltas. Las consecuencias de la poligamia se revelaron en la familia. Este terrible mal tiende a secar las fuentes mismas del amor, y su influencia debilita los vínculos más sagrados.

Los celos de las varias madres habían amargado la relación familiar; los niños eran contenciosos y contrarios a la dirección, y la vida del padre fue nublada por la ansiedad y el dolor.

12 hijos

José

Sin embargo, hubo uno de carácter muy diferente; a saber, el hijo mayor de Raquel, José, cuya rara hermosura personal no parecía sino reflejar la hermosura de su espíritu y su corazón.

Puro, activo y alegre, el joven reveló también seriedad y firmeza moral. Escuchaba las enseñanzas de su padre y se deleitaba en obedecer a Dios. Las cualidades que lo distinguieron más tarde en Egipto, la benignidad, la fidelidad y la veracidad, aparecían ya en su vida diaria. Habiendo muerto su madre, sus afectos se aferraron más estrechamente a su padre, y el corazón de Jacob estaba ligado a este hijo de su vejez. “Amaba [...] a José mas que a todos sus hijos.”

Pero hasta este cariño había de ser motivo de pena y dolor. Inprudentemente Jacob dejó ver su predilección por José, y esto motivó los celos de sus demás hijos.

Al ver José la mala conducta de sus hermanos, se afligía mucho; se atrevió a reprenderlos suavemente, pero esto despertó tanto más el odio y el resentimiento de ellos. A José le era insufrible verlos pecar contra Dios, y expuso la situación a su padre, esperando que su autoridad los indujera a enmendarse.

Jacob procuró cuidadosamente no provocar la ira de sus hijos mediante la dureza o la severidad. Con profunda bondad expresó su preocupación respecto a ellos, y les suplicó que respetaran sus canas y no cubrieran de oprobio su nombre; y sobre todo, que no deshonraran a Dios, menospreciando sus preceptos. Avergonzados de que se conociera su maldad, los jóvenes parecían arrepentidos; lo único que hicieron fue que ocultaron sus verdaderos sentimientos, que se habían exacerbado por esta revelación de su pecado.

La túnica

El imprudente regalo que Jacob hizo a José de una costosa túnica como la que usaban las personas de distinción, les pareció otra prueba de parcialidad, y suscitó la sospecha de que pensaba excluir a los mayores para dar la primogenitura al hijo de Raquel.

túnica

Los sueños de José

Su malicia aumentó aun más cuando el joven les contó un día un sueño que había tenido.

“Estábamos atando manojos en medio del campo, y mi manojo se levantaba y se quedaba derecho, y vuestros manojos estaban alrededor y se inclinaban ante el mío.” (Génesis 37:7)

primer sueño

“¿Reinarás tú sobre nosotros, o dominarás sobre nosotros?”, exclamaron sus hermanos llenos de envidiosa ira.

Poco después, tuvo otro sueño de semejante significado, que les contó también:

“He tenido otro sueño. Soñé que el sol, la luna y once estrellas se inclinaban hacia mí.” (Génesis 37:9)

segundo sueño

Este sueño se interpretó tan pronto como el primero. El padre que estaba presente, lo reprendió, diciendo: “¿Qué sueño es éste que soñaste? ¿Hemos de venir yo y tu madre, y tus hermanos, a postrarnos a ti a tierra?”

No obstante la aparente severidad de estas palabras, Jacob creyó que el Señor estaba revelando el porvenir a José.

En aquel momento en que el joven estaba delante de ellos, iluminado su hermoso semblante por el Espíritu de la inspiración, sus hermanos no pudieron reprimir su admiración; pero no quisieron dejar sus malos caminos, y sintieron odio hacia la pureza que reprendía sus pecados. El mismo espíritu que habitó en Caín, se encendió en sus corazones.

José es vendido por sus hermanos

Los hermanos estaban obligados a mudarse de un lugar a otro, a fin de procurar pastos para sus ganados, y a veces quedaban ausentes de casa durante meses. Después de los acontecimientos que se acaban de narrar, se fueron al sitio que su padre había comprado en Siquem.

Pasó algún tiempo, sin noticia de ellos, y el padre empezó a temer por su seguridad, a causa de la crueldad cometida antes con los siquemitas. Mandó, pues, a José a buscarlos y a traerle noticias respecto a su bienestar. Si Jacob hubiera conocido los verdaderos sentimientos de sus hijos respecto a José, no le habría dejado solo con ellos; pero estos los habían ocultado cuidadosamente.

Lleno de gozo José se despidió de su padre, y ni el anciano ni el joven se imaginaban lo que habría de suceder antes de que se vieran de nuevo.

Cuando José, después de su largo y solitario viaje, llegó a Siquem, sus hermanos y sus ganados no se encontraban allí. Al preguntar por ellos, le dijeron que los buscase en Dotán. Ya había viajado más de ochenta kilómetros y todavía le quedaban veinticinco más; pero se apresuró, olvidando su cansancio, con el fin de mitigar la preocupación de su padre y encontrar a sus hermanos, a quienes amaba, a pesar de que eran duros de corazón con él.

Sus hermanos lo vieron acercarse, pero ni el pensar en el largo viaje que había hecho para visitarlos, ni el cansancio y el hambre que traía, ni el derecho que tenía a la hospitalidad y a su amor fraternal, aplacó la amargura de su odio.

El ver su vestido, señal del cariño de su padre, los puso frenéticos. “Ahí viene el soñador”, exclamaron, burlándose de él. En ese momento fueron dominados por la envidia y la venganza que habían fomentado secretamente durante tanto tiempo. Y dijeron: “Ahora pues, venid, matémoslo y echémoslo en una cisterna, y diremos: “Alguna mala bestia lo devoró”. Veremos entonces qué será de sus sueños.”

Si no hubiera sido por Rubén, habrían cumplido su intento. Este retrocedió ante la idea de participar en el asesinato de su hermano, y propuso arrojarlo vivo a una cisterna y dejarlo allí para que muriera, con la secreta intención de librarlo y devolverlo a su padre. Después de haber persuadido a todos a que asintieran a su plan, Rubén se alejó del grupo, temiendo no poder dominar sus sentimientos, y descubrir su verdadera intención.

José se aproximó sin sospechar el peligro, contento de haberlos hallado; pero en vez del esperado saludo, fue objeto de miradas iracundas y vengadoras que lo aterraron. Lo amarraron y le quitaron sus vestiduras. Los vituperios y las amenazas revelaban una intención funesta. No atendieron a sus súplicas. Se encontró a merced del poder de aquellos hombres encolerizados.

Lo condujeron con brutalidad a una cisterna profunda, y lo echaron adentro; y después de haberse asegurado de que no podría escapar, lo dejaron allí para que muriera de hambre, mientras que ellos “se sentaron a comer pan.”

Pero algunos de ellos estaban inquietos; no sentían la satisfacción que habían esperado de su venganza. Pronto vieron acercarse una compañía de viajeros. Eran ismaelitas procedentes del otro lado del Jordán, que con especias y otras mercancías se dirigían a Egipto.

Entonces Judá propuso vender a su hermano a estos mercaderes paganos, en vez de dejarlo allí para que muriera. Al obrar así, lo apartarían de su camino, y no se mancharían con su sangre; pues, dijo Judá: “Es nuestro hermano, nuestra propia carne”. Todos estuvieron de acuerdo con este propósito y sacaron pronto a José de la cisterna.

Cuando vio a los mercaderes, José comprendió la terrible verdad. Llegar a ser esclavo era una suerte más temible que la misma muerte. En la agonía de su terror imploró a uno y a otro de sus hermanos, pero en vano. Algunos de ellos fueron conmovidos, pero el temor al ridículo los mantuvo callados.

venta

Todos tuvieron la impresión de que habían ido demasiado lejos para retroceder. Si perdonaban a José, este los acusaría sin duda ante su padre, quien no pasaría por alto la crueldad cometida contra su hijo favorito. Endureciendo sus corazones a las súplicas de José, lo entregaron en manos de los mercaderes paganos. La caravana continuó su camino y pronto se perdió de vista.

Rubén volvió a la cisterna, pero José no estaba allí. Alarmado y acusándose a sí mismo, desgarró sus vestidos y buscó a sus hermanos, exclamando: “El joven no parece; y yo, ¿adónde iré yo?” Cuando supo la suerte de José, y que ya era imposible rescatarlo, Rubén se vio obligado a unirse con los demás en un intento por ocultar su culpa.

Después de matar un cabrito, tiñeron con su sangre la ropa de José, y la llevaron a su padre, diciéndole que la habían encontrado en el campo, y que temían que fuera la de su hermano.

“Reconoce ahora -dijeron- si es o no la ropa de tu hijo”.

ropa de hijo

Con temor habían esperado esta escena, pero no estaban preparados para la angustia desgarradora, ni para el completo abandono al dolor que tuvieron que presenciar.

