La Ley

Basado en Éxodo 15:22; 16 y 18.

Desde el mar rojo, las huestes de Israel reanudaron la marcha guiadas otra vez por la columna de nube. El panorama que los rodeaba era de lo más lúgubre: estériles y desoladas montañas, áridas llanuras, y el mar que se extendía a lo lejos, con sus riberas cubiertas de los cuerpos de sus enemigos. No obstante, estaban llenos de regocijo porque ya eran libres, y todo pensamiento de descontento se había acallado.

Pero durante tres días de marcha no pudieron encontrar agua.

La provisión que habían traído estaba agotada. No había nada que apagara la sed abrasadora mientras avanzaban lenta y penosamente a través de las llanuras calcinadas por el sol.

Moisés, quien conocía esa región, sabía lo que los demás ignoraban, que en Mara, el lugar más cercano donde hallarían fuentes, el agua no era apta para beber. Con gran ansiedad observaba la nube guiadora. Con el corazón desfalleciente oyó el regocijado grito: “¡Agua, agua!” que resonaba por todas las filas.

Los hombres, las mujeres y los niños con alegre prisa se agolparon alrededor de la fuente, cuando un grito de angustia salió de la hueste. El agua era amarga.

En su horror y desesperación reprocharon a Moisés por haberlos dirigido por ese camino, sin recordar que la divina presencia, mediante aquella misteriosa nube, era quien los había estado guiando tanto a él como a ellos mismos.

guia

En su tristeza por la desesperación del pueblo, Moisés hizo lo que ellos se habían olvidado de hacer; imploró fervorosamente la ayuda de Dios.

“Entonces Moisés clamó a Jehová, y Jehová le mostró un árbol; lo echó en las aguas, y las aguas se endulzaron.” (Éxodo 15:25).

agua

Allí se le prometió a Israel por medio de Moisés: “Si escuchas atentamente la voz de Jehová, tu Dios, y haces lo recto delante de sus ojos, das oído a sus mandamientos y guardas todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié sobre los egipcios traeré sobre ti, porque yo soy Jehová, tu sanador” (Vers. 26).

De Mara el pueblo se encaminó hacia Elim, “donde había doce fuentes de aguas, y setenta palmeras” (Vers. 27). Allí permanecieron varios días antes de internarse en el desierto de Sin.

Un mes después de haber salido de Egipto, establecieron su primer campamento en el desierto. Sus provisiones alimenticias se estaban agotando. Había escasez de hierba en el desierto, y sus rebaños comenzaban a disminuir. ¿Cómo podía suministrarse alimento a esta enorme multitud? Las dudas se apoderaron de sus corazones, y otra vez murmuraron.

Hasta los jefes y ancianos del pueblo se unieron para quejarse contra los caudillos nombrados por Dios: “Ojalá hubiéramos muerto a manos de Jehová en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos ante las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos, pues nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud” (Éxodo 16-18).

quejas

Hasta entonces no habían sufrido de hambre; sus necesidades habían sido suplidas, pero temían por el futuro. No podían concebir cómo esta enorme multitud podría subsistir en su viaje por el desierto, y en su imaginación veían a sus hijos muriendo de hambre.

El Señor permitió que se vieran cercados de dificultades, y que sus provisiones alimenticias disminuyeran, para que sus corazones se dirigieran hacia el que hasta entonces había sido su Libertador.

Si en su necesidad clamaban a él, les otorgaría señales de su amor y cuidado. Les había prometido que si obedecían sus mandamientos, ninguna enfermedad los afligiría, y fue una muestra de incredulidad suponer que ellos o sus hijos morirían de hambre.

El Señor les había prometido ser su Dios, hacerlos su pueblo, y guiarlos a una tierra grande y buena; pero siempre estaban dispuestos a desmayar ante cada obstáculo que encontraban en su marcha hacia aquel lugar.

De manera maravillosa los había librado de su esclavitud de Egipto, para elevarlos y ennoblecerlos, y hacerlos objeto de alabanza en la tierra. Pero era necesario que ellos hicieran frente a dificultades y que soportaran privaciones.

Dios estaba elevándolos del estado de degradación y preparándolos para ocupar un puesto honorable entre las naciones, a fin de encomendarles importantes cometidos sagrados. Si en vista de todo lo que había hecho por ellos, hubieran tenido fe en él, habrían soportado alegremente las incomodidades, privaciones y hasta los verdaderos sufrimientos; pero no estaban dispuestos a confiar en Dios más allá de lo que podían presenciar en las continuas evidencias de su poder.

Olvidaron su amarga servidumbre en Egipto. Olvidaron las bondades y el poder que Dios había manifestado en su favor al liberarlos de la esclavitud. Olvidaron cómo sus hijos se habían salvado cuando el ángel exterminador dio muerte a todos los primogénitos de Egipto. Olvidaron la gran demostración del poder divino en el Mar Rojo. Olvidaron que mientras ellos habían cruzado con felicidad el sendero abierto especialmente para ellos, los ejércitos enemigos, al intentar perseguirlos, se habían hundido en las aguas del mar.

Veían y sentían tan solo las incomodidades y pruebas que estaban soportando, y en lugar de decir: “Dios ha hecho grandes cosas con nosotros, ya que habiendo sido esclavos, nos hace una nación grande”, hablaban de las durezas del camino, y se preguntaban cuándo terminaría su tedioso peregrinaje.

La historia de la vida de Israel en el desierto fue escrita para beneficio del Israel de Dios hasta el fin del tiempo.

El relato de cómo trató Dios a los peregrinos en todo su recorrido por el desierto, en su exposición al hambre, a la sed y al cansancio, y en las grandiosas manifestaciones de su poder para aliviarlos, está lleno de advertencias e instrucciones para su pueblo de todas las edades.

Las variadas experiencias de los hebreos eran una escuela destinada a prepararlos para su prometido hogar en Canaán.

Dios quiere que su pueblo de estos días repase con corazón humilde y espíritu dócil las pruebas a través de las cuales el Israel antiguo tuvo que pasar, para que lo ayuden en su preparación para la Canaán celestial.

Muchos recuerdan a los israelitas de antaño, y se maravillan de su incredulidad y murmuración, creyendo que ellos no habrían sido tan ingratos; pero cuando se prueba su fe, aun en las menores dificultades, no manifiestan más fe o paciencia que los antiguos israelitas. Cuando se los coloca en situaciones estrechas, murmuran contra los medios que Dios eligió para purificarlos.

Aunque se suplan sus necesidades presentes, muchos se niegan a confiar en Dios para el futuro, y viven en constante ansiedad por temor a que los alcance la pobreza, y que sus hijos tengan que sufrir a causa de ellos.

Algunos están siempre en espera del mal, o agrandan de tal manera las dificultades que realmente existen, que sus ojos se incapacitan para ver las muchas bendiciones que demandan su gratitud. Los obstáculos que encuentran, en vez de guiarlos a buscar la ayuda de Dios, única fuente de fortaleza, los separan de él, porque despiertan inquietud y quejas.

¿Hacemos bien en ser tan incrédulos? ¿Por qué somos ingratos y desconfiados?

Jesús es nuestro amigo; todo el cielo está interesado en nuestro bienestar; y nuestra ansiedad y temor apesadumbran al Santo Espíritu de Dios.

No debemos abandonarnos a la ansiedad que nos irrita y desgasta, y que en nada nos ayuda a soportar las pruebas. No debe darse lugar a esa desconfianza en Dios que nos lleva a hacer de la preparación para las necesidades futuras el objeto principal de la vida, como si nuestra felicidad dependiera de las cosas terrenales.

No es voluntad de Dios que su pueblo esté cargado de preocupaciones. Pero nuestro Señor no nos dice que no habrá peligros en nuestro camino. No es su propósito sacar a su pueblo del mundo de pecado e iniquidad, sino que nos indica un refugio siempre seguro. Invita a los cansados y agobiados:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).

Deponed el yugo de la ansiedad y de las preocupaciones mundanales que habéis colocado sobre vuestra cabeza, y “llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Vers. 29).

Podemos encontrar descanso y paz en Dios, “echando toda nuestra ansiedad en él, porque él tiene cuidado de nosotros” (1 Pedro 5:7).

Dice el apóstol Pablo: “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón tan malo e incrédulo que se aparte del Dios vivo” (Hebreos 3:12).

En vista de todo lo que Dios ha hecho por nosotros, nuestra fe debe ser fuerte, activa y duradera. En vez de murmurar y quejarnos, el lenguaje de nuestros corazones debe ser: “Bendice, alma mía, a Jehová; y bendigan todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios” (Salmos 103:1, 2).

Pan del cielo

Dios no había olvidado las necesidades de Israel. Dijo a Moisés: “Yo os haré llover pan del cielo.” Y mandó al pueblo recoger una provisión diaria, y doble cantidad el día sexto, para que se cumpliera la observancia sagrada del sábado.

Moisés aseguró a la congregación que sus necesidades serían satisfechas: “Jehová os dará por la tarde carne para comer, y por la mañana pan hasta saciaros, porque Jehová ha oído lo que habéis murmurado contra él.” Y agregó: “¿Qué somos nosotros? Vuestras murmuraciones no son contra nosotros, sino contra Jehová.”

Además le mandó a Aarón que les dijera: “Acercaos a la presencia de Jehová, porque él ha oído vuestras murmuraciones.”

Mientras Aarón hablaba, “miraron hacia el desierto, y vieron que la gloria de Jehová aparecía en la nube.” (Éxodo 16:10).

Un resplandor que nunca antes habían visto simbolizaba la divina presencia. Mediante manifestaciones dirigidas a sus sentidos, iban a obtener un conocimiento de Dios. A fin de que obedecieran a su voz y temieran su nombre, se les iba a enseñar que el Altísimo era su jefe, y no meramente Moisés, que era un hombre.