“Es la túnica de mi hijo; alguna mala bestia lo devoró; José ha sido despedazado.” (Génesis 37:33)

Sus hijos trataron inútilmente de consolarlo. Entonces Jacob rasgó sus vestidos, se puso ropa áspera sobre su cintura y guardó luto por su hijo durante muchos días. El tiempo no parecía aliviar su dolor. “¡Descenderé enlutado junto a mi hijo hasta el seol!”, era su grito desesperado.

Los jóvenes estaban aterrados por lo que habían hecho; y sin embargo, espantados por los reproches que les haría su padre, seguían ocultando en sus propios corazones el conocimiento de su culpa, que aun a ellos mismos les parecía enorme.

José en Egipto

Basado en Génesis 39 y 41.

Mientras tanto, José y sus amos iban en camino hacia Egipto. Cuando la caravana marchaba hacia el sur, hacia las fronteras de Canaán, el joven pudo divisar a lo lejos las colinas entre las cuales se hallaban las tiendas de su padre. Lloró amargamente al pensar en la soledad y el dolor de aquel padre amoroso. Una vez más recordó la escena de Dotán. Vio a sus airados hermanos y sintió sus miradas furiosas dirigidas hacia él. Las punzantes e injuriosas palabras con que habían contestado a sus súplicas angustiosas todavía resonaban en sus oídos.

en egipto

Con el corazón palpitante pensaba en qué le reservaría el futuro. ¡Qué cambio de condición! ¡De hijo tiernamente querido había pasado a ser esclavo menospreciado y desamparado! Solo y sin amigos, ¿cuál sería su suerte en la extraña tierra adonde iba? Durante algún tiempo José se entregó al terror y al dolor sin poder dominarse.

Pero, en la providencia de Dios, aun esto había de ser una bendición para él. Aprendió en pocas horas, lo que de otra manera le hubiera requerido muchos años.

Por fuerte y tierno que hubiera sido el cariño de su padre, le había hecho daño por su parcialidad y complacencia. Aquella preferencia poco juiciosa había enfurecido a sus hermanos, y los había inducido a llevar a cabo el cruel acto que lo había alejado de su hogar.

Sus efectos se manifestaban también en su propio carácter. En él se habían fomentado defectos que ahora debía corregir. Estaba comenzando a confiar en sí mismo y a ser exigente.

Acostumbrado al tierno cuidado de su padre, no se sintió preparado para afrontar las dificultades que surgían ante él en la amarga y desamparada vida de extranjero y esclavo.

Entonces sus pensamientos se dirigieron al Dios de su padre. En su niñez se le había enseñado a amarlo y temerlo. A menudo, en la tienda de su padre, había escuchado la historia de la visión que Jacob había presenciado cuando huyó de su casa desterrado y fugitivo. Se le había hablado de las promesas que el Señor le hizo a Jacob, y de cómo se habían cumplido; cómo en la hora de necesidad, los ángeles habían venido a instruirlo, confortarlo y protegerlo. Y había comprendido el amor manifestado por Dios al proveer un Redentor para los hombres.

Ahora, todas estas lecciones preciosas se presentaron vivamente ante él. José creyó que el Dios de sus padres sería su Dios.

Entonces, allí mismo, se entregó por completo al Señor, y oró para pedir que el Guardián de Israel estuviera con él en el país adonde iba desterrado.

Su alma se conmovió y tomó la decisión de ser fiel a Dios y de actuar en cualquier circunstancia como convenía a un súbdito del Rey de los cielos. Serviría al Señor con corazón íntegro; afrontaría con toda fortaleza las pruebas que le deparara su suerte, y cumpliría todo deber con fidelidad. La experiencia de ese día fue el punto decisivo en la vida de José.

Su terrible calamidad lo transformó de un niño mimado a un hombre reflexivo, valiente, y sereno.

egipto

Al llegar a Egipto, José fue vendido a Potifar, jefe de la guardia real, a cuyo servicio permaneció durante diez años.

vendido

Allí estuvo expuesto a tentaciones extraordinarias. Estaba en medio de la idolatría. La adoración de dioses falsos estaba rodeada de toda la pompa de la realeza, sostenida por la riqueza y la cultura de la nación más civilizada de aquel entonces.

idolatría

No obstante, José conservó su sencillez y fidelidad a Dios. Las escenas y la seducción del vicio lo rodeaban por todas partes, pero él permaneció como quien no veía ni oía. No permitió que sus pensamientos se detuvieran en asuntos prohibidos. El deseo de ganarse el favor de los egipcios no pudo inducirlo a ocultar sus principios. Si hubiera tratado de hacer esto, habría sido vencido por la tentación; pero no se avergonzó de la religión de sus padres, y no hizo ningún esfuerzo por esconder el hecho de que adoraba a Jehová.

“Pero Jehová estaba con José, quien llegó a ser un hombre próspero [...]. Vio su amo que Jehová estaba con él, que Jehová lo hacía prosperar en todas sus empresas.” (Génesis 39:2-3)

La confianza de Potifar en José aumentaba diariamente, y por fin lo ascendió a mayordomo, con dominio completo sobre todas sus posesiones.

“Él mismo dejó todo lo que tenía en manos de José, y con él no se preocupaba de cosa alguna sino del pan que comía.” (Génesis 39-47)

potifar y josé

La notable prosperidad que acompañaba a todo lo que se encargara a José no era resultado de un milagro directo, sino que su trabajo, su interés y su energía fueron coronados con la bendición divina.

José atribuyó su éxito al favor de Dios, y hasta su amo idólatra aceptó eso como el secreto de su impresionante prosperidad. Sin embargo, sin sus esfuerzos constantes y bien dirigidos, nunca habría podido alcanzar tal éxito.

Dios fue glorificado por la fidelidad de su siervo. Era el propósito divino que por la pureza y la rectitud, el creyente en Dios apareciera en marcado contraste con los idólatras, para que así la luz de la gracia celestial brille en medio de las tinieblas del paganismo.

La dulzura y la fidelidad de José cautivaron el corazón del jefe de la guardia real, que llegó a considerarlo más como un hijo que como un esclavo. El joven entró en contacto con personajes de alta posición y de sabiduría, y adquirió conocimientos de las ciencias, los idiomas y los negocios; educación necesaria para quien sería más tarde primer ministro de Egipto.

Las pruebas

Pero la fe e integridad de José habían de acrisolarse mediante pruebas de fuego.

“Aconteció después de esto, que la mujer de su amo puso sus ojos en José, y dijo: Duerme conmigo.” (Génesis 39:7)

La esposa de su amo trató de seducir al joven a violar la ley de Dios. Hasta entonces había permanecido sin mancharse con la maldad que abundaba en aquella tierra págana; pero ¿cómo enfrentaría esta tentación, tan repentina, tan fuerte, tan seductora?

José sabía muy bien cuál sería el resultado de su resistencia. Por un lado había encubrimiento, favor y premios; por el otro, desgracia, prisión, y posiblemente la muerte. Toda su vida futura dependía de la decisión de ese momento.

¿Triunfarían los buenos principios? ¿Se mantendría fiel a Dios? Los ángeles presenciaban la escena con indecible ansiedad.

tentación

La respuesta de José revela el poder de los principios religiosos.

“He aquí que mi señor no se preocupa conmigo de lo que hay en casa, y ha puesto en mi mano todo lo que tiene. No hay otro mayor que yo en esta casa, y ninguna cosa me ha reservado sino a ti, por cuanto tú eres su mujer; ¿cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?” (Génesis 39:8-9)

No quiso traicionar la confianza de su amo terrenal, sin importar las consecuencias, sería fiel a su Amo celestial.

Bajo el ojo escudriñador de Dios y de los santos ángeles, muchos se toman libertades de las que no se harían culpables en presencia de sus semejantes. Pero José pensó primeramente en Dios. “¿Cómo, pues, haría yo este gran mal, y pecaría contra Dios?”, dijo él.

Si abrigáramos habitualmente la idea de que Dios ve y oye todo lo que hacemos y decimos, y que conserva un fiel registro de nuestras palabras y acciones, a las que tendremos que hacer frente en el día final, temeríamos pecar.

Recuerden siempre los jóvenes que en cualquier lugar que estén, y no importa lo que hagan, están en la presencia de Dios. Ninguna parte de nuestra conducta escapa a su mirada. No podemos esconder nuestros caminos al Altísimo.

Las leyes humanas, aunque algunas veces son severas, a menudo se violan sin que tal cosa se descubra; y por lo tanto, las transgresiones quedan sin castigo. Pero no sucede así con la ley de Dios. La más oscura medianoche no es cortina para el culpable. Puede creer que está solo; pero para cada acto hay un testigo invisible.

Los motivos mismos del corazón están abiertos a la inspección divina. Todo acto, toda palabra, todo pensamiento están tan exactamente anotados como si hubiera una sola persona en todo el mundo, y como si la atención del cielo estuviera concentrada sobre ella.

“Y ella lo asió de su ropa, diciendo: Duerme conmigo. Entonces él dejó su ropa en las manos de ella, y huyó y salió. Cuando vio ella que le había dejado su ropa en sus manos, y había huido fuera, llamó a los de casa, y les habló diciendo: Mirad, nos ha traído un hebreo para que hiciese burla de nosotros. Vino él a mí para dormir conmigo, y yo di grandes voces; y viendo que yo alzaba la voz y gritaba, dejó junto a mí su ropa, y huyó y salió.” (Génesis 39:14)

el engaño

José sufrió por su integridad; pues su tentadora se vengó acusándolo de un crimen abominable, y haciéndole encerrar en una cárcel.

a la cárcel

Si Potifar hubiera creído la acusación de su esposa contra José, el joven hebreo habría perdido la vida: pero la modestia y la integridad que uniformemente habían caracterizado su conducta fueron prueba de su inocencia; y sin embargo, para salvar la reputación de la casa de su amo, se lo abandonó al deshonor y a la servidumbre.

José en la cárcel

Al principio, José fue tratado con gran severidad por sus carceleros. El salmista dice:

“Afligieron sus pies con grillos; en cárcel fue puesta su persona. Hasta la hora en que se cumplió su palabra, el dicho de Jehová lo probó.” (Salmos 105:18, 19)

Pero el verdadero carácter de José resplandeció, aun en la oscuridad del calabozo. Mantuvo firmes su fe y su paciencia; los años de su fiel servicio habían sido compensados de la manera más cruel; no obstante, esto no lo transformó en una persona sombría ni desconfiada. Tenía la paz que emana de una inocencia consciente, y confió su caso a Dios.

No caviló en los perjuicios que sufría, sino que olvidó sus penas y trató de aliviar las de los demás. Encontró un trabajo que hacer, aun en la prisión. Dios lo estaba preparando en la escuela de la aflicción, para que fuera de mayor utilidad, y no rehusó someterse a la disciplina que necesitaba.

En la cárcel, presenciando los resultados de la opresión y la tiranía, y los efectos del crimen, aprendió lecciones de justicia, solidaridad y misericordia que lo prepararían para ejercer el poder con sabiduría y compasión.

Poco a poco José ganó la confianza del carcelero, y se le confió por fin el cuidado de todos los presos. Fue el trabajo que ejecutó en la prisión, la integridad de su vida diaria, y su solidaridad con los que estaban en dificultad y congoja, lo que le abrió paso hacia la prosperidad y los honores futuros.

Cada rayo de luz que derramamos sobre los demás se refleja sobre nosotros mismos. Toda palabra bondadosa y compasiva que se diga a los angustiados, todo acto que tienda a aliviar a los oprimidos, y toda dádiva que se otorgue a los necesitados, si son impulsados por motivos sanos, resultarán en bendiciones para el dador.

José empieza a interpretar sueños

El panadero principal y el primer copero del rey habían sido encerrados en la prisión por alguna ofensa que habían cometido, y fueron puestos bajo el cuidado de José.

Una mañana, observó que estaban muy tristes, bondadosamente les preguntó el motivo y le dijeron que cada uno había tenido un sueño extraordinario, cuyo significado anhelaban conocer.

“¿No son de Dios las interpretaciones? Contádmelo ahora”, dijo José.

interpreta

Cuando cada uno relató su sueño, José les hizo saber su significado: Dentro de tres días el jefe de los coperos había de ser reintegrado a su puesto, y había de poner la copa en las manos del faraón como antes, pero el principal de los panaderos sería muerto por orden del rey. En ambos casos, el acontecimiento ocurrió tal como lo predijo.

El copero del rey había expresado la más profunda gratitud a José, tanto por la feliz interpretación de su sueño como por otros muchos actos de bondadosa atención; y José, refiriéndose en forma muy conmovedora a su propio encarcelamiento injusto, le imploró que en compensación presentara su caso ante el rey.

“Acuérdate, pues, de mí cuando te vaya bien; te ruego que tengas misericordia y hagas mención de mí al faraón, y que me saques de esta casa, porque fui raptado de la tierra de los hebreos y nada he hecho aquí para que me pusieran en la cárcel.” (Génesis 40:14)

El principal de los coperos vio su sueño cumplido en todo detalle; pero cuando fue reintegrado al favor real, ya no se acordó de su benefactor.

Durante dos años más, José permaneció preso. La esperanza que se había encendido en su corazón se desvaneció poco a poco, y a todas las otras tribulaciones se agregó el amargo aguijón de la ingratitud.

Pero una mano divina estaba por abrir las puertas de la prisión.

Los sueños del Faraón

El rey de Egipto tuvo una noche dos sueños que, por lo visto, indicaban el mismo acontecimiento, y parecían anunciar alguna gran calamidad. Él no podía determinar su significado, pero continuaban turbándole. Los magos y los sabios de su reino no pudieron interpretarlos. La perplejidad y congoja del rey aumentaban, y el terror se esparcía por todo su palacio.

El alboroto general trajo a la memoria del copero las circunstancias de su propio sueño; con él recordó a José, y sintió remordimiento por su olvido e ingratitud. Informó inmediatamente al rey cómo su propio sueño y el del primer panadero habían sido interpretados por el prisionero hebreo, y cómo las predicciones se habían cumplido.

Fue humillante para el faraón tener que dejar a los magos y sabios de su reino para consultar a un esclavo extranjero; pero estaba listo para aceptar el servicio del más ínfimo con tal que su mente atormentada pudiera encontrar alivio.

En seguida se hizo venir a José. Este se quitó su vestimenta de preso y se cortó el cabello, pues le había crecido mucho durante el período de su desgracia y reclusión. Entonces fue llevado ante el rey.

ante el faraón

“El faraón dijo a José: “Yo he tenido un sueño, y no hay quien lo interprete; pero he oído decir de ti que oyes sueños para interpretarlos.”

Respondió José al faraón: “No está en mí; Dios será el que dé respuesta propicia al faraón”.”

La respuesta de José al rey revela su humildad y su fe en Dios.

Modestamente rechazó el honor de poseer en sí mismo sabiduría superior. “No está en mí”. Únicamente Dios puede explicar estos misterios.

josé y el faraón

Entonces el faraón procedió a relatarle sus sueños:

“Entonces el faraón dijo a José: “En mi sueño me parecía que estaba a la orilla del río, y que del río subían siete vacas de gruesas carnes y hermosa apariencia, que pacían en el prado. Y que otras siete vacas subían después de ellas, flacas y de muy feo aspecto; tan extenuadas, que no he visto otras semejantes en fealdad en toda la tierra de Egipto. Las vacas flacas y feas devoraban a las siete primeras vacas gordas; pero, aunque las tenían en sus entrañas, no se conocía que hubieran entrado, pues la apariencia de las flacas seguía tan mala como al principio. Entonces me desperté.

vacas gordas

Luego, de nuevo en sueños, vi que siete espigas crecían en una misma caña, llenas y hermosas. Y que otras siete espigas, menudas, marchitas y quemadas por el viento solano, crecían después de ellas; y las espigas menudas devoraban a las siete espigas hermosas. Esto lo he contado a los magos, pero no hay quien me lo interprete”” (Génesis 41:17-24)

espigas

“El sueño del faraón es uno y el mismo. Dios ha mostrado al faraón lo que va a hacer.”

José declara

Habría siete años de abundancia. Los campos y las huertas rendirían cosechas más abundantes que nunca. Y este período sería seguido de siete años de hambre.

“Y aquella abundancia no se echará de ver, a causa del hambre que la seguirá, la cual será gravísima.”

La repetición del sueño era evidencia tanto de la certeza como de la proximidad del cumplimiento.

“Por tanto, es necesario que el faraón se provea de un hombre prudente y sabio, y que lo ponga sobre la tierra de Egipto. Haga esto el faraón: ponga gobernadores sobre el país, que recojan la quinta parte de las cosechas de Egipto en los siete años de la abundancia. Junten toda la provisión de estos buenos años que vienen, recojan el trigo bajo la mano del faraón para mantenimiento de las ciudades y guárdenlo. Y esté aquella provisión en depósito para el país, para los siete años de hambre que habrá en la tierra de Egipto.”

La interpretación fue tan razonable y consecuente, y el procedimiento que recomendó tan juicioso y perspicaz, que no se podía dudar de que todo era correcto. Pero ¿a quién se había de confiar la ejecución del plan? De la sabiduría de esta elección dependía la preservación de la nación.

El rey estaba perplejo. Durante algún tiempo consideró el problema de ese nombramiento. Mediante el jefe de los coperos, el monarca había conocido de la sabiduría y la prudencia manifestadas por José en la administración de la cárcel; era evidente que poseía una gran capacidad administrativa. El copero, ahora lleno de remordimiento, trató de expiar su ingratitud anterior, alabando entusiastamente a su benefactor.

Otras averiguaciones hechas por el rey comprobaron la exactitud de su informe. En todo el reino, José había sido el único hombre dotado de sabiduría para indicar el peligro que amenazaba al país y los preparativos necesarios para hacerle frente; y el rey se convenció de que ese joven era el más capaz para ejecutar los planes que había propuesto.