Al caer la noche, todo el campamento estuvo rodeado de enormes bandadas de codornices, suficientes para suplir las demandas de toda la multitud. Y por la mañana “apareció sobre la faz del desierto una cosa menuda, redonda, menuda como escarcha sobre la tierra.” “Era como una semilla de culantro, blanco.” El pueblo lo llamó maná.

mana

Moisés dijo: Este “es el pan que Jehová os da para comer” (Vers. 15).

El pueblo recogió el maná, y encontraron que había abundante provisión para todos. “Molían en molinos, o majaban en morteros, y lo cocían en caldera, o hacían de él tortas”; y era “su sabor como de hojuelas con miel.” (Números 11:8).

Se les ordenó recoger diariamente un gomer [*]Algo más de dos litros por persona, sin dejar nada para el otro día. Algunos trataron de guardar una provisión para el día siguiente, pero hallaron entonces que ya no era bueno para comer. La provisión para el día debía juntarse por la mañana; pues todo lo que permanecía en el suelo era derretido por el sol.

Al recoger el maná, algunos llevaban más y otros menos de la cantidad indicada; pero “lo medían por gomer, y no sobró al que había recogido mucho, ni faltó al que había recogido poco.”

Una explicación de estas palabras, así como también la lección práctica que se deriva de ellas, la da el apóstol Pablo en su segunda Epístola a los Corintios. Dice:

“No digo esto para que haya para otros holgura y para vosotros escasez, sino para que en este momento, con igualdad, la abundancia vuestra supla la escasez de ellos, para que también la abundancia de ellos supla la necesidad vuestra, para que haya igualdad, como está escrito: “El que recogió mucho no tuvo más y el que poco, no tuvo menos”” (2 Corintios 8:13-15).

Santificaban el sábado antes de llegar al Sinaí

Al sexto día el pueblo recogió dos gomeres por persona. Los jefes inmediatamente hicieron saber a Moisés lo que había pasado. Su respuesta fué:

“Esto es lo que ha dicho Jehová: “Mañana es sábado, el día de reposo consagrado a Jehová; lo que tengáis que cocer, cocedlo hoy, y lo que tengáis que cocinar, cocinadlo; y todo lo que os sobre, guardadlo para mañana”.”

Así lo hicieron, y vieron que no se echó a perder. Y Moisés dijo: “Comedlo hoy, porque hoy es sábado dedicado a Jehová; hoy no hallaréis nada en el campo. Seis días lo recogeréis, pero el séptimo día, que es sábado, nada se hallará.”

Dios requiere que hoy su santo día se observe tan sagradamente como en el tiempo de Israel. El mandamiento que se dio a los hebreos debe ser considerado por todos los cristianos como una orden de parte de Dios para ellos.

El día anterior al sábado debe ser un día de preparación a fin de que todo esté listo para sus horas sagradas. En ningún caso debemos permitir que nuestros propios negocios ocupen el tiempo sagrado.

Dios ha mandado que se atienda a los que sufren y a los enfermos; el trabajo necesario para darles bienestar es una obra de misericordia, y no es una violación del sábado; pero todo trabajo innecesario debe evitarse.

Muchos, por descuido, postergan hasta el inicio del sábado cosas pequeñas que pudieron haberse hecho en el día de preparación. Esto no debe ocurrir. El trabajo que no se hizo antes del principio del sábado debe quedar sin hacerse hasta que pase ese día. Este procedimiento fortalecería la memoria de los olvidadizos, y los ayudaría a realizar sus tareas en los seis días de trabajo.

Cada semana, durante su largo peregrinaje en el desierto, los israelitas presenciaron un triple milagro que debía inculcarles la santidad del sábado: cada sexto día caía doble cantidad de maná, nada caía el día séptimo, y la porción necesaria para el sábado se conservaba dulce sin descomponerse, mientras que si se guardaba los otros días, se descomponía.

En las circunstancias relacionadas con el envío del maná, tenemos evidencia conclusiva de que el sábado no fue establecido, como muchos alegan, cuando la ley se dio en el Sinaí. Antes de que los israelitas llegaran al Sinaí, comprendían perfectamente que tenían la obligación de guardar el sábado.

Al tener que recoger cada viernes doble porción de maná en preparación para el sábado, día en que no caía, la naturaleza sagrada del día de descanso les era recordada de continuo. Y cuando parte del pueblo salió en sábado a recoger maná, el Señor preguntó: “¿Hasta cuándo os negaréis a guardar mis mandamientos y mis leyes?”

“Así comieron los hijos de Israel maná cuarenta años, hasta que entraron a tierra habitada; maná comieron hasta que llegaron a los límites de la tierra de Canaán.”

Durante cuarenta años se les recordó diariamente mediante esta milagrosa provisión, el infaltable cuidado y el tierno amor de Dios. Conforme a las palabras del salmista, Dios les dio “trigo del cielo; pan de ángeles comió el hombre” (Salmos 78:24, 25, VM); es decir, alimentos provistos para ellos por los ángeles.

Sostenidos por el “trigo del cielo”, recibían diariamente la lección de que, teniendo la promesa de Dios, estaban tan seguros contra la necesidad como si estuvieran rodeados de los ondulantes trigales de las fértiles llanuras de Canaán.

El verdadero pan del cielo

El maná que caía del cielo para el sustento de Israel era un símbolo de Aquel que vino de Dios a dar vida al mundo.

Dijo Jesús: “Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y aun así murieron. Este es el pan que desciende del cielo [...]. Si alguien come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo” (Juan 6:48-51).

Y entre las bendiciones prometidas al pueblo de Dios para la vida futura, se escribió: “Al vencedor le daré de comer del maná escondido” (Apocalipsis 2:17).

El agua de la peña herida

Después de salir del desierto de Sin, los israelitas acamparon en Refidín. Allí no había agua, y de nuevo desconfiaron de la providencia de Dios.

En su ceguera y presunción el pueblo vino a Moisés con la exigencia: “Danos agua para que bebamos.” Pero Moisés no perdió la paciencia. “¿Por qué disputáis conmigo? ¿Por qué tentáis a Jehová?” Ellos exclamaron airados: “¿Por qué nos hiciste subir de Egipto, para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?”

Cuando se los había abastecido abundantemente de alimentos, recordaron con vergüenza su incredulidad y sus murmuraciones, y prometieron que en el futuro confiarían en el Señor; pero pronto olvidaron su promesa, y fracasaron en la primera prueba de su fe.

La columna de nube que los dirigía, escondía un terrible misterio. Y Moisés, ¿quién era él?, preguntaban, ¿y cuál sería su objetivo al sacarlos de Egipto? La sospecha y la desconfianza llenaron sus corazones, y osadamente lo acusaron de planificar matarlos a ellos y a sus hijos mediante privaciones y penurias, con el objeto de enriquecerse con los bienes de ellos. En la confusión de la ira y la indignación que los dominó, estuvieron a punto de apedrear a Moisés.

Angustiado, Moisés clamó al Señor: “¿Qué haré con este pueblo?” Se le dijo que, llevando la vara con que había hecho milagros en Egipto, y acompañado de los ancianos, se presentara ante el pueblo. Y el Señor le dijo: “Allí yo estaré ante ti sobre la peña, en Horeb; golpearás la peña, y saldrán de ella aguas para que beba el pueblo.”

Moisés obedeció y brotaron las aguas en una corriente viva que proporcionó agua en abundancia a todo el campamento. En lugar de mandar a Moisés que levantara su vara para traer sobre los promotores de aquella inicua murmuración alguna terrible plaga como las de Egipto, el Señor, en su gran misericordia, usó la vara como instrumento de liberación.

“Hendió las peñas en el desierto y les dio a beber como de grandes abismos, pues sacó de la peña corrientes e hizo descender aguas como ríos.” (Salmos 78:15, 16).

peña

Moisés hirió la peña, pero fue el Hijo de Dios el que, escondido en la columna de nube, estaba junto a Moisés e hizo brotar las vivificadoras corrientes de agua.

No solo Moisés y los ancianos, sino también toda la multitud que estaba de pie a lo lejos, presenciaron la gloria del Señor; pero si se hubiera apartado la columna de nube, habrían perecido a causa del terrible fulgor de Aquel que estaba en ella.

La sed llevó al pueblo a tentar a Dios, diciendo: “¿Está, pues, Jehová entre nosotros, o no?” Si el Señor nos ha traído aquí, ¿por qué no nos da el agua como nos da el pan? Al manifestarse de esa manera, aquella era una incredulidad criminal, y Moisés temió que los juicios de Dios cayeran sobre el pueblo. Y como recuerdo de ese pecado llamó a aquel sitio: Masa, “tentación”, y Meriba, “rencilla.”

La primera batalla

Un nuevo peligro los amenazaba ahora. A causa de su murmuración contra el Señor, él permitió que fueran atacados por sus enemigos. Los amalecitas, tribu feroz y guerrera que habitaba aquella región, salió contra ellos, y atacó a los que, desfallecidos y cansados, habían quedado rezagados.

Moisés, sabiendo que la mayoría del pueblo no estaba preparada para la batalla, mandó a Josué que escogiera de entre las diferentes tribus un cuerpo de soldados, y que al día siguiente los capitaneara contra el enemigo, mientras él mismo estaría en una altura cercana con la vara de Dios en la mano.

Al siguiente día Josué y su compañía atacaron al enemigo, mientras Moisés, Aarón y Hur se situaron en una colina que dominaba el campo de batalla. Con los brazos extendidos hacia el cielo, y con la vara de Dios en su diestra, Moisés oró por el éxito de los ejércitos de Israel.