Era evidente que el poder divino estaba con él, y que ninguno de los estadistas del rey se hallaba tan bien capacitado como José para dirigir los asuntos de la nación frente a esa crisis. El hecho de que era hebreo y esclavo era de poca importancia cuando se tomaba en cuenta su impresionante sabiduría y su sano juicio.

“¿Acaso hallaremos a otro hombre como este, en quien esté el espíritu de Dios?”, dijo el rey a sus consejeros.

José es nombrado primer gobernador sobre Egipto

“Yo honraré a los que me honran.” (1 Samuel 2:30)

Se decidió el nombramiento, y se le hizo este sorprendente anuncio a José:

“Después de haberte dado a conocer Dios todo esto, no hay entendido ni sabio como tú. Tú estarás sobre mi casa y por tu palabra se gobernará todo mi pueblo; solamente en el trono seré yo mayor que tú.” (Génesis 41:39-40)

El rey procedió a investir a José con las insignias de su elevada posición.

“Entonces el faraón se quitó el anillo de su mano y lo puso en la mano de José; lo hizo vestir de ropas de lino finísimo y puso un collar de oro en su cuello. Lo hizo subir en su segundo carro, y pregonaban delante de él: “¡Doblad la rodilla!””

josé exaltado

“Lo puso por señor de su casa, y por gobernador de todas sus posesiones, para regir a sus grandes como él quisiera y enseñar a sus ancianos sabiduría.” (Salmos 105:21, 22)

Desde el calabozo, José fue exaltado a la posición de gobernante de toda la tierra de Egipto. Era un puesto honorable; sin embargo, estaba lleno de dificultades y riesgos. Uno no puede ocupar un puesto elevado sin exponerse al peligro.

Así como la tempestad deja incólume a la humilde flor del valle mientras desarraiga al majestuoso árbol de la cumbre de la montaña, así los que han mantenido su integridad en la vida humilde pueden ser arrastrados al abismo por las tentaciones que acosan al éxito y al honor mundanos.

Pero el carácter de José soportó la prueba tanto de la adversidad como de la prosperidad. Manifestó en el palacio del faraón la misma fidelidad hacia Dios que había demostrado en su celda de prisionero. Era aún extranjero en tierra pagana, separado de su parentela que adoraba a Dios; pero creía plenamente que la mano divina había guiado sus pasos, y confiando siempre en Dios, cumplía fielmente los deberes de su puesto.

Mediante José la atención del rey y de los grandes de Egipto fue dirigida hacia el verdadero Dios; y a pesar de que siguieron unidos a la idolatría, aprendieron a respetar los principios revelados en la vida y el carácter del adorador de Jehová.

¿Cómo pudo José dar tal ejemplo de firmeza de carácter, rectitud y sabiduría?

En sus primeros años había seguido el deber antes que su inclinación; y la integridad, la confianza sencilla y la disposición noble del joven fructificaron en las acciones del hombre.

Una vida sencilla y pura había favorecido el desarrollo vigoroso de las facultades tanto físicas como intelectuales. La comunión con Dios mediante sus obras y el estudio de las grandes verdades confiadas a los herederos de la fe habían elevado y ennoblecido su naturaleza espiritual al ampliar y fortalecer su mente como ningún otro estudio pudo haberlo hecho.

La atención fiel al deber en toda posición, desde la más baja hasta la más elevada, había educado todas sus facultades para el más alto servicio. El que vive de acuerdo con la voluntad del Creador adquiere con ello el desarrollo más positivo y noble de su carácter.

“El temor del Señor es la sabiduría, y el apartarse del mal la inteligencia” (Job 28:28)

Pocos se dan cuenta de la influencia de las cosas pequeñas de la vida en el desarrollo del carácter. Ninguna tarea que debamos cumplir es realmente pequeña. Las variadas circunstancias que afrontamos día tras día están concebidas para probar nuestra fidelidad, y han de capacitarnos para mayores responsabilidades.

Adhiriéndose a los principios rectos en las transacciones ordinarias de la vida, la mente se acostumbra a mantener las demandas del deber por encima del placer y de las inclinaciones propias. Las mentes disciplinadas en esta forma no vacilan entre el bien y el mal, como la caña que tiembla movida por el viento; son fieles al deber porque han desarrollado hábitos de lealtad y veracidad.

Mediante la fidelidad en lo mínimo, adquieren fuerza para ser fieles en asuntos mayores.

Un carácter recto es de mucho más valor que el oro de Ofir. Sin él nadie puede llegar a un cargo honorable. Pero el carácter no se hereda. No se puede comprar. La excelencia moral y las buenas cualidades mentales no son el resultado de la casualidad. Los dones más preciosos carecen de valor a menos que sean aprovechados.

La formación de un carácter noble es la obra de toda una vida, y debe ser el resultado de un aplicado y perseverante esfuerzo. Dios da las oportunidades; el éxito depende del uso que se haga de ellas.

La profecía se cumple

Basado en Génesis 41:54; 42 y 50.

Cuando se iniciaron los años fructíferos comenzaron los preparativos para el hambre que se aproximaba. Bajo la dirección de José, se construyeron inmensos graneros en los lugares principales de todo Egipto, y se hicieron amplios preparativos para conservar el excedente de la esperada cosecha.

Se siguió el mismo procedimiento durante los siete años de abundancia hasta que la cantidad de granos guardados era incalculable.

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Y luego, de acuerdo con la predicción de José, comenzaron los siete años de escasez.

“Hubo hambre en todos los países, pero en toda la tierra de Egipto había pan. Cuando se sintió el hambre en toda la tierra de Egipto, el pueblo clamó por pan al faraón. Y dijo el faraón a todos los egipcios: “Id a José, y haced lo que él os diga.” Cuando el hambre se extendió por todo el país, abrió José todos los graneros donde estaba el trigo, y lo vendía a los egipcios.” (Génesis 41:54-56)

quejas

José se reencuentra con sus hermanos

El hambre se extendió a la tierra de Canaán, y fue muy severa en la región donde moraba Jacob. Habiendo oído hablar de la abundante provisión hecha por el rey de Egipto, diez de los hijos de Jacob se trasladaron allá para comprar granos.

Al llegar, los llevaron a ver al virrey, y juntamente con otros solicitantes se presentaron ante el gobernador de la tierra, y “se inclinaron a él rostro en tierra.” (Génesis 42-50)

josé en la crisis

“Reconoció, pues, José a sus hermanos, pero ellos no lo reconocieron.”

Su nombre hebreo había sido cambiado por el que le había puesto el rey; y había muy poca semejanza entre el primer ministro de Egipto y el muchacho a quien ellos habían vendido a los ismaelitas.

Al ver a sus hermanos inclinándose y saludándolo con reverencias, José recordó sus sueños, y las escenas del pasado se presentaron vivamente ante él.

Su mirada penetrante, al examinar el grupo, descubrió que Benjamín no estaba entre ellos. ¿Habría sido él también víctima de la traicionera crueldad de aquellos hombres rudos? Decidió averiguar la verdad.

“Espías sois -les dijo severamente-; para ver las regiones indefensas del país habéis venido” (Génesis 42:9)

Contestaron ellos: “No, señor nuestro, sino que tus siervos han venido a comprar alimentos. Todos nosotros somos hijos del mismo padre y somos hombres honrados; tus siervos nunca fueron espías.”

José deseaba saber si todavía tenían el mismo espíritu arrogante que cuando él estaba con ellos, y también quería obtener alguna información respecto a su hogar; no obstante, sabía muy bien cuán engañosas podían ser las declaraciones que ellos hicieran.

Los acusó de nuevo, y contestaron: “Tus siervos somos doce hermanos, hijos de un varón en la tierra de Canaán; y he aquí el menor está hoy con nuestro padre, y otro no parece.”

Fingiendo dudar de la veracidad de lo que decían y considerarlos aún como espías, el gobernador declaró que los probaría, exigiendo que permanecieran en Egipto hasta que uno de ellos fuera a traer a su hermano menor. Si no consentían en hacer esto, serían tratados como espías.

Pero los hijos de Jacob no podían aceptar tal arreglo, puesto que el tiempo que se necesitaba para cumplirlo haría padecer a sus familias por falta de alimento; y ¿cuál de ellos emprendería el viaje en solitario, dejando a sus hermanos en la prisión? ¿Cómo haría frente a su padre en tales circunstancias?

Parecía posible que se los condenara a muerte o que se los hiciera esclavos; y si traían a Benjamín, tal vez sería solamente para que participara de la suerte de los demás hermanos.

Decidieron permanecer allí y sufrir juntos, más bien que aumentar la tristeza de su padre con la pérdida del único hijo que le quedaba. Por lo tanto se los puso en la cárcel, donde permanecieron tres días.

hermanos

Durante los años en que José había estado separado de sus hermanos, estos hijos de Jacob habían cambiado de carácter. Habían sido envidiosos, turbulentos, engañosos, crueles y vengativos; pero ahora, al ser probados por la adversidad, se mostraron desinteresados, fieles el uno al otro, consagrados a su padre y sujetos a su autoridad, aunque ya tenían bastante edad.

Los tres días que pasaron en la prisión egipcia fueron para ellos de amarga tristeza, mientras reflexionaban en sus pecados pasados. Porque a menos que se presentara Benjamín, su condenación como espías parecía segura, y tenían poca esperanza de obtener que su padre aceptara enviar a Benjamín.

Al tercer día, José hizo llevar a sus hermanos ante él. No se atrevía a detenerlos por más tiempo. Su padre y las familias que estaban con él podían estar sufriendo por la escasez de alimentos.

“Haced esto y vivid: Yo temo a Dios. Si sois hombres honrados, uno de vuestros hermanos se quedará en la cárcel, mientras los demás vais a llevar el alimento para remediar el hambre de vuestra familia. Pero traeréis a vuestro hermano menor; así serán verificadas vuestras palabras y no moriréis.”

Ellos aceptaron esta propuesta, aunque expresaban poca esperanza de que su padre permitiera a Benjamín volver con ellos.

José se había comunicado con ellos mediante un intérprete, y sin sospechar que el gobernador los comprendía, conversaron libremente el uno con el otro en su presencia. Se acusaron mutuamente de cómo habían tratado a José:

“Verdaderamente hemos pecado contra nuestro hermano, pues vimos la angustia de su alma cuando nos rogaba y no lo escuchamos; por eso ha venido sobre nosotros esta angustia”.

Rubén que había querido librarlo en Dotán, agregó: “No os hablé yo y dije: “No pequéis contra el joven, pero no me escuchásteis; por eso ahora se nos demanda su sangre.”

José, que escuchaba, no pudo dominar su emoción, y salió y lloró.

josé llora

Al volver, ordenó que se atara a Simeón ante ellos, y lo mandó a la cárcel. En el trato cruel hacia su hermano, Simeón había sido el instigador y protagonista, y por esta razón la elección recayó sobre él.

Antes de permitir la salida de sus hermanos, José ordenó que se les diera abundante cereal, y que el dinero de cada uno fuera puesto secretamente en la boca de su saco. Se les proporcionó también forraje para sus bestias para el viaje de regreso.

En el camino, uno de ellos, al abrir su saco, se sorprendió al encontrar su bolsa de plata. Al anunciarlo a los otros, se sintieron alarmados y perplejos, y se dijeron el uno al otro:

“¿Qué es esto que Dios nos ha hecho?”

¿Debían considerarlo como una demostración de la bondad del Señor, o que él lo había permitido para castigarlos por sus pecados y afligirlos más hondamente todavía?

Reconocían que Dios había visto sus pecados, y que ahora estaba castigándolos.

Jacob esperaba ansiosamente el regreso de sus hijos, y a su regreso todo el campamento se reunió anhelante alrededor de ellos mientras relataban a su padre todo lo que había ocurrido.

La alarma y el recelo llenaron el corazón de todos. La conducta del gobernador egipcio sugería que algo no andaba bien, y sus temores se confirmaron, cuando al abrir los sacos cada uno encontró su dinero.

En su angustia el anciano padre exclamó:

“Me habéis privado de mis hijos: José no aparece, Simeón tampoco y ahora os llevaréis a Benjamín. Estas cosas acabarán conmigo."

Rubén respondió a su padre:

“Quítales la vida a mis dos hijos, si no te lo devuelvo. Confíamelo a mí y yo te lo devolveré”.”

Estas palabras temerarias no aliviaron la preocupación de Jacob. Su respuesta fué:

“No descenderá mi hijo con vosotros, pues su hermano ha muerto y él ha quedado solo; si le acontece algún desastre en el camino por donde vais, haréis descender mis canas con dolor al seol.”

Pero la sequía continuaba, y al cabo de cierto tiempo la provisión de granos que habían traído de Egipto estaba casi agotada.

Los hijos de Jacob sabían muy bien que sería vano regresar a Egipto sin Benjamín. Tenían poca esperanza de cambiar la resolución del padre, y esperaban la crisis en silencio. La sombra del hambre se hacía cada vez más oscura; en los rostros ansiosos de todo el campamento el anciano leyó su necesidad; por fin dijo:

“Volved, y comprad para nosotros un poco de alimento.”

Judá contestó:

“Aquel hombre nos advirtió con ánimo resuelto: “No veréis mi rostro si no traéis a vuestro hermano con vosotros.” Si envías a nuestro hermano con nosotros, descenderemos y te compraremos alimento. Pero si no lo envías, no descenderemos, porque aquel hombre nos dijo: “No veréis mi rostro si no traéis a vuestro hermano con vosotros”.” (Génesis 43:3-5)

Viendo que la resolución de su padre empezaba a vacilar, agregó:

“Envía al joven conmigo; nos levantaremos e iremos enseguida, a fin de que vivamos y no muramos, ni nosotros, ni tú, ni nuestros niños” y se ofreció como garante de su hermano, comprometiéndose a aceptar la culpa para siempre si no devolvía a Benjamín a su padre.

Jacob no pudo negar su consentimiento por más tiempo, y ordenó a sus hijos que se prepararan para el viaje. También les mandó que llevaran al gobernador un regalo de las cosas que podía proporcionar aquel país devastado por el hambre, “un poco de bálsamo, un poco de miel, aromas y mirra, nueces y almendras”, y también una cantidad doble de dinero.

“Asimismo tomad también a vuestro hermano, y levantaos, y volved a aquel hombre.”

Cuando sus hijos se disponían a emprender su incierto viaje, el anciano padre se puso de pie, y levantando los brazos al cielo pronunció esta oración:

“Que el Dios omnipotente haga que ese hombre tenga misericordia de vosotros, y os suelte al otro hermano vuestro y a este Benjamín. Y si he de ser privado de mis hijos, que lo sea.”

De nuevo viajaron a Egipto, y se presentaron ante José. Cuando vio a Benjamín, el hijo de su propia madre, se conmovió profundamente. Sin embargo, ocultó su emoción, y ordenó que los llevaran a su casa, e hicieran preparativos para que comieran con él.

Al ser llevados al palacio del gobernador, los hermanos se alarmaron grandemente, temiendo que se los llamara a cuenta por el dinero encontrado en los sacos. Creyeron que pudo haber sido puesto allí intencionalmente, con el fin de tener una excusa para convertirlos en esclavos.

En su angustia, consultaron al mayordomo de la casa, y le explicaron las circunstancias de su visita a Egipto; y en prueba de su inocencia le informaron que habían traído de vuelta el dinero encontrado en los sacos, y también más dinero para comprar alimentos; y agregaron:

“No sabemos quién haya puesto nuestro dinero en nuestros costales”.

El hombre contestó:

“Paz a vosotros, no temáis. Vuestro Dios y el Dios de vuestro padre os puso ese tesoro en vuestros costales; yo recibí vuestro dinero.”

Su ansiedad se alivió, y cuando se les unió Simeón, que había sido libertado de su prisión, creyeron que Dios era realmente misericordioso con ellos.

Cuando el gobernador volvió a verlos, le presentaron sus regalos, y humildemente se inclinaron a él a tierra. José recordó nuevamente sus sueños, y después de saludar a sus huéspedes, se apresuró a preguntarles:

“¿Vuestro padre, el anciano que dijisteis, lo pasa bien? ¿Vive todavía?

Ellos respondieron:

“Tu siervo, nuestro padre, está bien; aún vive.” Y se inclinaron e hicieron reverencia.” Entonces sus ojos se fijaron en Benjamín, y dijo: “¿Es éste vuestro hermano menor, de quien me hablasteis?... Dios tenga misericordia de ti, hijo mío”.

Pero abrumado por sus sentimientos de ternura, no pudo decir más.

“Y entró a su habitación, y lloró allí.”

Después de recobrar el dominio de sí mismo, volvió, y todos procedieron al festín.

festín

De acuerdo con las leyes de casta, a los egipcios se les prohibía comer con gente de cualquier otra nación. A los hijos de Jacob, por lo tanto, se les asignó una mesa separada, mientras que el gobernador, debido a su alta jerarquía, comía solo, y los egipcios también comían en mesas aparte.

Cuando todos estaban sentados, los hermanos se sorprendieron al ver que estaban dispuestos en orden exacto, conforme a sus edades.

“José tomó viandas de delante de sí para ellos; pero la porción de Benjamín era cinco veces mayor que la de cualquiera de los demás.”

Mediante esta demostración de favor en beneficio de Benjamín, José esperaba averiguar si sentían hacia el hermano menor la envidia y el odio que le habían manifestado a él.

Creyendo todavía que José no comprendía su lengua, los hermanos conversaron libremente entre ellos; de modo que le dieron buena oportunidad de conocer sus verdaderos sentimientos.

Deseaba probarlos aún más, y antes de su partida ordenó que ocultaran su propia copa de plata en el saco del menor.

Alegremente emprendieron su viaje de regreso. Simeón y Benjamín iban con ellos; sus animales iban cargados de cereales, y todos creían que habían escapado felizmente de los peligros que parecieron rodearlos.