El origen del dicho “no bajar los brazos”

Mientras proseguía la batalla, se notó que siempre que sus manos estaban levantadas, Israel triunfaba; pero cuando las bajaba, el enemigo prevalecía. Cuando Moisés se cansó, Aarón y Hur sostuvieron sus manos hasta que, al ponerse el sol, el enemigo huyó.

no bajar brazos

Al sostener Aarón y Hur las manos de Moisés, mostraron al pueblo que su deber era apoyarlo en su ardua labor mientras recibía las palabras de Dios para transmitírselas a ellos. Y lo que hizo Moisés también fue muy significativo, pues les demostró que su destino estaba en las manos de Dios; mientras el pueblo confiara en el Señor, él pelearía por ellos y dominaría a sus enemigos; pero cuando no se apoyaran en él, cuando confiaran en su propia fortaleza, entonces serían aun más débiles que los que no tenían el conocimiento de Dios, y sus enemigos triunfarían sobre ellos.

Como los hebreos triunfaban cuando Moisés elevaba las manos al cielo e intercedía por ellos, así también triunfará el Israel de Dios cuando mediante la fe se apoye en la fortaleza de su poderoso Ayudador.

No obstante, el poder divino ha de combinarse con el esfuerzo humano. Moisés no creyó que Dios vencería a sus enemigos mientras Israel permaneciera inactivo. Al mismo tiempo que el gran jefe imploraba al Señor, Josué y sus valientes soldados estaban haciendo cuanto podían para derrotar a los enemigos de Israel y de Dios.

Después de la derrota de los amalecitas, Dios mandó a Moisés: “Escribe esto para que sea recordado en un libro, y di a Josué que borraré del todo la memoria de Amalec de debajo del cielo”.

Un poco antes de su muerte, el gran caudillo dio a su pueblo el solemne encargo: “Acuérdate de lo que hizo Amalec contigo en el camino, cuando salías de Egipto; de cómo te salió al encuentro en el camino y, sin ningún temor de Dios, te desbarató la retaguardia de todos los débiles que iban detrás de ti, cuando tú estabas cansado y sin fuerzas. [...] Borrarás la memoria de Amalec de debajo del cielo; no lo olvides.” (Deuteronomio 25:17-19).

Tocante a este pueblo impío declaró el Señor: “la mano de Amalec se levantó contra el trono de Jehová” (Éxodo 17:16).

Los amalecitas no desconocían el carácter de Dios ni su soberanía, pero en lugar de temerle, se habían empeñado en desafiar su poder.

Las maravillas hechas por Moisés ante los egipcios fueron tema de burla para los amalecitas, y se mofaron de los temores de los pueblos circunvecinos. Habían jurado por sus dioses que destruirían a los hebreos de tal manera que ninguno escaparía, y se jactaban de que el Dios de Israel sería impotente para resistirlos. Los israelitas no los habían perjudicado ni amenazado. En ninguna forma habían provocado el ataque.

Para manifestar su odio y su desafío a Dios, los amalecitas trataron de destruir al pueblo escogido.

Durante mucho tiempo habían sido pecadores arrogantes, y sus crímenes clamaban a Dios exigiendo venganza; sin embargo, su misericordia todavía los llamaba al arrepentimiento; pero cuando cayeron sobre las cansadas e indefensas filas de Israel, sellaron la suerte de su propia nación.

El cuidado de Dios se manifiesta en favor de los más débiles de sus hijos. Ningún acto de crueldad u opresión hacia ellos es pasado por alto en el cielo. La mano de Dios se extiende como un escudo sobre todos los que lo aman y temen; cuídense los hombres de no herir esa mano; porque ella esgrime la espada de la justicia.

La amonestación de Jetro

No muy lejos del sitio donde los israelitas estaban acampando se hallaba la casa de Jetro, el suegro de Moisés. Jetro había oído hablar de la liberación de los hebreos, y fue a visitarlos, para llevar a la presencia de Moisés su esposa y sus dos hijos. El gran jefe supo, mediante mensajeros, que su familia se acercaba y salió con regocijo a recibirla.

Terminados los primeros saludos, la condujo a su tienda. Moisés había hecho regresar a su familia cuando iba a cumplir su peligrosa tarea de sacar a los israelitas de Egipto, pero ahora nuevamente podría gozar del alivio y el consuelo de su compañía.

Relató a Jetro la manera en que Dios había obrado maravillosamente en favor de Israel, y el patriarca se regocijó y bendijo al Señor, y se unió a Moisés y a los ancianos para ofrecer sacrificios y celebrar una fiesta solemne en conmemoración de la misericordia de Dios.

Durante su estada en el campamento, Jetro vio lo pesadas que eran las cargas que recaían sobre Moisés. Era una tarea tremenda la de mantener el orden y la disciplina entre aquella gran multitud ignorante y sin experiencia. Moisés era su jefe y legislador reconocido, y atendía no solo a los intereses y deberes generales del pueblo, sino también a las disputas que surgían entre ellos.

Había estado haciéndolo porque le daba la oportunidad de instruirlos; o de declararles, como dijo, “los preceptos de Dios y sus leyes.” Pero Jetro objetó diciendo: “Desfallecerás del todo, tú y también este pueblo que está contigo, porque el trabajo es demasiado pesado para ti y no podrás hacerlo tú solo”. Y aconsejó a Moisés que nombrara a personas capacitadas como “jefes de mil, de cien, de cincuenta y de diez.”

Debían ser ““hombres virtuosos, temerosos de Dios, hombres veraces, que aborrezcan la avaricia”. Habrían de juzgar los asuntos de menor importancia, mientras que los casos más difíciles e importantes continuarían trayéndose a Moisés, quien iba a estar por el pueblo, “delante de Dios, y -dijo Jetro- somete tú los asuntos a Dios. Enséñales los preceptos y las leyes, muéstrales el camino por donde deben andar y lo que han de hacer.”

Este consejo fue aceptado, y no solo alivió a Moisés, sino que también estableció mejor orden entre el pueblo (Éxodo 18).

El Señor había honrado grandemente a Moisés, y había realizado maravillas por su mano; pero el hecho de que ser escogido para instruir a otros, no lo indujo a creer que él mismo no necesitaba instrucción. El escogido caudillo de Israel escuchó de buena gana las amonestaciones del piadoso sacerdote de Madián, y adoptó su plan como una sabia disposición.

El monte Sinaí

De Refidín, el pueblo continuó su viaje, siguiendo el movimiento de la columna de nube. Su itinerario los había conducido a través de estériles llanuras, escarpadas pendientes y desfiladeros rocosos.

A menudo mientras atravesaban los arenosos desiertos, habían divisado ante ellos, como enormes baluartes, montes escabrosos que, levantándose directamente frente a su camino, parecían impedirles el paso. Pero cuando se acercaban, aparecían salidas aquí y allá en la muralla de la montaña, y otra llanura se presentaba ante su vista.

Por uno de estos profundos y arenosos pasos iban ahora. Era una escena grandiosa e imponente. Entre los peñascos que se elevaban a centenares de pies a cada lado, fluía la corriente de las huestes de Israel con sus ganados y ovejas, como un torrente vivo que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.

Y entonces con solemne majestad, el monte Sinaí levantó ante ellos su maciza frente. La columna de nube se estableció sobre su cumbre, y el pueblo levantó sus tiendas en la llanura. Allí habían de morar durante casi un año. De noche la columna de fuego les aseguraba la protección divina, y al amanecer mientras dormitaban todavía, el pan del cielo caía suavemente sobre el campamento.

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El alba doraba las oscuras cumbres de las montañas y los áureos rayos solares que herían los profundos desfiladeros parecieron a aquellos cansados viajeros como rayos de gracia enviados desde el trono de Dios.

Por todas partes, inmensas y escabrosas alturas, en su solitaria grandeza parecían hablarles de la perpetuidad y la majestad eternas.

Todos quedaron embargados por un sentimiento de solemnidad y santo respeto. Fueron constreñidos a reconocer su propia ignorancia y debilidad en presencia de Aquel que “pesó los montes con balanza, y con pesas los collados.” (Isaías 40:12)

Allí Israel había de recibir la revelación más maravillosa que Dios haya dado jamás a los hombres. Allí el Señor reunió a su pueblo para entregarles sus sagradas exigencias, para anunciar con su propia voz su santa ley.

Cambios grandes y radicales se habían de efectuar en ellos; pues las influencias envilecedoras de la servidumbre y del largo contacto con la idolatría habían dejado su huella en sus costumbres y en su carácter.

Dios estaba obrando para elevarlos a un nivel moral más alto, dándoles mayor conocimiento de sí mismo.

La Ley

Basado en Éxodo 19 a 24.

Poco tiempo después de acampar junto al Sinaí, se le indicó a Moisés que subiera al monte a encontrarse con Dios.

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Subió en solitario el escabroso y empinado sendero, y llegó cerca de la nube que señalaba el lugar donde estaba Jehová.

Israel iba a entrar ahora en una relación más estrecha y más peculiar con el Altísimo, iba a ser recibido como iglesia y como nación bajo el gobierno de Dios.

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El mensaje que se le dio a Moisés para el pueblo fue el siguiente:

“Vosotros visteis lo que hice con los egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águila y os he traído a mí. Ahora, pues, si dais oído a mi voz y guardáis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Vosotros me seréis un reino de sacerdotes y gente santa” (Éxodo 19-25). Moisés regresó al campamento y reunió a los ancianos y de Israel, les repitió el mensaje divino. Su respuesta fue:

“Haremos todo lo que Jehová ha dicho.”

Así concertaron un solemne pacto con Dios, prometiendo aceptarlo como su Soberano, por lo cual se convirtieron, en sentido especial, en súbditos de su autoridad.