Pero apenas habían llegado a las afueras de la ciudad cuando fueron alcanzados por el mayordomo del gobernador, quien les hizo la hiriente pregunta:

“¿Por qué habéis pagado mal por bien? ¿Por qué habéis robado mi copa de plata? ¿No es esta en la que bebe mi señor, y la que usa para adivinar? ¡Habéis hecho mal al hacer esto!”

Se suponía que esa copa poseía el poder de descubrir cualquier sustancia venenosa que se colocara en ella. En aquel entonces, las copas de esta clase eran altamente apreciadas como una protección contra el envenenamiento.

A la acusación del mayordomo los viajeros contestaron:

“¿Por qué dice nuestro señor tales cosas? Nunca tal hagan tus siervos. Si el dinero que hallamos en la boca de nuestros costales te lo volvimos a traer desde la tierra de Canaán, ¿cómo íbamos a hurtar de casa de tu señor plata ni oro? Aquel de tus siervos a quien se le encuentre la copa, que muera, y aun nosotros seremos siervos de mi señor.

Entonces el mayordomo dijo:

“También ahora sea conforme a vuestras palabras: aquel a quien se le encuentre será mi siervo; los demás quedaréis sin culpa”.”

En seguida se inició la búsqueda.

“Ellos entonces se dieron prisa, bajó cada uno su costal a tierra y cada cual abrió el suyo.”

Y el mayordomo los examinó a todos; comenzando con Rubén, siguió en orden hasta llegar al menor. La copa se encontró en el saco de Benjamín.

búsqueda

Los hermanos desgarraron su ropa en señal de profundo dolor, y regresaron lentamente a la ciudad. De acuerdo con su propia promesa, Benjamín estaba condenado a una vida de esclavitud.

Siguieron al mayordomo hasta el palacio, y encontrando al gobernador todavía allí, se postraron ante él.

“¿Qué acción es esta que habéis hecho? -dijo- ¿No sabéis que un hombre como yo sabe adivinar?”

José se proponía obtener de ellos un reconocimiento de su pecado. Jamás había pretendido poseer el poder de adivinar, pero quería hacerles creer que podía leer los secretos de su vida.

Judá contestó:

“¿Qué diremos a mi señor? ¿Qué hablaremos o con qué nos justificaremos? Dios ha hallado la maldad de tus siervos. Nosotros somos siervos de mi señor, nosotros y también aquel en cuyo poder se halló la copa.”

“Nunca haga yo tal cosa -fue la respuesta-. El hombre en cuyo poder se halló la copa, ese será mi siervo; vosotros id en paz junto a vuestro padre.”

En su profundo dolor, Judá se acercó al gobernador y exclamó:

“¡Ay, señor mío!, te ruego que permitas a tu siervo decir una palabra a oídos de mi señor, y no se encienda tu enojo contra tu siervo, pues tú eres como el faraón.”

Con palabras de conmovedora elocuencia describió el profundo pesar de su padre por la pérdida de José, y su rechazo a permitir que Benjamín viajara con ellos a Egipto, pues era el único hijo que le quedaba de su madre Raquel, a quien Jacob había amado tan tiernamente.

“Ahora, pues, cuando vuelva yo a tu siervo, mi padre, si el joven no va conmigo, como su vida está ligada a la vida de él, sucederá que cuando no vea al joven, morirá; y tus siervos harán que con dolor desciendan al seol las canas de nuestro padre, tu siervo. Como tu siervo salió fiador del joven ante mi padre, diciendo: “Si no te lo traigo de vuelta, entonces yo seré culpable ante mi padre para siempre”, por eso te ruego que se quede ahora tu siervo en lugar del joven como siervo de mi señor, y que el joven vaya con sus hermanos, pues ¿cómo volveré yo a mi padre sin el joven? No podré, por no ver el mal que sobrevendrá a mi padre.”

José estaba satisfecho. Había visto en sus hermanos los frutos del verdadero arrepentimiento. Al oír el noble ofrecimiento de Judá, ordenó que todos excepto estos hombres se retiraran; entonces, llorando en alta voz, exclamó:

“Yo soy José: ¿Vive aún mi padre?”

Sus hermanos permanecieron inmóviles, mudos de temor y asombro. ¡El gobernador de Egipto era su hermano José, a quien por envidia habían querido asesinar, y a quien por fin habían vendido como esclavo! Todos los tormentos que le habían hecho sufrir pasaron ante ellos.

Recordaron cómo habían menospreciado sus sueños, y cómo habían luchado por evitar que se cumplieran. Sin embargo, habían participado en el cumplimiento de esos sueños; y ahora estaban por completo a merced de él, y sin duda alguna, él se vengaría del daño que había sufrido.

Viendo su confusión, les dijo amablemente:

“Acercaos ahora a mí”, y cuando se acercaron, él prosiguió:

“Yo soy José vuestro hermano el que vendisteis a los egipcios. Ahora pues, no os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; porque para salvar vidas me envió Dios delante de vosotros.”

Considerando que ya habían sufrido ellos lo suficiente por su crueldad hacia él, noblemente trató de desvanecer sus temores y de reducir la amargura de su remordimiento.

“Pues ya ha habido dos años de hambre en medio de la tierra, y aún quedan cinco años en los cuales no habrá arada ni siega. Dios me envió delante de vosotros para que podáis sobrevivir sobre la tierra, para daros vida por medio de una gran liberación. Así, pues, no me enviasteis acá vosotros, sino Dios, que me ha puesto por padre del faraón, por señor de toda su casa y por gobernador en toda la tierra de Egipto. Daos prisa, id a mi padre y decidle: “Así dice tu hijo José: Dios me ha puesto por señor de todo Egipto; ven a mí, no te detengas. Habitarás en la tierra de Gosén, y estarás cerca de mí, tú, tus hijos y los hijos de tus hijos, tus ganados y tus vacas, y todo lo que tienes. Allí te alimentaré, pues aún quedan cinco años de hambre, para que no perezcas de pobreza tú, tu casa y todo lo que tienes”. Vuestros ojos ven, y también los ojos de mi hermano Benjamín, que mi boca os habla. Haréis, pues, saber a mi padre toda mi gloria en Egipto, y todo lo que habéis visto. ¡Daos prisa, y traed a mi padre acá!"

José se echó sobre el cuello de su hermano Benjamín y lloró; también Benjamín lloró sobre su cuello. Luego besó a todos sus hermanos y lloró sobre ellos. Después de esto, sus hermanos hablaron con él.”

Confesaron humildemente su pecado, y le pidieron perdón. Durante mucho tiempo habían sufrido ansiedad y remordimiento, y ahora se llenaron de gozo al ver que José estaba vivo.

abrazo

La noticia de lo que había ocurrido pronto llegó a oídos del rey, quien, anheloso de manifestar su gratitud a José, confirmó la invitación del gobernador a su familia, diciendo:

“La riqueza de la tierra de Egipto será vuestra.”

Los hermanos de José fueron enviados con gran provisión de alimentos y carruajes, y todo lo necesario para trasladar a Egipto a todas sus familias y las personas que dependían de ellas.

José hizo regalos más valiosos a Benjamín que a los otros hermanos. Luego, temiendo que sobrevinieran disputas entre ellos durante el viaje de regreso, cuando estaban por partir les dio el encargo:

“No riñáis por el camino.”

Los hijos de Jacob volvieron a su padre con la grata noticia:

“¡José aún vive!, y él es señor en toda la tierra de Egipto.”

Al principio el anciano se sintió abrumado. No podía creer lo que oía; pero al ver la larga caravana de carros y animales cargados, y a Benjamín otra vez con él, se convenció, y lleno de gozo, exclamó:

“Con esto me basta ¡José, mi hijo, vive todavía! Iré y lo veré antes de morir.”

Quedaba otro acto de humillación para los diez hermanos.

Confesaron a su padre el engaño y la crueldad que durante tantos años habían amargado la vida de él y la de ellos. Jacob no los había creído capaces de tan vil pecado, pero vio que todo había sido dirigido para bien, y perdonó y bendijo a sus descarriados hijos.

viaje

Muy pronto el padre y los hijos, con sus familias, sus rebaños y manadas, y muchos asistentes, se pusieron en camino a Egipto. Viajaron con corazón regocijado, y cuando llegaron a Beerseba el patriarca ofreció sacrificios de agradecimiento, e imploró al Señor que les otorgara una garantía de que iría con ellos.

En una visión nocturna recibió la divina palabra:

“No temas descender a Egipto, porque allí haré de ti una gran nación. Yo descenderé contigo a Egipto, y yo también te haré volver.”

La promesa: “No temas de descender a Egipto, porque yo te pondré allí en gran gente”, era muy significativa. Se había prometido que su descendencia sería tan numerosa como las estrellas; pero hasta entonces el pueblo elegido había aumentado lentamente. Y la tierra de Canaán no ofrecía en ese tiempo campo propicio para el desarrollo de la nación que se había predicho.