Moisés subiendo

Nuevamente el caudillo ascendió a la montaña; y el Señor le dijo: “Yo vendré a ti en una nube espesa, para que el pueblo oiga mientras yo hablo contigo, y así te crean para siempre.”
Cuando encontraban dificultades en su camino, se sentían tentados a murmurar contra Moisés y Aarón y a acusarlos de haber sacado las huestes de Israel de Egipto para destruirlas. El Señor iba a honrar a Moisés ante ellas, para inducir al pueblo a confiar en sus instrucciones y a cumplirlas.

Dios se propuso hacer de la ocasión en que iba a pronunciar su ley una escena de imponente grandeza, en consonancia con el exaltado carácter de esa ley. El pueblo debía comprender que todo lo relacionado con el servicio a Dios debe considerarse con gran reverencia.

El Señor dijo a Moisés: “Ve al pueblo, y santifícalos hoy y mañana. Que laven sus vestidos y estén preparados para el tercer día, porque al tercer día Jehová descenderá a la vista de todo el pueblo sobre el monte Sinaí.”

Durante esos días, todos debían dedicar su tiempo a prepararse solemnemente para aparecer ante Dios. Sus corazones y sus ropas debían estar libres de toda impureza. Y cuando Moisés les señalara sus pecados, ellos debían humillarse, ayunar y orar, para que sus corazones pudieran ser limpiados de iniquidad.

Moisés multitud

Se hicieron los preparativos conforme al mandato; y obedeciendo otra orden posterior, Moisés mandó a colocar una barrera alrededor del monte, para que ni las personas ni las bestias entraran al sagrado recinto. Quien se atreviera siquiera a tocarlo, moriría instantáneamente.

A la mañana del tercer día, cuando los ojos de todo el pueblo estaban sobre el monte, la cúspide se cubrió de una espesa nube, que se hacía más negra y más densa, y descendió hasta que toda la montaña quedó envuelta en tinieblas y en pavoroso misterio.

misterio

Entonces se escuchó un sonido como de trompeta, que llamaba al pueblo a encontrarse con Dios; y Moisés los condujo hasta el pie del monte. De la gran oscuridad surgían vívidos relámpagos, mientras el fragor de los truenos retumbaba en las alturas circundantes.

“Todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en medio del fuego. El humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía violentamente.” “La apariencia de la gloria de Jehová era, a los ojos de los hijos de Israel, como un fuego abrasador en la cumbre del monte”, ante los ojos de la multitud allí congregada. “El sonido de la trompeta se hacía cada vez más fuerte.”

trompeta

Tan terribles eran las señales de la presencia de Jehová que las huestes de Israel temblaron de miedo, y cayeron sobre sus rostros ante el Señor. Aun Moisés exclamó: “Estoy espantado y temblando” (Hebreos 12:21).

Entonces los truenos cesaron; ya no se oyó la trompeta; y la tierra quedó quieta. Hubo un plazo de solemne silencio y entonces se oyó la voz de Dios. Rodeado de un séquito de ángeles, el Señor, envuelto en espesa oscuridad, habló desde el monte y dio a conocer su ley.

Moisés al describir la escena, dice: “Jehová vino de Sinaí, de Seir los alumbró, resplandeció desde el monte de Parán, avanzó entre diez millares de santos, con la ley de fuego a su mano derecha. Aún amó a su pueblo; todos los consagrados a él estaban en su mano. Por tanto, ellos siguieron tus pasos, recibiendo dirección de ti.” (Deuteronomio 33:2, 3).

Jehová se reveló, no solo en su tremenda majestad como juez y legislador, sino también como compasivo guardián de su pueblo: “Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre.”

Aquel a quien ya conocían como su guía y libertador, quien los había sacado de Egipto, abriéndoles un camino en la mar, derrotando al faraón y a sus huestes, quien había demostrado que era más grande que los dioses de Egipto, era el que ahora proclamaba su ley.

La ley no se proclamó en esa ocasión para beneficio exclusivo de los hebreos.

Dios los honró haciéndolos guardianes y custodios de su ley; pero debían de tenerla como un santo legado para todo el mundo.

Los preceptos del Decálogo se adaptan a toda la humanidad, y se dieron para la instrucción y el gobierno de todos. Son diez preceptos, breves, abarcantes, y autorizados, que incluyen los deberes del hombre hacia Dios y hacia sus semejantes; y todos se basan en el gran principio fundamental del amor. “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.” (Lucas 10:27; Deuteronomio 6:4, 5; Levítico 19:18).

En los Diez Mandamientos (Éxodo 20) estos principios se expresan en detalle, y se presentan en forma aplicable a la condición y circunstancias de la humanidad.

Dios acompañó la proclamación de su ley con manifestaciones de su poder y su gloria, para que su pueblo no olvidara nunca la escena, y para que abrigara profunda veneración hacia el Autor de la ley, Creador de los cielos y de la tierra. También quería revelar a todos los hombres la santidad, la importancia y la perpetuidad de su ley.

resplandor

El pueblo de Israel estaba anonadado de terror. El inmenso poder de las declaraciones de Dios parecía superior a lo que sus temblorosos corazones podían soportar. Cuando se les presentó la gran norma de la justicia divina, comprendieron como nunca antes el carácter ofensivo del pecado y de su propia culpabilidad ante los ojos de un Dios santo. Huyeron del monte con miedo y santo respeto.

La multitud clamó a Moisés: “Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para no muramos.” Su caudillo respondió: “No temáis, pues Dios vino para probaros, para que su temor esté ante vosotros y no pequéis.”

El pueblo, sin embargo, permaneció a la distancia, presenciando la escena con terror, mientras Moisés “se acercó a la oscuridad en la cual estaba Dios.”

La mente del pueblo, cegada y envilecida por la servidumbre y el paganismo, no estaba preparada para apreciar plenamente los abarcantes principios de los diez preceptos de Dios. Para que las obligaciones del Decálogo pudieran ser mejor comprendidas y ejecutadas, se añadieron otros preceptos, que ilustraban y aplicaban los principios de los Diez Mandamientos. Estas leyes se llamaron “derechos”, porque fueron trazadas con infinita sabiduría y equidad, y porque los magistrados habían de juzgar según ellas.

A diferencia de los Diez Mandamientos, estos “derechos” fueron dados en privado a Moisés, quien debía de comunicarlos al pueblo.

Estos “derechos” debían ser escritos por Moisés y junto con los Diez Mandamientos, para cuya explicación fueron dados, debían ser cuidadosamente atesorados como fundamento de la ley nacional y como condición del cumplimiento de las promesas de Dios a Israel.

Se le dio entonces el siguiente mensaje de parte de Jehová: “Yo envío mi ángel delante de ti, para que te guarde en el camino y te introduzca en el lugar que yo he preparado. Compórtate delante de él y oye su voz; no le seas rebelde, porque él no perdonará vuestra rebelión, pues mi nombre está en él. Pero si en verdad oyes su voz y haces todo lo que yo te diga, seré enemigo de tus enemigos y afligiré a los que te aflijan.”

Durante todo el peregrinaje de Israel, Cristo, desde la columna de nube y fuego, fue su guía. Mientras tenían símbolos que señalaban al Salvador que vendría, también tenían un Salvador presente, que daba mandamientos al pueblo por medio de Moisés y que les fue presentado como el único medio de bendición.

Moisés tablas

Al descender del monte, Moisés “le contó al pueblo todas las palabras de Jehová, y todas las leyes. Y todo el pueblo respondió a una voz:

“Cumpliremos todas las palabras que Jehová ha dicho”.”

Esta promesa, junto con las palabras del Señor que ellos se comprometían a obedecer, fueron escritas por Moisés en un libro.

Entonces se procedió a ratificar el pacto. Se construyó un altar al pie del monte, y junto a él se levantaron doce columnas “según las doce tribus de Israel”, como testimonio de que aceptaban su pacto. En seguida, jóvenes escogidos para ese servicio, presentaron sacrificios a Dios.

sacrificio

Después de rociar el altar con la sangre de las ofrendas, Moisés tomó “el libro de la alianza, y leyó a oídos del pueblo.”

En esta forma fueron repetidas solemnemente las condiciones del pacto, y todos quedaron en libertad de decidir si querían cumplirlas o no. Antes habían prometido obedecer la voz de Dios; pero desde entonces habían oído pronunciar su ley; y se les habían detallado sus principios, para que ellos conocieran cuánto abarcaba ese pacto.

Nuevamente el pueblo contestó a una voz: “Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos.” “Porque habiendo anunciado Moisés todos los mandamientos de la ley a todo el pueblo, tomó la sangre de los becerros y de los machos cabríos, [...] roció al mismo libro, y también a todo el pueblo, diciendo: Esta es la sangre del pacto que Dios ha mandado” (Hebreos 9:19, 20).

Ahora se habían de hacer los arreglos para el establecimiento completo de la nación escogida bajo la soberanía de Jehová como rey.

Moisés había recibido el mandato: “Sube ante Jehová, junto con Aarón, Nadab, Abiú y setenta de los ancianos de Israel; y os inclinaréis de lejos. Pero solo Moisés se acercará a Jehová.”

Mientras el pueblo oraba al pie del monte, estos hombres escogidos fueron llamados al monte. Los setenta ancianos habían de ayudar a Moisés en el gobierno de Israel, y Dios puso sobre ellos su Espíritu, y los honró con la visión de su poder y grandeza.

“Y vieron al Dios de Israel. Debajo de sus pies había como un embaldosado de zafiro, semejante al cielo cuando está sereno”. No contemplaron la Deidad, pero vieron la gloria de su presencia. Antes de esa oportunidad aquellos hombres no hubieran podido soportar semejante escena; pero la manifestación del poder de Dios los había llevado a un arrepentimiento reverente; habían contemplado su gloria, su pureza, y su misericordia, hasta que pudieron acercarse al que había sido el tema de sus meditaciones.