Estaba en posesión de tribus paganas poderosas que no habrían de ser desalojadas hasta “la cuarta generación”. De haber quedado allí, para convertirse en un pueblo numeroso, los descendientes de Israel habrían tenido que expulsar a los habitantes de la tierra o dispersarse entre ellos. Conforme a la disposición divina, no podían hacer lo primero; y si se mezclaban con los cananeos, se expondrían a ser seducidos por la idolatría.

Egipto, sin embargo, ofrecía las condiciones necesarias para el cumplimiento del propósito divino. Se les ofrecía allí un sector del país bien regado y fértil, con todas las ventajas necesarias para un rápido crecimiento. Y la antipatía que habían de encontrar en Egipto debido a su ocupación, porque para “los egipcios es abominación todo pastor de ovejas”, les permitiría seguir siendo un pueblo distinto y separado, y serviría para impedirles que participaran en la idolatría egipcia.

Al llegar a Egipto, la compañía se dirigió a la tierra de Gosén. Allí fue José en su carro oficial, acompañado de un séquito principesco. Olvidó el esplendor de su ambiente y la dignidad de su posición; un solo pensamiento llenaba su mente, un anhelo conmovía su corazón. Cuando divisó la llegada de los viajeros, no pudo ya reprimir el amor cuyos anhelos había sofocado durante tan largos años. Saltó de su carro, y corrió a dar la bienvenida a su padre.

“Se echó sobre su cuello, y sobre su cuello lloró largamente. Entonces Israel dijo a José: “Muera yo ahora, ya que he visto tu rostro y sé que aún vives”.”

abrazo

José llevó a cinco de sus hermanos para presentarlos al faraón, y para que se les diera la tierra en que iban a establecer sus hogares. La gratitud hacia su primer ministro induciría al monarca a honrarlos con nombramientos para ocupar cargos oficiales; pero José, leal al culto de Jehová, trató de salvar a sus hermanos de las tentaciones a que se expondrían en una corte pagana; por consiguiente, les aconsejó que cuando el rey les preguntara, le dijeran francamente su ocupación.

Los hijos de Jacob siguieron este consejo, teniendo cuidado también de manifestar que habían venido a morar temporalmente en la tierra, y no a permanecer allí, reservándose de esa manera el derecho de marcharse cuando lo desearan. El rey les asignó un lugar, como había ofrecido, en lo mejor del país, en la tierra de Gosén.

Poco tiempo después, José llevó también a su padre para presentarlo al rey. El patriarca era extraño al ambiente de las cortes reales; pero en medio de las sublimes escenas de la naturaleza había tenido comunión con el Monarca más poderoso; y ahora con consciente superioridad, alzó las manos y bendijo al faraón.

En su primer saludo a José, Jacob habló como si con esta conclusión jubilosa de su largo dolor y ansiedad, estuviera listo para morir. Pero todavía se le otorgaron diecisiete años en el quieto retiro de Gosén. Estos años fueron un feliz contraste con los que los habían precedido.

Jacob vio en sus hijos evidencias de un verdadero arrepentimiento. Vio a su familia rodeada de todas las condiciones necesarias para convertirse en una gran nación; y su fe se afirmó en la segura promesa de su futuro establecimiento en Canaán. Él mismo estaba rodeado de todas las demostraciones de amor y favor que el primer ministro de Egipto podía dispensar; y feliz en la compañía de su hijo por tanto tiempo perdido, descendió quieta y apaciblemente al sepulcro.

Cuando sintió que se aproximaba la muerte, mandó llamar a José. Aferrándose siempre con firmeza a la promesa de Dios referente a la posesión de Canaán, dijo: “Te ruego que no me entierres en Egipto. Cuando duerma con mis padres, me llevarás de Egipto y me sepultarás en el sepulcro de ellos.”

José prometió hacerlo, pero Jacob no estaba satisfecho con esto; le pidió que le jurara solemnemente que lo enterraría junto a sus padres en la cueva de Macpela.

Los hijos de José: Efraín y Manases

Otro asunto importante exigía atención; los hijos de José habían de ser formalmente recibidos entre los hijos de Israel.

A la última entrevista con su padre, José llevó consigo a Efraín y Manasés. Estos jóvenes estaban ligados por parte de su madre a la orden más alta del sacerdocio egipcio; y si ellos eligieran unirse a los egipcios, la posición de su padre les abriría el camino a la opulencia y la distinción.

Pero José deseaba que ellos se unieran a su propio pueblo. Manifestó su fe en la promesa del pacto, en favor de sus hijos, renunciando a todos los honores de la corte egipcia a cambio de un lugar entre las despreciadas tribus de pastores a quienes se habían confiado los oráculos de Dios.

Dijo Jacob:

“Ahora bien, tus dos hijos, Efraín y Manasés, que te nacieron en la tierra de Egipto antes de venir a reunirme contigo a la tierra de Egipto, son míos; al igual que Rubén y Simeón, serán míos.”

Habían de ser adoptados como sus propios hijos, y llegarían a ser jefes de tribus separadas. De esa manera uno de los privilegios de la primogenitura, perdida por Rubén, había de recaer en José; a saber, una porción doble en Israel.

La vista de Jacob estaba debilitada por la edad, y no se había dado cuenta de la presencia de los jóvenes; pero al ver sus siluetas, dijo: “¿Quiénes son estos?” Al saberlo, agregó:

“Acércalos ahora a mí, y los bendeciré.”

Al acercársele, el patriarca los abrazó y los besó, poniendo sus manos solemnemente sobre sus cabezas para bendecirlos. Entonces pronunció la oración:

“El Dios en cuya presencia anduvieron mis padres Abraham e Isaac, el Dios que me mantiene desde que yo soy hasta este día, el Ángel que me liberta de todo mal, bendiga a estos jóvenes. Sea perpetuado en ellos mi nombre y el nombre de mis padres Abraham e Isaac, y multiplíquense y crezcan en medio de la tierra.”

bendición de Jacob

No había ya en él espíritu de auto-independencia, ni confianza en los arteros poderes humanos. Dios había sido su guardador y su sostén. No se quejó de los malos días pasados. Ya no consideraba sus pruebas y dolores como cosas que habían obrado contra él. Su memoria solamente evocó la misericordia y las bondades del que había estado con él durante toda su peregrinación.

Terminada la bendición, dejando para las generaciones venideras que iban a pasar por largos años de esclavitud y dolor este testimonio de su fe, Jacob le aseguró a su hijo:

“Yo muero, pero Dios estará con vosotros, y os hará volver a la tierra de vuestros padres.”

La profecía de Jacob: 12 hijos – 12 tribus de Israel

Por fin todos los hijos de Jacob se reunieron alrededor de su lecho de muerte. Jacob llamó a sus hijos y dijo:

“Acercáos y oíd, hijos de Jacob; y escuchad a vuestro padre Israel”. “Os declararé lo que ha de aconteceros en los días venideros.”

A menudo había pensado ansiosamente en el futuro de sus hijos, y había tratado de concebir un cuadro de la historia de las diferentes tribus. Ahora, mientras sus hijos esperaban su última bendición, el Espíritu de la inspiración se posó sobre él; y se presentó ante él en profética visión el futuro de sus descendientes.

Uno después de otro, mencionó los nombres de sus hijos, describió el carácter de cada uno, y predijo brevemente la historia futura de sus tribus.

Rubén pierde la primogenitura

“Rubén, tú eres mi primogénito, mi fortaleza y el principio de mi vigor;
el primero en dignidad, el primero en poder.”

Así describió el padre la que debió haber sido la posición de Rubén como hijo primogénito; pero el grave pecado que cometiera en Edar le había hecho indigno de la bendición de la primogenitura. Jacob continuó:

“Impetuoso como las aguas, ya no serás el primero.”

El sacerdocio, la promesa mesiánica y la doble porción

El sacerdocio fue otorgado a Leví, el reino y la promesa mesiánica a Judá, y la doble porción de la herencia a José.

Nunca ascendió la tribu de Rubén a una posición eminente en Israel; no fue tan numerosa como la de Judá, la de José, o la de Dan; y se contó entre las primeras que fueron llevadas en cautiverio.

Castigo sobre Simeón y Leví

Simeón y Leví seguían en edad a Rubén. Ambos se habían unido en su crueldad contra los siquemitas, y también habían sido los más culpables en la venta de José. Acerca de ellos se declaró:

“Yo los apartaré en Jacob, los esparciré en Israel.”

Cuando se hizo el censo de Israel poco antes de su entrada a Canaán, la tribu de Simeón resultó la más pequeña. Moisés, en su última bendición, no aludió a Simeón. Al establecerse en Canaán, esta tribu recibió tan solo una pequeña porción de la parte de Judá, y las familias que después se hicieron poderosas formaron distintas colonias, y se establecieron fuera de las fronteras de la tierra santa.

Leví tampoco recibió herencia, excepto cuarenta y ocho ciudades diseminadas en diferentes partes de la tierra. En el caso de esta tribu, sin embargo, su fidelidad a Jehová, cuando las otras tribus apostataron, mereció que fuera apartada para el servicio sagrado del santuario, y de esa manera la maldición se transformó en bendición.

El León de Judá

Las más altas bendiciones de la primogenitura se transfirieron a Judá. El significado del nombre, que quiere decir alabanza, se describe en la historia profética de esta tribu:

“Judá, te alabarán tus hermanos; tu mano estará sobre el cuello de tus enemigos;
los hijos de tu padre se inclinarán a ti.
Cachorro de león, Judá; de la presa subiste, hijo mío.

Se encorvó, se echó como león, como león viejo: ¿quién lo despertará?

No será quitado el cetro de Judá ni el bastón de mando de entre sus pies,
hasta que llegue Siloh;
a él se congregarán los pueblos.”

El león, rey de la selva, es símbolo apropiado de la tribu de la cual descendió David, y del hijo de David, Siloh, el verdadero “león de la tribu de Judá”, ante quien todos los poderes se inclinarán finalmente, y a quien todas las naciones rendirán homenaje.

La rama fructífera

Para la mayoría de sus hijos Jacob predijo un futuro próspero.

Finalmente llegó al nombre de José, y el corazón del padre desbordó al invocar las bendiciones sobre “el Nazareo de sus hermanos.”

“Rama fructífera es José, rama fructífera junto a una fuente,
sus vástagos se extienden sobre el muro.

Le causaron amargura, le lanzaron flechas, lo aborrecieron los arqueros, mas su arco se mantuvo poderoso
y los brazos de sus manos se fortalecieron
por las manos del Fuerte de Jacob, por el nombre del Pastor,
la Roca de Israel, por el Dios de tu padre, el cual te ayudará,
por el Dios omnipotente, el cual te bendecirá
con bendiciones de los cielos de arriba,
con bendiciones del abismo que está abajo,
con bendiciones de los pechos y del vientre.

Las bendiciones de tu padre fueron mayores que las de mis progenitores;
hasta el término de los collados eternos
serán sobre la cabeza de José,
sobre la frente del que fue apartado de entre sus hermano.”

Jacob había sido siempre un hombre de profundos y apasionados afectos; su amor por sus hijos era fuerte y tierno, y el testimonio que dio de ellos en su lecho de muerte no fue expresión de parcialidad ni resentimiento.

Había perdonado a todos, y los amó a todos hasta el fin. Su ternura paternal se habría expresado en palabras de ánimo y de esperanza; pero el poder de Dios se posó sobre él, y bajo la influencia de la inspiración fue constreñido a declarar la verdad, por penosa que fuera.

Una vez pronunciadas las últimas bendiciones, Jacob repitió el encargo referente al sitio de su entierro: “Voy a ser reunido con mi pueblo. Sepultadme con mis padres [...] en la cueva que está en el campo de Macpela [...]. Allí sepultaron a Abraham y a Sara, su mujer; allí sepultaron a Isaac y a Rebeca, su mujer; allí también sepulté yo a Lea.”

De esta manera el último acto de su vida fue manifestar su fe en la promesa de Dios.

Los últimos años de Jacob

Los últimos años de Jacob le proporcionaron un atardecer tranquilo y descansado después de un inquieto y fatigoso día. Se habían juntado obcuras nubes sobre su camino; sin embargo, la puesta de su sol fue clara, y el fulgor del cielo iluminó la hora de su partida. Dice la Escritura:

“Al tiempo de la tarde habrá luz”. “Considera al íntegro, y mira al justo: que la postrimería de cada uno de ellos es paz.” (Zacarías 14:7; Salmos 37:37)

Jacob había pecado, y había sufrido hondamente. Había tenido que pasar muchos años de trabajo, cuidado y dolor desde el día en que su gran pecado lo obligó a huir de las tiendas de su padre.

Había sido fugitivo sin hogar, separado de su madre a quien nunca volvió a ver; trabajó siete años por la que amó, solamente para ser vilmente defraudado; trabajó veinte años al servicio de un pariente codicioso y rapaz; vio aumentar su riqueza y crecer a sus hijos en su derredor, pero halló poco regocijo en su contenciosa y dividida familia; se sintió dolorido por la vergüenza de su hija, por la venganza de los hermanos de esta, por la muerte de Raquel, por el monstruoso delito de Rubén, por el pecado de Judá, por el cruel engaño y la malicia perpetrada contra José.

¡Cuán negra y larga es la lista de iniquidades expuestas a la vista! Vez tras vez había cosechado el fruto de aquella primera mala acción. Vez tras vez vio repetidos entre sus hijos los pecados de los cuales él mismo había sido culpable.

Pero aunque la disciplina había sido amarga, había cumplido su obra. El castigo, aunque doloroso, había producido el “fruto apacible de justicia” (Hebreos 12:11)

Después del entierro de Jacob, el temor se volvió a apoderar del corazón de los hermanos de José. No obstante la bondad de este hacia ellos, la conciencia culpable los hizo desconfiados y suspicaces. Tal vez José había postergado su venganza por consideración a su padre, y ahora les impondría el largamente aplazado castigo por su crimen. No se atrevieron a comparecer personalmente ante él, sino que le enviaron un mensaje:

“Tu padre mandó antes de su muerte, diciendo: “Así diréis a José: ‘Te ruego que perdones ahora la maldad de tus hermanos y su pecado, porque te trataron mal’”; por eso, ahora te rogamos que perdones la maldad de los siervos del Dios de tu padre.”

Este mensaje conmovió a José y le hizo derramar lágrimas, así que, animados por esto, sus hermanos fueron y se postraron ante él, diciéndole:

“Aquí nos tienes. Somos tus esclavos.”

El amor de José hacia sus hermanos era profundo y desinteresado, y sintió dolor ante la idea de que le creyeran capaz de abrigar un espíritu vengativo contra ellos.

“No temáis, pues ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener con vida a mucha gente. Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos.” (Génesis 50:19-21)

Un carácter semejante al de Cristo

La vida de José ilustra la vida de Cristo.

Fue la envidia la que impulsó a los hermanos de José a venderlo como esclavo. Esperaban impedir que llegara a ser superior a ellos. Y cuando fue llevado a Egipto, se vanagloriaron de que ya no serían molestados con sus sueños y de que habían eliminado toda posibilidad de que estos se cumplieran. Pero su proceder fue contrarrestado por Dios y él lo hizo servir para cumplir el mismo acontecimiento que trataban de impedir.

De la misma manera los sacerdotes y dirigentes judíos sintieron celos de Cristo y temieron que desviaría de ellos la atención del pueblo. Le dieron muerte para impedir que llegara a ser rey, pero al obrar así provocaron ese mismo resultado.

Mediante su servidumbre en Egipto, José se convirtió en el salvador de la familia de su padre. No obstante, este hecho no aminoró la culpa de sus hermanos.

Asimismo la crucifixión de Cristo por sus enemigos lo hizo Redentor de la humanidad, Salvador de la raza perdida y soberano de todo el mundo; pero el crimen de sus asesinos fue tan execrable como si la mano providencial de Dios no hubiera dirigido los acontecimientos para su propia gloria y para bien de los hombres.

Así como José fue vendido a los paganos por sus propios hermanos, Cristo fue vendido a sus enemigos más enconados por uno de sus discípulos.

José fue acusado falsamente y arrojado en una prisión por su virtud; asimismo Cristo fue menospreciado y rechazado porque su vida recta y abnegada reprendía el pecado; y aunque no fue culpable de mal alguno, fue condenado por el testimonio de testigos falsos.

La paciencia y la mansedumbre de José bajo la injusticia y la opresión, el perdón que otorgó espontáneamente y su noble benevolencia hacia sus hermanos inhumanos, representan la paciencia sin quejas del Salvador en medio de la malicia y el abuso de los impíos, y su perdón que otorgó no solamenter a sus asesinos, sino también a todos los que vienen a él confesando sus pecados y buscando perdón.

José vivió cincuenta y cuatro años después de la muerte de su padre. Alcanzó a ver “los hijos de Efraín hasta la tercera generación; y también los hijos de Maquir hijo de Manasés fueron criados sobre las rodillas de José.”

Presenció el aumento y la prosperidad de su pueblo, y durante todos estos años su fe en la divina restauración de Israel la tierra prometida fue inconmovible.

Cuando vio que se acercaba su fin, llamó a todos sus parientes.

Aunque había sido tan honrado en la tierra de los faraones, Egipto no era para él más que el lugar de su destierro; lo último que hizo fue indicar que había echado su suerte con Israel. Sus últimas palabras fueron:

“Dios ciertamente os visitará, y os hará subir de esta tierra a la tierra que juró a Abraham, a Isaac, y a Jacob.”

E hizo jurar solemnemente a los hijos de Israel que llevarían sus huesos consigo a la tierra de Canaán.

“Y murió José de ciento y diez años; y embalsamaron, y lo pusieron en un ataúd en Egipto.”

A través de los siglos de trabajo que siguieron, aquel ataúd, recuerdo de las últimas palabras de José, daba testimonio a Israel de que ellos eran únicamente peregrinos en Egipto, y les ordenaba que cifraran sus esperanzas en la tierra prometida, pues el tiempo de la liberación llegaría con toda seguridad.

José embalsamado