Moisés y “Josué su servidor” fueron llamados entonces a reunirse con Dios. Y como habían de permanecer ausentes por algún tiempo, el jefe nombró a Aarón y a Hur para que, ayudados por los ancianos, actuaran en su lugar.

“Entonces Moisés subió al monte. Una nube cubrió el monte, y la gloria de Jehová reposó sobre el monte Sinaí.”

sinai actual

Durante seis días la nube cubrió el monte como una demostración de la presencia especial de Dios; sin embargo, no dio ninguna revelación de sí mismo ni comunicación de su voluntad.

Durante ese tiempo Moisés permaneció en espera de que se lo llamara a presentarse en la cámara de la presencia del Altísimo. Se le había ordenado: “Sube a mí al monte y espera allá.” Y aunque en esto se probaban su paciencia y su obediencia, no se cansó de esperar ni abandonó su puesto.

Este plazo de espera fue para él un tiempo de preparación, de íntimo examen de conciencia. Aun este favorecido siervo de Dios no podía acercarse inmediatamente a la presencia divina ni soportar la manifestación de su gloria. Hubo de emplear seis días de constante dedicación a Dios mediante el examen de su corazón, la meditación y la oración, antes de estar preparado para comunicarse directamente con su Creador.

de rodillas

El séptimo día, que era sábado, Moisés fue llamado a la nube. Esa espesa nube se abrió a la vista de todo Israel, y la gloria del Señor brotó como un fuego devorador.

“Moisés entró en medio de la nube y subió al monte. Y estuvo Moisés en el monte cuarenta días y cuarenta noches”. Los cuarenta días de permanencia en el monte no incluyeron los seis de preparación. Durante esos seis días, Josué había estado con Moisés, y juntos comieron maná y bebieron del “arroyo que descendía del monte.” (Deuteronomio 9:21).

al borde

Pero Josué no entró con Moisés en la nube; permaneció afuera, y continuó comiendo y bebiendo diariamente mientras esperaba el regreso de Moisés; pero este ayunó durante los cuarenta días completos.

Durante su estada en el monte, Moisés recibió instrucciones referentes a la construcción de un santuario en el cual la divina presencia se manifestaría de manera especial.
“Me erigirán un santuario, y habitaré en medio de ellos,” fue el mandato de Dios. Por tercera vez, fue ordenada la observancia del sábado: “Para siempre será una señal entre mí y los hijos de Israel,” declaró el Señor, “para que sepáis que yo soy Jehová que os santifico. Así que guardaréis el sábado, porque santo es para vosotros [...]. Cualquier persona que haga alguna obra en él, será eliminada de su pueblo” (Éxodo 31:17, 13, 14).

Acababan de darse instrucciones para la inmediata construcción del tabernáculo para el servicio de Dios; y era posible que el pueblo creyera que, debido a que el objeto perseguido era la gloria de Dios, y debido a la gran necesidad que tenían de un lugar para rendir culto a Dios, era justificable que trabajaran en esa construcción durante el sábado.

Para evitarles este error, se les dio la amonestación. Ni aun la santidad y urgencia de aquella obra dedicada a Dios debía llevarlos a infringir su santo día de reposo.

Desde entonces el pueblo había de ser honrado por la presencia permanente de su Rey. “Yo habitaré entre los hijos de Israel y seré su Dios”, “y el lugar será santificado con mi gloria” (Éxodo 29:45, 43).

Como símbolo de la autoridad de Dios y condensación de su voluntad, se le entregó a Moisés una copia del Decálogo, escrita por el dedo de Dios mismo en dos tablas de piedra (Deuteronomio 9:10; Éxodo 32:15, 16), que debían guardarse como algo sagrado en el santuario, el cual, una vez construido iba a ser el centro visible del culto de la nación.

De una raza de esclavos, los israelitas fueron ascendidos sobre todos los pueblos, para ser el tesoro peculiar del Rey de reyes. Dios los separó del mundo, para confiarles una responsabilidad sagrada. Los hizo depositarios de su ley, y era su propósito preservar entre los hombres el conocimiento de sí mismo por medio de ellos.

tablas del pacto

De esta forma la luz del cielo iba a iluminar a todo un mundo que estaba envuelto en tinieblas, y se oiría una voz que invitaría a todos los pueblos a dejar su idolatría y servir al Dios viviente.

Si eran fieles a su responsabilidad, los israelitas llegarían a ser una potencia en el mundo. Dios sería su defensa y los elevaría sobre todas las otras naciones. Su luz y su verdad serían reveladas por medio de ellos, y se destacarían bajo su santa y sabia soberanía como un ejemplo de la superioridad de su culto sobre toda forma de idolatría.

La idolatría en el Sinaí

Basado en Éxodo 32 a 34.

La ausencia del Moisés fue para Israel un tiempo de espera e incertidumbre. El pueblo sabía que él había subido al monte con Josué, y que había entrado en la densa y oscura nube que se veía desde la llanura, sobre la cúspide del monte, y era iluminada de tanto en tanto por los rayos de la divina presencia.

Esperaron ansiosamente su regreso. Acostumbrados como estaban en Egipto a representaciones materiales de los dioses, les era difícil confiar en un Ser invisible, y habían llegado a depender de Moisés para mantener su fe. Ahora él se había alejado de ellos. Pasaban los días y las semanas, y aún no regresaba.

A pesar de que seguían viendo la nube, a muchos les parecía que su dirigente los había abandonado, o que había sido consumido por el fuego devorador.

Durante este período de espera, tuvieron tiempo para meditar acerca de la ley de Dios que habían oído, y preparar sus corazones para recibir las futuras revelaciones que Moisés pudiera hacerles. Pero no dedicaron mucho tiempo a esta obra.

Si se hubieran consagrado a buscar un entendimiento más claro de los requerimientos de Dios, y hubieran humillado sus corazones ante él, habrían sido escudados contra la tentación. Pero no obraron así y pronto se volvieron descuidados, desatentos y licenciosos. Esto ocurrió especialmente entre la “multitud mixta”. Sentían impaciencia por seguir hacia la tierra prometida, que fluía leche y miel. Les había sido prometida a condición de que obedecieran; pero habían perdido de vista ese requisito.

Algunos sugirieron el regreso a Egipto; pero ya fuera para seguir hacia Canaán o para volver a Egipto, la mayoría del pueblo decidió no esperar más a Moisés.

Sintiéndose desamparados por la ausencia de su jefe, volvieron a sus antiguas supersticiones. La “multitud mixta” fue la primera en entregarse a la murmuración y la impaciencia, y de su seno salieron los cabecillas de la apostasía que siguió.

Entre los objetos considerados por los egipcios como símbolos de la divinidad estaba el buey o becerro; y por indicación de los que habían practicado esta forma de idolatría en Egipto, hicieron un becerro y lo adoraron. El pueblo deseaba alguna imagen que representara a Dios y que ocupara ante ellos el lugar de Moisés.

Dios no había revelado ninguna semejanza de sí mismo, y había prohibido toda representación material que se propusiera hacerlo. Los extraordinarios milagros hechos en Egipto y en el Mar Rojo tenían por fin establecer la fe en Jehová como el invisible y todopoderoso Ayudador de Israel, como el único Dios verdadero. Y el deseo de alguna manifestación visible de su presencia había sido atendido con la columna de nube y fuego que había guiado al pueblo, y con la revelación de su gloria sobre el monte Sinaí.

Pero estando la nube de la presencia divina todavía ante ellos, volvieron sus corazones hacia la idolatría de Egipto, y representaron la gloria del Dios invisible por “la imagen de un becerro” (Éxodo 32-34).

En ausencia de Moisés, el poder judicial había sido confiado a Aarón, y una enorme multitud se reunió alrededor de su tienda para presentarle esta exigencia: “Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros, porque a Moisés, ese hombre que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido.”

La nube, dijeron ellos, que hasta ahora los guiara, se había posado permanentemente sobre el monte, y ya no dirigía más su peregrinación. Querían tener una imagen en su lugar; y si, como se había sugerido, decidían volver a Egipto, hallarían favor ante los egipcios si llevaban esa imagen ante ellos y la reconocían como su dios.

Para hacer frente a semejante crisis, hacía falta un hombre de firmeza, decisión, y ánimo imperturbable, un hombre que considerara el honor de Dios sobre el favor popular, sobre su seguridad personal y su misma vida. Pero el jefe provisional de Israel no tenía ese carácter.

Aarón reprochó débilmente al pueblo, y su vacilación y timidez en el momento crítico no sirvieron sino para hacerlos más decididos en su propósito. El tumulto creció. Un frenesí ciego e irrazonable pareció posesionarse de la multitud. Algunos permanecieron fieles a su pacto con Dios; pero la mayor parte del pueblo se unió a la apostasía. Unos pocos, que osaron denunciar la propuesta imagen como idolatría, fueron atacados y maltratados, y en la confusión y el alboroto perdieron la vida.

Aarón temió por su propia seguridad; y en vez de ponerse noblemente de parte del honor de Dios, cedió a las demandas de la multitud. Su primer acto fue ordenar que el pueblo quitara todos sus aretes de oro y se los trajera. Esperaba que el orgullo haría que rehusaran semejante sacrificio. Pero entregaron de buena gana sus adornos, con los cuales él fundió un becerro semejante a los dioses de Egipto.

El pueblo exclamó: “¡Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de Egipto!”

Con vileza, Aarón permitió este insulto a Jehová. Y fue aún más lejos. Viendo la satisfacción con que se había recibido el becerro de oro, hizo construir un altar ante él e hizo proclamar:

“Mañana será fiesta a Jehová.”

El anuncio fue proclamado por medio de trompetas de compañía en compañía por todo el campamento.

“Al día siguiente madrugaron, ofrecieron holocaustos y presentaron ofrendas de paz. Luego se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a regocijarse.”

Con el pretexto de celebrar una “fiesta a Jehová”, se entregaron a la glotonería y la orgía licenciosa.

¡Cuán a menudo, en nuestros propios días, se disfraza el amor al placer bajo la “apariencia de piedad”!

Una religión que permita a los hombres, mientras observan los ritos del culto, dedicarse a la satisfacción del egoísmo o la sensualidad, es tan agradable a las multitudes actuales como lo fue en los días de Israel.

Y hay todavía Aarones dóciles que, mientras desempeñan cargos de autoridad en la iglesia, ceden a los deseos de los miembros no consagrados, y así los incitan al pecado.

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Habían pasado solamente unos pocos días desde que los hebreos habían hecho un pacto solemne con Dios, prometiendo obedecer su voz. Habían temblado de terror ante el monte, al escuchar las palabras del Señor:

“No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:3).

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La gloria de Dios que aun cubría el Sinaí estaba a la vista de la congregación; pero ellos le dieron la espalda y pidieron otros dioses.

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“Hicieron un becerro en Horeb, se postraron ante una imagen de fundición. Así cambiaron su gloria por la imagen de un buey que come hierba” (Salmos 106:19, 20).

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¡Cómo podrían haber demostrado mayor ingratitud, o insultado más osadamente al que había sido para ellos un padre tierno y un rey todopoderoso!

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Mientras Moisés estaba en el monte, se le comunicó la apostasía ocurrida en el campamento, y se le indicó que regresara inmediatamente.

“Anda, desciende, porque tu pueblo, el que sacaste de la tierra de Egipto, se ha corrompido. Pronto se han apartado del camino que yo les mandé; se han hecho un becerro de fundición, lo han adorado, le han ofrecido sacrificios.”

Dios hubiera podido detener el movimiento desde un principio; pero toleró que llegara hasta este punto para enseñar una lección mediante el castigo que iba a dar a la traición y la apostaría.

El pacto de Dios con su pueblo había sido anulado, y él declaró a Moisés:

“Ahora, pues, déjame que se encienda mi ira contra ellos y los consuma; pero de ti yo haré una nación grande.”

El pueblo de Israel, especialmente la “multitud mixta”, estaba siempre dispuesto a rebelarse contra Dios. También murmuraban contra Moisés y lo afligían con su incredulidad y testarudez, por lo cual iba a ser una obra laboriosa y aflictiva conducirlos hasta la tierra prometida.

Sus pecados ya les habían hecho perder el favor de Dios, y la justicia exigía su destrucción. El Señor, por lo tanto, dispuso destruirlos y hacer de Moisés una nación poderosa.

“Ahora pues, déjame que se encienda mi ira contra ellos, y los consuma”, había dicho el Señor. Si Dios se había propuesto destruir a Israel, ¿quién podía interceder por ellos? ¡Cuántos hubieran abandonado a los pecadores a su suerte! ¡Cuántos hubieran cambiado de buena gana el trabajo, la carga y el sacrificio, compensados con ingratitud y murmuración, por una posición más cómoda y honorable, cuando era Dios mismo el que ofrecía cambiar la situación!

Pero Moisés veía una base de esperanza donde únicamente aparecían motivos de desaliento e ira. Las palabras de Dios: “Ahora, pues, déjame”, las entendió, no como una prohibición, sino como un aliciente a interceder; entendió que nada excepto sus oraciones podía salvar a Israel, y que si él lo pedía, Dios perdonaría a su pueblo.

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“Oró en presencia de Jehová, su Dios, y dijo: “¿Por qué, Jehová, se encenderá tu furor contra tu pueblo, el que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y con mano fuerte?””

Dios había dado a entender que rechazaba a su pueblo. Había hablado a Moisés como de “tu pueblo que [tú] sacaste de tierra de Egipto” (Éxodo 32:7).

Pero Moisés humildemente no aceptó que él fuera el jefe de Israel. No era su pueblo, sino el de Dios, “tu pueblo, el que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y con mano fuerte? ¿Por qué han de decir los egipcios: “Para mal los sacó, para matarlos en los montes y para exterminarlos de sobre la faz de la tierra?””

Durante los pocos meses transcurridos desde que Israel había salido de Egipto, los informes de su maravillosa liberación se habían difundido entre todas las naciones circunvecinas. Un gran temor y terribles presagios dominaban a los paganos.

Todos estaban observando para ver qué haría el Dios de Israel por su pueblo. Si este era destruido ahora, sus enemigos triunfarían, y Dios sería deshonrado. Los egipcios alegarían que sus acusaciones eran verdaderas, que Dios, en lugar de dirigir a su pueblo al desierto para que hiciera sacrificios, lo había llevado para sacrificarlo.

No tendrían en cuenta los pecados de Israel; la destrucción del pueblo al cual Dios había honrado tan señaladamente cubriría de oprobio su nombre.

¡Cuán grande es la responsabilidad que descansa sobre aquellos a quienes Dios honró en gran manera para enaltecer su nombre en la tierra! ¡Con cuánto cuidado deben evitar el pecado para no provocar los juicios de Dios y no hacer que su nombre sea calumniado por los impíos!

Mientras Moisés intercedía por Israel, perdió su timidez, movido por el profundo interés y amor que sentía hacia aquellos en cuyo favor él había hecho tanto como instrumento en las manos de Dios.

El Señor escuchó sus súplicas y otorgó lo que pedía tan desinteresadamente. Examinó a su siervo; probó su fidelidad y su amor hacia aquel pueblo ingrato, inclinado a errar, y Moisés soportó noblemente la prueba.

Su interés por Israel no provenía de motivos egoístas. Apreciaba la prosperidad del pueblo escogido de Dios más que su honor personal, más que el privilegio de llegar a ser el padre de una nación poderosa.

Dios se sintió complacido por la fidelidad de Moisés, por su sencillez de corazón y su integridad; y le dio, como a un fiel pastor, la gran misión de conducir a Israel a la tierra prometida.

Cuando Moisés y Josué bajaron del monte, con “las dos tablas del testimonio”, oyeron los gritos de la multitud excitada, que evidentemente se hallaba en un estado de alocada conmoción.

Josué, como soldado, pensó primero que se trataba de un ataque de sus enemigos. “Hay gritos de pelea en el campamento”, dijo.

Pero Moisés juzgó más acertadamente la naturaleza de la conmoción. No era ruido de combate, sino de festín. “No son voces de vencedores, ni alaridos de vencidos; oigo cánticos de coros.”

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Al acercarse más al campamento, vieron al pueblo que gritaba y bailaba alrededor de su ídolo. Era una escena de libertinaje pagano, una imitación de las fiestas idólatras de Egipto; pero ¡cuán distinta era del solemne y reverente culto de Dios!

Moisés quedó anonadado. Venía de la presencia de la gloria de Dios, y aunque se le había advertido lo que pasaba, no estaba preparado para aquella terrible muestra de la degradación de Israel.

Su ira se encendió. Para demostrar cuánto aborrecía ese crimen, arrojó al suelo las tablas de piedra, que se quebraron a la vista del pueblo, dando a entender en esta forma que así como ellos habían roto su pacto con Dios, así también Dios rompía su pacto con ellos.

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Moisés entró en el campamento, atravesó la multitud enardecida, tomó el ídolo y lo arrojó al fuego. Después lo hizo polvo, lo esparció en el arroyo que descendía del monte y ordenó al pueblo beber de él. Así les demostró la completa inutilidad del dios que habían estado adorando.

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El gran jefe hizo comparecer ante él a su hermano culpable, y le preguntó severamente: “¿Qué te ha hecho este pueblo, para que hayas traído sobre él tan gran pecado?”

Aarón trató de defenderse explicando los clamores del pueblo; dijo que si no hubiera accedido a sus deseos, lo habrían matado.

“No se enoje mi señor. Tú conoces al pueblo, que es inclinado al mal. Ellos me dijeron: “Haznos dioses que vayan delante de nosotros, porque a Moisés, ese hombre que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido.”

Y yo les respondí: “El que tenga oro, que lo aparte”. Me lo dieron, lo eché en el fuego y salió este becerro.”

toro egipcio

Trató de hacerle creer a Moisés que se había obrado un milagro, que el oro había sido arrojado al fuego, y que mediante una fuerza sobrenatural se convirtió en un becerro. Pero de nada le valieron sus excusas y subterfugios. Fue tratado como el principal ofensor.

El hecho de que Aarón había sido bendecido y honrado más que el pueblo, hacía tanto más odioso su pecado.

Aarón fue “el santo de Jehová” (Salmos 106:16), el que había hecho el ídolo y anunciado la fiesta. Fue él, que había sido nombrado portavoz de Moisés y acerca de quien Dios mismo había manifestado: “Yo sé que él puede hablar bien” (Éxodo 4:14), el que no impidió a los idólatras que cumplieran su osado propósito contra el cielo.

Fue Aarón, por medio de quien Dios había obrado y enviado juicios sobre los egipcios y sus dioses, el que sin inmutarse oyó proclamar ante la imagen fundida: “Estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto.”

Fue él, quien presenció la gloria del Señor cuando estuvo con Moisés en el monte y que no había visto nada en ella de lo cual pudiese hacerse una imagen, el que trocó aquella gloria en la semejanza de un becerro.

Fue él, a quien Dios había confiado el gobierno del pueblo en ausencia de Moisés, el que sancionó la rebelión del pueblo, por lo cual “contra Aarón también se enojó Jehová hasta querer destruirlo.” (Deuteronomio 9:20).

Pero en respuesta a la vehemente intercesión de Moisés, se le perdonó la vida; y porque se humilló y se arrepintió de su gran pecado le fue restablecido el favor de Dios.

Si Aarón hubiera tenido valor para sostener lo recto, sin importarle las consecuencias, habría podido evitar aquella apostasía. Si hubiera mantenido inalterable su fidelidad a Dios, si hubiera recordado al pueblo los peligros del Sinaí y su pacto solemne con Dios, por el cual se habían comprometido a obedecer su ley, se habría impedido el mal. Pero su sumisión a los deseos del pueblo y la tranquila seguridad con la cual procedió a llevar a cabo los planes de ellos, los llevó a hundirse en el pecado más de lo que habían pensado.

Cuando, al regresar al campamento, Moisés enfrentó a los rebeldes, sus severas reprensiones y la indignación que manifestó al quebrar las sagradas tablas de la ley contrastaron con el discurso agradable y el semblante digno de su hermano, y el apoyo de todos estuvo con Aarón.

Para justificarse, Aarón trató de culpar al pueblo por la debilidad que él mismo había manifestado al acceder a sus exigencias; pero a pesar de esto el pueblo seguía admirando su bondad y paciencia.

Pero Dios no ve como ven los hombres. El espíritu indulgente de Aarón y su deseo de agradar lo habían cegado de modo que no pudo ver la enormidad del crimen que estaba sancionando. Su proceder, al apoyar el pecado de Israel, costó la vida de miles de personas.

¡Cómo contrasta esto con la forma de actuar de Moisés, quien, mientras ejecutaba fielmente los juicios de Dios, demostró que el bienestar de Israel era de más valor que su propia prosperidad, su honor, o su vida!

De todos los pecados que Dios castigará, ninguno es más grave ante sus ojos que el de aquellos que animan a otros a cometer el mal. Dios quiere que sus siervos demuestren su lealtad reprendiendo fielmente la transgresión, por penoso que sea hacerlo.

Aquellos que han recibido el honor de un mandato divino, no han de ser débiles y dóciles contemporizadores. No han de perseguir la exaltación propia ni evitar los deberes desagradables, sino que deben realizar la obra de Dios con una fidelidad inflexible.

La misericordia y la justicia

Aunque al perdonar la vida a Israel, Dios había concedido lo pedido por Moisés, su apostasía debía de castigarse señaladamente. Si la licencia e insubordinación en que Aarón les había permitido caer no se reprimían rápidamente, concluirían en una abierta impiedad y arrastrarían a la nación a una perdición irreparable. El mal debe eliminarse con inflexible severidad.

Poniéndose a la entrada del campamento, Moisés clamó ante el pueblo: “¿Quien esté de parte e Jehová, únase a mí.”

Los que no habían participado en la apostasía debían colocarse a la derecha de Moisés; los que eran culpables, pero se habían arrepentido, a la izquierda.

La orden fue obedecida. Se encontró que la tribu de Leví no había participado del culto idólatra. Entre las otras tribus había muchos que, aunque habían pecado, manifestaron arrepentimiento.

Pero un gran grupo formado en su mayoría por la “multitud mixta”, que instigara la fundición del becerro, persistió tercamente en su rebelión.

En el nombre del Señor Dios de Israel, Moisés ordenó a los que estaban a su derecha y que se habían mantenido limpios de la idolatría, que empuñaran sus espadas y dieran muerte a todos los que persistían en la rebelión.

Éxodo 32:27 – “Y él les dijo: Así ha dicho Jehová, el Dios de Israel: Poned cada uno su espada sobre su muslo: pasad y volved de puerta a puerta por todo el campo, y matad cada uno a su hermano, y a su amigo, y a su pariente.”

justicia

“Y cayeron del pueblo en aquel día como tres mil hombres.”

Sin tomar en cuenta la posición, la parentela ni la amistad, los cabecillas de la rebelión fueron exterminados; pero todos los que se arrepintieron y humillaron, alcanzaron perdón.

Los que llevaron a cabo este terrible castigo, al ejecutar la sentencia del Rey del cielo, procedieron en nombre de la autoridad divina. Los hombres deben precaverse de cómo en su ceguedad humana juzgan y condenan a sus semejantes; pero cuando Dios les ordena ejecutar su sentencia sobre la iniquidad, deben obedecer.

Los que cumplieron ese penoso acto, manifestaron con ello que aborrecían la rebelión y la idolatría, y se consagraron más plenamente al servicio del verdadero Dios. El Señor honró su fidelidad, otorgando una distinción especial a la tribu de Levi.

Los israelitas eran culpables de haber traicionado a un Rey que los había colmado de beneficios, y cuya autoridad se habían comprometido voluntariamente a obedecer.

Para que el gobierno divino pudiera ser mantenido, debía hacerse justicia con los traidores. Sin embargo, aun entonces se manifestó la misericordia de Dios. Mientras sostenía el rigor de su ley, les concedió libertad para elegir y oportunidad para que todos se arrepintieran. Únicamente fueron exterminados los que persistieron en la rebelión.

Era necesario castigar ese pecado para atestiguar ante las naciones circunvecinas cuánto desagrada a Dios la idolatría.

Al hacer justicia en los culpables, Moisés, como instrumento de Dios, debía dejar escrita una solemne y pública protesta contra el crimen cometido. Como en lo sucesivo los israelitas debían condenar la idolatría de las tribus vecinas, sus enemigos podrían acusarlos de que, teniendo como Dios a Jehová, habían hecho un becerro y lo habían adorado en Horeb. Cuando así ocurriera, aunque obligado a reconocer la verdad vergonzosa, Israel podría señalar la terrible suerte que corrieron los transgresores, como evidencia de que su pecado no había sido sancionado ni disculpado.

El amor, no menos que la justicia, exigía que este pecado fuera castigado. Dios es Protector y Soberano de su pueblo. Destruye a los que insisten en la rebelión, para que no lleven a otros a la ruina.

Al perdonar la vida a Caín, Dios había demostrado al universo cuál sería el resultado si se permitiera que el pecado quedara impune. La influencia que, por medio de su vida y ejemplo, él ejerció sobre sus descendientes condujo a un estado de corrupción que exigió la destrucción de todo el mundo por el diluvio.

La historia de los antediluvianos demuestra que una larga vida no es una bendición para el pecador; la gran paciencia de Dios no los movió a dejar la iniquidad. Cuanto más tiempo vivían los hombres, tanto más corruptos se tornaban.

Así también habría sucedido con la apostasía del Sinaí. Si la transgresión no se hubiera castigado con rapidez, se habrían visto nuevamente los mismos resultados. La tierra se habría corrompido tanto como en los días de Noé.

Si se hubiera dejado vivir a estos transgresores, habrían provocado mayores males que los que resultaron por la vida a Caín. Por obra de la misericordia de Dios miles de personas sufrieron para evitar la necesidad de castigar a millones. Para salvar a muchos había que castigar a los pocos.

Además, como el pueblo había despreciado su lealtad a Dios, había perdido la protección divina, y privada de su defensa, toda la nación quedaba expuesta a los ataques de sus enemigos. Si el mal no se hubiera eliminado rápidamente, pronto habrían sucumbido todos, víctimas de sus muchos y poderosos enemigos.

Fue necesario para el bien de Israel mismo y para dar una lección a las generaciones venideras, que el crimen fuera castigado de inmediato. Y no fue menos misericordioso para los pecadores mismos que se los detuviera a tiempo en su pecaminoso derrotero. Si se les hubiera perdonado la vida, el mismo espíritu que los llevó a la rebelión contra Dios se habría manifestado en forma de odio y discordia entre ellos mismos, y por fin se habrían destruido el uno al otro.

Fue por amor al mundo, por amor a Israel, y aun por amor a los transgresores mismos, por lo que el crimen se castigó con rápida y terrible severidad.

Los libros que se abren en el Juicio

Cuando el pueblo reaccionó y comprendió la enormidad de su culpa, el terror se apoderó de todo el campamento. Se temió que todos los transgresores fueran exterminados. Compadecido por la angustia del pueblo, Moisés prometió suplicar a Dios una vez más por ellos.

Moisés dijo al pueblo: “Vosotros habéis cometido un gran pecado, pero yo subiré ahora a donde está Jehová; quizá le aplacaré acerca de vuestro pecado.”

Fue, y en su confesión ante Dios dijo: “te ruego que perdones ahora su pecado, y si no, bórrame del libro que has escrito.”

Jehová respondió a Moisés: “Al que peque contra mí, lo borraré yo de mi libro. Ve, pues, ahora, lleva a este pueblo a donde te he dicho. Mi ángel irá delante de ti, pero en el día del castigo, los castigaré por su pecado.”

En la súplica de Moisés, se dirige nuestra atención a los registros celestiales en los cuales están inscritos los nombres de todos los seres humanos; y sus acciones, sean buenas o malas, se anotan minuciosamente.
El libro de la vida contiene los nombres de todos los que entraron alguna vez en el servicio de Dios. Si alguno de estos se aparta de él y mediante una obstinada insistencia en el pecado se endurece finalmente contra las influencias del Espíritu Santo, su nombre será raído del libro de la vida el día del juicio y será condenado a la destrucción.

Moisés comprendía cuán terrible sería la suerte del pecador; sin embargo, si el pueblo de Israel iba a ser rechazado por el Señor, él deseaba que su nombre también fuera raído con el de ellos; no podía soportar que los juicios de Dios cayeran sobre aquellos a quienes tan bondadosamente había librado.

La intercesión de Moisés en favor de Israel ilustra la mediación de Cristo en favor de los pecadores. Pero el Señor no permitió que Moisés sobrellevara, como lo hizo Cristo, la culpa del transgresor. “Al que peque contra mí, lo borraré yo de mi libro”, dijo.

Con profunda tristeza el pueblo enterró a sus muertos. Tres mil habían perecido por la espada; una plaga invadió poco tiempo después el campamento; y luego les llegó el mensaje de que la divina presencia ya no les acompañaría más en su peregrinaje.

Jehová había declarado: “Yo no subiré contigo, no sea que te destruya en el camino, pues eres un pueblo muy terco.” Y se les ordenó: “Quítate, pues, ahora tus atavíos, para que yo sepa lo que te he de hacer.”

Hubo luto por todo el campamento. Compungidos y humillados, “los hijos de Israel se despojaron de sus galas desde el monte Horeb.”

En virtud de las instrucciones divinas, la tienda que había servido como lugar temporario para el culto fue quitada y puesta “fuera del campo, lejos del campo.” Esta era una prueba más de que Dios había retirado su presencia de entre ellos. Él se revelaría a Moisés, pero no a un pueblo como aquél.

La censura fue vivamente sentida, y las multitudes afligidas por el remordimiento pensaron que presagiaba mayores calamidades.

¿No habría separado el Señor a Moisés del campamento para poder destruirlos totalmente?

Pero no se los dejó sin esperanza. Se levantó la tienda fuera del campamento, pero Moisés la llamó el “Tabernáculo del Testimonio.” A todos los que estaban verdaderamente arrepentidos y deseaban volver al Señor, se les indicó que fueran allá a confesar sus pecados y a solicitar la misericordia de Dios.

Cuando volvieron a sus tiendas, Moisés entró en el tabernáculo. Con ansioso interés el pueblo observó por ver alguna señal de que la mediación de Moisés en su favor era aceptada. Si Dios condescendía a reunirse con él, habría esperanza de que no serían totalmente destruidos.

sinai nube

Cuando la columna de nube descendió y se posó a la entrada del tabernáculo, el pueblo lloró de alegría, y “se levantaba cada uno a la puerta de su tienda y adoraba.”

Moisés conocía bien la perversidad y ceguera de los que habían sido confiados a su cuidado; conocía las dificultades con las cuales tendría que tropezar. Pero había aprendido que para persuadir al pueblo, debía recibir ayuda de Dios. Pidió una revelación más clara de la voluntad divina, y una garantía de su presencia:

“Mira, tú me dices: “Saca a este pueblo”, pero no me has indicado a quién enviarás conmigo. Sin embargo, tú dices: “Yo te he conocido por tu nombre y has hallado también gracia a mis ojos.” Pues bien, si he hallado gracia a tus ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca y halle gracia a tus ojos; y mira que esta gente es tu pueblo.”

La contestación fue: “Mi presencia te acompañará y te daré descanso.” Pero Moisés no estaba satisfecho todavía. Pesaba sobre su alma el conocimiento de los terribles resultados que se producirían si Dios dejara a Israel librado al endurecimiento y la impenitencia. No podía soportar que sus intereses se separasen de los de sus hermanos, y pidió que el favor de Dios fuera devuelto a su pueblo, y que la prueba de su presencia continuase dirigiendo su camino:

“Si tu presencia no ha de acompañarnos, no nos saques de aquí. Pues ¿en qué se conocerá aquí que he hallado gracia a tus ojos, yo y tu pueblo, sino en que tú andas con nosotros, y que yo y tu pueblo hemos sido apartados de entre todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra?”

Esta fue la respuesta: “También haré esto que has dicho, por cuanto has hallado gracia a mis ojos y te he conocido por tu nombre.”

El profeta aun no dejó de suplicar. Todas sus oraciones habían sido oídas, pero tenía fervientes deseos de obtener aun mayores pruebas del favor de Dios. Entonces hizo una petición que ningún ser humano había hecho antes: “Te ruego que me muestres tu gloria.”

Dios no lo reprendió por su súplica ni la consideró presuntuosa, sino que, al contrario, dijo bondadosamente: “Yo haré pasar toda mi bondad delante de tu rostro.”

Ningún hombre puede, en su naturaleza mortal, contemplar descubierta la gloria de Dios y vivir; pero a Moisés se le aseguró que presenciaría toda la gloria divina que pudiera soportar.

Nuevamente se le ordenó subir a la cima del monte; entonces la mano que hizo el mundo, aquella mano “que arranca los montes con su furor, y no conocen quién los trastornó” (Job 9:5), tomó a este ser hecho de polvo, a ese hombre de fe poderosa, y lo puso en la hendidura de una roca, mientras la gloria de Dios y toda su bondad pasaban delante de él.

Cristo nube

Esta experiencia, y sobre todo la promesa de que la divina presencia lo ayudaría, fueron para Moisés una garantía de éxito para la obra que tenía delante, y la consideró como de mucho más valor que toda la sabiduría de Egipto, o que todas sus proezas como estadista o jefe militar. No hay poder terrenal, ni habilidad ni ilustración que pueda sustituir la presencia permanente de Dios.

Para el transgresor es terrible caer en las manos del Dios viviente; pero Moisés estuvo solo en la presencia del Eterno y no temió, porque su alma estaba en armonía con la voluntad de su Creador.

El salmista dice: “Si en mi corazón hubiera yo mirado a la maldad, el Señor no me habría escuchado.” En cambio “la comunión íntima de Jehová es con los que le temen, y a ellos hará conocer su pacto.” (Salmos 66:18; 25:14).

La Deidad se proclamó a sí misma: “¡Jehová! ¡Jehová! Dios fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira y grande en misericordia y verdad, que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, pero que de ningún modo tendrá por inocente al malvado.”

“Apresurándose, bajó la cabeza hasta el suelo y adoró”. De nuevo imploró a Dios que perdonara la iniquidad de su pueblo, y que lo recibiera como su heredad. Su oración fue contestada. El Señor prometió benignamente renovar su favor hacia Israel, y hacer por él “maravillas que no han sido hechas en toda la tierra, ni en nación alguna.”

Cuarenta días con sus noches permaneció Moisés en el monte, y todo este tiempo, como la primera vez, fue milagrosamente sustentado. No se permitió a nadie subir con él, ni durante el tiempo de su ausencia nadie debía acercarse al monte.

Siguiendo la orden de Dios, había preparado dos tablas de piedra y las había llevado consigo a la cúspide del monte; y el Señor otra vez “escribió en tablas las palabras del pacto, los Diez Mandamientos.”

Durante el largo tiempo que Moisés pasó en comunión con Dios, su rostro había reflejado la gloria de la presencia divina. Sin que él lo notara, cuando descendió del monte, su rostro resplandecía con una luz deslumbrante. Ese mismo fulgor iluminó el rostro de Esteban cuando fue llevado ante sus jueces: “Entonces todos los que estaban sentados en el Concilio, al fijar los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un ángel.” (Hechos 6:15).

luz Moisés

Tanto Aarón como el pueblo se apartaron de Moisés, “tuvieron miedo de acercarse a él”. Viendo su terror y confusión, pero ignorando la causa, los instó a que se acercaran. Les traía la promesa de la reconciliación con Dios, y la seguridad de haber sido restituidos a su favor.

En su voz no percibieron otra cosa que amor y súplica, y por fin uno de ellos se aventuró a acercarse a él. Demasiado temeroso para hablar, señaló en silencio el semblante de Moisés y luego hacia el cielo.

El gran jefe comprendió. Conscientes de su culpa, sintiéndose todavía objeto del desagrado divino, no podían soportar la luz celestial, que, si hubieran obedecido a Dios, los habría llenado de gozo. En la culpabilidad hay temor. En cambio, el alma libre de pecado no quiere apartarse de la luz del cielo.

Moisés tenía mucho que comunicarles; y compadecido del temor del pueblo, se puso un velo sobre el rostro, y desde entonces continuó haciéndolo cada vez que volvía al campamento después de estar en comunión con Dios.

Mediante este resplandor, Dios trató de hacer comprender a Israel el carácter santo y exaltado de su ley, y la gloria del evangelio revelado mediante Cristo.

Mientras Moisés estaba en el monte, Dios le entregó, no solamente las tablas de la ley, sino también el plan de la salvación. Vio que todos los símbolos y tipos de la religión judaica prefiguraban el sacrificio de Cristo; y era tanto la luz celestial que brota del Calvario como la gloria de la ley de Dios, lo que hacía fulgurar el rostro de Moisés.

Aquella iluminación divina era un símbolo de la gloria del pacto del cual Moisés era el mediador visible, el representante del único Intercesor verdadero.

Moisés rostro

La gloria reflejada en el semblante de Moisés representa las bendiciones que, por medio de Cristo, ha de recibir el pueblo que obedece los mandamientos de Dios. Atestigua que cuanto más estrecha sea nuestra comunión con Dios, y cuanto más claro sea nuestro conocimiento de sus requerimientos, tanto más plenamente seremos transfigurados a su imagen, y tanto más pronto llegaremos a ser participantes de la naturaleza divina.

Moisés fue un símbolo de Cristo. Como intercesor de Israel, veló su rostro, porque el pueblo no soportaba la visión de su gloria; asimismo Cristo, el divino Mediador, veló su divinidad con la humanidad cuando vino a la tierra. Si hubiera venido revestido del resplandor del cielo, no habría hallado acceso a los corazones de los hombres, debido al estado pecaminoso de estos. No habrían podido soportar la gloria de su presencia.

Por lo tanto, se humilló a sí mismo, tomando la “semejanza de carne de pecado” (Romanos 8:3), para poder alcanzar y elevar a la raza caída.

Jesús